La noche más larga del mundo - parte 3
Karlos apagó la radio y empezó a escuchar la conversación de un par de muchachos detrás de él. Decían que esa noche irían a la plaza a ver el eclipse de luna. Ese eclipse fue anunciado con varios días de anticipación. A las siete de la noche, muchas personas estaban en la plaza esperando que sucediera. Pero a Karlos en ese momento no le interesaba. Fue a su apartamento ubicado en el noveno piso de una torre ubicada en un barrio ruidoso, después de visitar una Megatienda ubicada al lado, donde alquiló un par de películas malas y compró un par de cervezas. Se acomodó para ver como se iba su vida y mientras bebía pronto se quedaría dormido.
Karlos despertó. El televisor y las luces estaban apagados. Se impresionó al ver que todavía estaba oscuro y pensó que se había despertado temprano. Sin embargo, su reloj de bolsillo anunciaba las nueve de la mañana. Muy nervioso trató de encender las luces y algunos electrodomésticos, pero ya no había energía en su casa ni en el barrio. Algo no estaba bien. No le creyó a su reloj de mano en un principio. Se puso algo de ropa, consumió algunas pastillas y salió a la tienda de 24 horas a comprar algunos cigarrillos. Todo había cambiado. La tienda estaba vaciada. Las calles estaban desiertas y olía a humo. No se veía ni se escuchaba ningún alma por allí. Karlos no entendía si había dormido cuánto tiempo, si estaba soñando todavía o había despertado en un universo alterno. Entonces trató de regresar a su casa pensando que seguramente era un apagón.
Encendió su pequeño radio portátil que brilló cuando lo encendió y no se escuchaba ninguna emisora, salvo la oficial de la alcaldía de Verón, en donde en ese momento pasaban música clásica. El resto era sonido estático. El eclipse de luna parecía no haber terminado nunca. Realmente, si había terminado dos horas después de que inició, pero las nubes se quedaron estáticas y completamente oscuras. El pueblo además estaba encerrado por una gruesa niebla que impedía que alguien entrara o saliera de allí. Verón estaba como dentro de una campana, invisible para la gente de afuera y muy oscura para los que estaban adentro.
De pronto, Karlos sintió a alguien detrás de él, pero era demasiado tarde. No alcanzó a defenderse: un tipo mucho más grande que él lo agarró desde atrás. Tenía un brazo aprisionado y con el otro empezó a defenderse, tratando de golpear la cabeza de su misterioso oponente en vano. Además de fuerte era silencioso y de un momento a otro dejó de sentir los pies en la tierra. Lo primero que pensó era que se iba a desmayar.
Acostumbrándose a la oscuridad se dio cuenta que el victimario lo estaba llevando por el aire, como un águila cuando caza un roedor. Todo estaba oscuro, aunque se podía ver algunos puntos luminosos, como si fueran estrellas en el suelo. Sintiendo un vacío en el estomago, sacó sus llaves del bolsillo y las enterró en el brazo de este misterioso ser. Fue tal la fuerza con la que lo enterró, que el otro apenas soltó un bramido y lo soltó. Karlos empezó una caída libre e instintivamente realizó algunos movimientos que aprendió de su curso fallido de paracaidista, aunque al no ver nada supuso que iba a morir.
Karlos despertó. El televisor y las luces estaban apagados. Se impresionó al ver que todavía estaba oscuro y pensó que se había despertado temprano. Sin embargo, su reloj de bolsillo anunciaba las nueve de la mañana. Muy nervioso trató de encender las luces y algunos electrodomésticos, pero ya no había energía en su casa ni en el barrio. Algo no estaba bien. No le creyó a su reloj de mano en un principio. Se puso algo de ropa, consumió algunas pastillas y salió a la tienda de 24 horas a comprar algunos cigarrillos. Todo había cambiado. La tienda estaba vaciada. Las calles estaban desiertas y olía a humo. No se veía ni se escuchaba ningún alma por allí. Karlos no entendía si había dormido cuánto tiempo, si estaba soñando todavía o había despertado en un universo alterno. Entonces trató de regresar a su casa pensando que seguramente era un apagón.
Encendió su pequeño radio portátil que brilló cuando lo encendió y no se escuchaba ninguna emisora, salvo la oficial de la alcaldía de Verón, en donde en ese momento pasaban música clásica. El resto era sonido estático. El eclipse de luna parecía no haber terminado nunca. Realmente, si había terminado dos horas después de que inició, pero las nubes se quedaron estáticas y completamente oscuras. El pueblo además estaba encerrado por una gruesa niebla que impedía que alguien entrara o saliera de allí. Verón estaba como dentro de una campana, invisible para la gente de afuera y muy oscura para los que estaban adentro.
De pronto, Karlos sintió a alguien detrás de él, pero era demasiado tarde. No alcanzó a defenderse: un tipo mucho más grande que él lo agarró desde atrás. Tenía un brazo aprisionado y con el otro empezó a defenderse, tratando de golpear la cabeza de su misterioso oponente en vano. Además de fuerte era silencioso y de un momento a otro dejó de sentir los pies en la tierra. Lo primero que pensó era que se iba a desmayar.
Acostumbrándose a la oscuridad se dio cuenta que el victimario lo estaba llevando por el aire, como un águila cuando caza un roedor. Todo estaba oscuro, aunque se podía ver algunos puntos luminosos, como si fueran estrellas en el suelo. Sintiendo un vacío en el estomago, sacó sus llaves del bolsillo y las enterró en el brazo de este misterioso ser. Fue tal la fuerza con la que lo enterró, que el otro apenas soltó un bramido y lo soltó. Karlos empezó una caída libre e instintivamente realizó algunos movimientos que aprendió de su curso fallido de paracaidista, aunque al no ver nada supuso que iba a morir.
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