La habilidad de correr rápido
Nadie me alcanzaba. Corría bastante rápido. Debía atravesar el conjunto residencial cuyo primer piso, por donde yo iba, era un ligero centro comercial. Aproveché mi habilidad y tomaba cosas que no me pertenecían, huyendo y burlándome de los guardias. Supongo que tenía tanto afán porque quería ver a mi amor. La noche anterior, en el amplio parqueadero que quedaba en el sótano, nos vimos, y le confesé temeroso lo que sentía mi corazón. Mi amor sonrió y me puso una mano en el hombro, diciéndome que ya lo sabía. Sus carcajadas eran tan agradables al oído que deberían estar prohibidas. Alguien venia y, sabiendo que nuestro amor no era del todo correcto, me dijo que nos viéramos en la entrada del edificio, en la recepción, a donde ahora me dirigía. Estaba cerca y vi a mi amor esperándome ya en nuestro lugar de la cita, pero también había gente, gente que nos conocía y nos podría humillar. De pronto, allí venia una mujer a quien amé hace mucho, seguía tan hermosa y caminaba tan armonioso como siempre. Estaba tan impresionado de verla que no me di cuenta que se acercó y me tomó de la mano. Me pidió que me fuera con ella. No la había visto en mucho tiempo, y como hipnotizado accedí a acompañarla. Estaba vestida de un hermoso traje blanco, con grandes aretes dorados, y un labial rojo que contrastaba con su bello tono de piel y sus grandes ojos. Subimos una escalera, ella me guiaba. Abrió una puerta y entramos, pero no era una habitación. Los guardias me esperaban allí y me atraparon inmediatamente. Entonces desperté y recordé por qué la odiaba y me preguntaba por qué la seguí, mientras ella me decía con sus grandes ojos entristecidos que la perdonara. Luego me dio la espalda y se dirigió a la puerta. Los guardias me llevaban con fuerza hacia al lado contrario, mientras yo le gritaba a ella que era una traidora. La puerta se cerró y no la volví a ver más, ni a ella, ni a mi amor.
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