La Casa

Era un día común y corriente, pero a ella se le ocurrió que tenía que entrar sola a la casa y no acompañada como debía ser, por el magnánimo profesor Cocuyo, un matemático extranjero que amaba ciegamente a esta mujer. La casa a la que quería entrar ya no era la misma. Se había vuelto mala y peligrosa, y solo se podía entrar cuando ya no quedaba más porque vivir. Si, así era. Si uno entraba ya no podía volver a salir. Ella quería saber que sucedía adentro, y por eso él la acompañaba.

El profesor Cocuyo en verdad no quería entrar pero lo hacía por ella. Según decían, si dos personas entraban juntas y si fuera posible que salieran juntas, se amarían por siempre, pese a las circunstancias. Ella lo amó una vez, pero ahora lo había olvidado. No era porque sí, sino porque el malévolo mago Pontiz la hipnotizó y la hizo perder la memoria. El mago Pontiz fue novio de ella, pero en un ataque de rabia, él pensó que le era infiel y, en vez de darle la pócima de la verdad como Pontiz quería, le dio el bebedizo del olvido y para eso no existe ni se conoce antídoto alguno. Ella despertó confundida y huyó, encontrándose luego con el caucásico profesor Cocuyo.

Ella apenas lo reconocía, pero se acercó a él porque era el único que no le era desconocido. No recordó que fueron novios y terminaron porque ella lo descubrió en una escena muy embarazosa, aunque él le juro hasta el hastío que era inocente, ella no le creyó y se fue al circo, donde conoció al mago Pontiz.

Pero ahora era diferente. El profesor Cocuyo aprovechó su amnesia y la llevó por el mundo, enseñándole cosas nuevas y comprándole vestidos lujosos mientras le recordaba su relación. Ella recordó todo lo que le dijo, sin embargo, ya no lo amaba. Luego volvieron al país y el profesor Cocuyo escuchó la leyenda y convencido finalmente por ella de investigar los misterios internos de la casa aceptó ir.

Al llegar, entraron algunos suicidas y dejaron la puerta abierta para que ella y el profesor continuaran, mas llegó alguien para evitar que ella ingresara a la casa: el mago Pontiz. Ella se llenó de estupor al verlo. Lo recordaba perfectamente cuando le preparaba obligadamente el desayuno y la cena, y cuando le tocaba avergonzada pedir el almuerzo al hombre tragafuegos y a la mujer barbuda. Recordó que cuando nunca le funcionaban los trucos se desquitaba de ella de todas las maneras posibles. En ese momento abrazó al profesor Cocuyo y lloró. Pontiz se le arrodilló y le dijo que había cambiado. Ya no era mago cirquero, sino un tradicional abogado de la Corte Suprema de Justicia. Cocuyo y Pontiz pelearon por ella y por su amor. En ese momento, ella sintió que la casa la llamaba.

Sin hacer caso de los dos hombres que se peleaban a muerte por ella, se dirigió hacia la casa y puso un pie en el primer escalón. Ambos hombres la vieron. Cada uno la tomó por un brazo diferente y por un instante hicieron una tregua sin hablar, pero su fuerza era muy inferior a la de la casa, así que los llevó a todos arrastrados.

Adentro todo se veía común y corriente. Todo fue silencio hasta que Pontiz pidió que salieran de la casa ahora que veían la puerta abierta, como él sintió que nadie lo escuchaba, decidió salir solo, pero se dio cuenta que ni él ni el profesor Cocuyo podían separarse de ella. Pontiz vio como se cerraba la puerta tras ellos y empezó a respirar fuertemente, como un claustrofóbico en un ascensor en malas condiciones, y ella le preguntó por qué tenía tanto miedo de la casa. Él le dijo que era porque su primer amor, Morelia, y su hermano entraron antes a la casa, cada uno por su lado, y jamás se volvió a escuchar de ellos. A pesar de su argumento, ella se negó a salir y Pontiz nada que se podía soltar.

Siguieron caminando por la casa. Era limpia y cálida, completamente diferente a la que se veía por fuera: una casa sucia y casi en ruinas, roída por el tiempo, la soledad y la insolidaridad de la gente. Pasaron por la cocina y vieron ollas, cacerolas y otros utensilios que cocinaban deliciosos platillos. Salieron al comedor todo inmaculado, listo para una cena muy especial. Sobre la mesa estaban colocados tres vasos con diferentes bebidas, cada una era la favorita de cada uno: leche deslactosada para ella, esencia de remolacha para el ex mago Pontiz y zumo de aguacate para el profesor Cocuyo.

Cada uno se sentó en la silla frente a la que estaba la bebida, y nunca se sintieron más cómodos que en ese momento. Sonó un timbre como de teléfono antiguo, pero el trío pensó que era una alarma contra los ladrones y asustados se levantaron inmediatamente. Una mujer de edad entró a la habitación y les pidió que siguieran sentados, pues ya iban a servir la cena. Los invitados fueron llegando y se sentaron en la mesa hasta completar los cuarenta y dos puestos del comedor. Pontiz reconoció a Morelia y a su hermano, por separado, claro. Él vio que estaban bien y felices. Morelia también lo distinguió a él, lo saludó y le sonrió de forma coqueta. Pontiz decidió quedarse en la casa y su brazo se soltó.

Después de la cena y el postre, el magnánimo profesor Cocuyo y su compañera salieron de la casa, pero todo era distinto y el ambiente diferente. Por un periódico tirado en el piso, se dieron cuenta que habían pasado mil doscientos años y uno más desde que entraron en la casa. Entendieron porqué la gente que entraba no se volvía a ver y se fueron de la mano a rehacer su vida juntos y felizmente enamorados.

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