La noche más larga del mundo - parte 4
Tres años después, el capitán de la policía de Verón, Javier Toribio, agradecería públicamente al Movimiento Veracruzano por haber sostenido la resistencia en contra de los Trilac. El día anterior, él, junto con Danis Pereira y Cristiano de los Alpes habían logrado acabar con Carduó y el maligno alcalde B. Reamar, lo que produjo que la niebla y las oscuras nubes empezaran a dispersarse, iluminándose el pueblo con un brillante sol de diez de la mañana. Verón empezaba a recuperarse nuevamente. Sin embargo, en ese agradecimiento, no estaba presente Karlos, sino una mujer llamada Jimena Moldavia fue quien recibió la medalla.
Tres años antes, Karlos se recuperaba sobre una carga de arena dentro de un camión ahora abandonado que lo había salvado de la muerte. Al levantarse, algo adolorido, pero sano y salvo, escuchó la estrepitosa caída de su oponente unos metros más lejos. Aprovechó para salir de allí y se metió en una garita, usada para que los guardias cuidaran edificios del barrio. En ella encontró una pistola y la guardó. Luego escuchó que venían personas. Pudo definirlos con algo de la luz natural nocturna. Realmente no parecían hombres. Eran más altos y grandes que una persona normal. Algunos usaban gabardinas y sombreros que les tapaban un rostro inmundo y guantes con los que manejaban un garrote. Uno era más grande que los demás y lo llamaban Carduó. Algo debió decirles, porque se pusieron en una posición estratégica y sacaron una especie de trompeta larga. “Uno, dos, tres” dijo Carduó en voz alta y los demás hicieron como que tocaban la trompeta, pero Karlos no escuchaba ningún sonido, sin embargo, de inmediato se escuchó una rompezón de vidrios colectivo. Karlos estaba en la garita, sudando, concentrándose con los ojos cerrados que nada malo le iba a pasar.
Al asegurarse que ya se habían ido, encontró la causa del sonido: todas las bombillas de los postes y de los automóviles habían sido destruidas. Mientras observaba todo ese apocalipsis esforzando la vista, empezó a sentir que alguien lo vigilaba y esa sensación se incrementó a medida que caminaba por toda la calle. No sabía en dónde se encontraba, no reconocía nada. Trato de moverse hacia una de las paredes, y buscar una puerta o un pasillo para ocultarse. Unos segundos después ya estaba seguro que no era uno, sino eran varios los que estaban siguiéndolo, pisando los vidrios, acercándose a él en varias direcciones. Puso su mano en el cinto y la corrió suavemente hacia su arma. “Crush” era el sonido de uno de los vidrios pisados cerca de él. Apuntó hacia esa dirección y disparó. En ese momento lo abrazaron nuevamente por todo el abdomen y lo arrastraron hacia dentro de un antro. Escuchó cerrar la puerta con cadenas y seguros. Afuera un golpeteo como si quisieran tumbar la puerta fue disminuyendo.
- Aquí estás seguro – dijo un hombre.
- ¿Dónde está mi arma? – gritó Karlos, abrazado a una lámpara de pie, claramente alarmado, recorriendo las paredes como un topo.
No podía ver más allá de su nariz. El otro hombre le puso la mano en su hombro y la fue bajando por su brazo, como una caricia obligada. Al llegar a la palma de la mano le puso su arma allí.
- Se le cayó cuando se levantó. Tenga cuidado. Esas cosas son peligrosas.
- Entiendo. Gracias por salvarme de ellos.
- Hablaba de su arma. Guárdela.
- ¿Cómo puede verla? Aquí hay tanta luz como debajo de una piedra.
- Lo bueno de estar en mi condición, es que no necesito los ojos para ver.
El extraño lamentó no tener nada que ofrecerle y Karlos le dijo que tenía suficiente comida en su apartamento. Quería volver a su casa. Necesitaba volver a casa.
Tres años antes, Karlos se recuperaba sobre una carga de arena dentro de un camión ahora abandonado que lo había salvado de la muerte. Al levantarse, algo adolorido, pero sano y salvo, escuchó la estrepitosa caída de su oponente unos metros más lejos. Aprovechó para salir de allí y se metió en una garita, usada para que los guardias cuidaran edificios del barrio. En ella encontró una pistola y la guardó. Luego escuchó que venían personas. Pudo definirlos con algo de la luz natural nocturna. Realmente no parecían hombres. Eran más altos y grandes que una persona normal. Algunos usaban gabardinas y sombreros que les tapaban un rostro inmundo y guantes con los que manejaban un garrote. Uno era más grande que los demás y lo llamaban Carduó. Algo debió decirles, porque se pusieron en una posición estratégica y sacaron una especie de trompeta larga. “Uno, dos, tres” dijo Carduó en voz alta y los demás hicieron como que tocaban la trompeta, pero Karlos no escuchaba ningún sonido, sin embargo, de inmediato se escuchó una rompezón de vidrios colectivo. Karlos estaba en la garita, sudando, concentrándose con los ojos cerrados que nada malo le iba a pasar.
Al asegurarse que ya se habían ido, encontró la causa del sonido: todas las bombillas de los postes y de los automóviles habían sido destruidas. Mientras observaba todo ese apocalipsis esforzando la vista, empezó a sentir que alguien lo vigilaba y esa sensación se incrementó a medida que caminaba por toda la calle. No sabía en dónde se encontraba, no reconocía nada. Trato de moverse hacia una de las paredes, y buscar una puerta o un pasillo para ocultarse. Unos segundos después ya estaba seguro que no era uno, sino eran varios los que estaban siguiéndolo, pisando los vidrios, acercándose a él en varias direcciones. Puso su mano en el cinto y la corrió suavemente hacia su arma. “Crush” era el sonido de uno de los vidrios pisados cerca de él. Apuntó hacia esa dirección y disparó. En ese momento lo abrazaron nuevamente por todo el abdomen y lo arrastraron hacia dentro de un antro. Escuchó cerrar la puerta con cadenas y seguros. Afuera un golpeteo como si quisieran tumbar la puerta fue disminuyendo.
- Aquí estás seguro – dijo un hombre.
- ¿Dónde está mi arma? – gritó Karlos, abrazado a una lámpara de pie, claramente alarmado, recorriendo las paredes como un topo.
No podía ver más allá de su nariz. El otro hombre le puso la mano en su hombro y la fue bajando por su brazo, como una caricia obligada. Al llegar a la palma de la mano le puso su arma allí.
- Se le cayó cuando se levantó. Tenga cuidado. Esas cosas son peligrosas.
- Entiendo. Gracias por salvarme de ellos.
- Hablaba de su arma. Guárdela.
- ¿Cómo puede verla? Aquí hay tanta luz como debajo de una piedra.
- Lo bueno de estar en mi condición, es que no necesito los ojos para ver.
El extraño lamentó no tener nada que ofrecerle y Karlos le dijo que tenía suficiente comida en su apartamento. Quería volver a su casa. Necesitaba volver a casa.
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