Ese pájaro tan bonito - parte 4
John era querido por todos, pero él no quería a nadie. No era porque fuera caprichoso, sino porque él pensaba que nadie lo quería y debía esforzarse para demostrar que era bueno cantando, y de esa forma sentirse querido. Fue educado en una de las mejores familias del pueblo, que parecía ser un excelente modelo familiar, pero la verdad él odiaba su familia y la veía como la más disfuncional del mundo. Su padre no apoyaba su habilidad artística y su madre sólo estaba pendiente de su colección de quinientos platos de té que tenia sobre todas las paredes de la sala. Al crecer, manejaba ya esa doble vida a la perfección. En cuanto empezó a ganar bastante dinero también empezó a recluirse. Sólo se le veía en las presentaciones y cuando respondía breves entrevistas para los medios locales. Esta evasión a la sociedad lo hacía más deseado por las mujeres del pueblo. Hoja de Parra sólo consideraba como un padre a su representante y maestro: el señor Aguilera, quien se aprovechaba de esta condición para su beneficio económico. Según él, de esa manera vendía más discos y tenía más presentaciones. Cada uno tenía una casa enorme con vastos jardines, pero no era suficiente para John.
Unos meses más tarde, estaría frente a 1750 personas, se estimaba que era el total de toda la gente que asistió al concierto del sensacional “Hoja de Parra” en uno de los teatros más populares de la capital del reino. Pero no era nada. Después de su actuación frente a la reina Ivonnet, casi quinientas mil personas ocuparon el estadio Real para escucharlo. Todos que pensaban que no tenía miedo, que por su actitud serena y confiada en el auditorio, era igual en la vida real. Pero no era así. Su novia, Sonia, fue quien lo descubrió un todo. Un día lo vio llorando en la cocina de uno de sus apartamentos y él culpó las cebollas, pero luego ella notó que no había cebollas en ese lugar. Sonia siempre pensó que él era un hombre esquivo con sus sentimientos, pero logró convencerlo para ver un psicólogo, quien le diagnóstico que sufría de una constante depresión que peligraría con su vida si no era tratada pronto. Fue entonces cuando ella llamó a Carolina y le contó todo. Sabía que podía confiar en ella, pues en ese momento era la novia de un experimentado cantante.
Pero hoy Jairo estaba en su nueva casa pensando en Carolina y en el beso que le dio la noche anterior. No sabía como comunicarse con ella, acostumbrado aún a que en la ciudad conocer a alguien jamás la volvería a ver si no tenía algún dato de contacto. Cerca de las once, su vecina, que estaba pendiente de él, notó que desde muy temprano salió al portal de su casa y sólo miraba perdidamente al horizonte. Patricia se le acercó y empezaron ambos a beber limonada. Pronto se vio en una comprometedora situación cuando ella le pidió que pasara a almorzar, pero no estarían solos, luego llegaría su hija con una amiga que casi siempre venia con ella. Jairo aceptó sin pensar en nada más.
Un rato después, mientras Jairo analizaba sin detallar las pinturas que decoraban la sala, tocaron a la puerta, como lo había premeditado su vecina. Entraron Sonia y Carolina y la última, al ver a Jairo, se sorprendió, al igual que él al verla. Patricia de inmediato notó que Jairo estaba enamorado de Carolina.
El almuerzo era grande y delicioso. Después estuvieron toda la tarde hablando de cualquier cosa y en la noche Patricia le pidió a su hija que le ayudara a levantar los platos, con la intención de dejarlos solos. Jairo fue directo al grano diciéndole a Carolina, como lo había practicado toda la mañana, que le gustaba con locura, que quería conocerla a fondo, que quería casarse con ella y tener una hija en ese pueblo lleno de jardines. Ella, un poco sonrojada y algo nerviosa como siempre, aceptó la petición y sellaron el pacto con un beso. Patricia y Sonia, que no se habían perdido de nada, suspiraron al ver la escena desde la puerta de la cocina.
Esa noche era de luna llena. Jairo llevó a su querida Carolina a su casa en el pueblo, donde ella lo presentó a sus padres como un amigo, pues no se sentía capaz de decirles la verdad todavía. Él no le vio ningún inconveniente. Después de salir de allí, en vez de ir a su casa, decidió ir al bosque a buscar al pájaro para agradecerle nuevamente y ofrecerle su disponibilidad para ayudarlo, sin embargo sólo encontró plumas de colores en el suelo. Temiendo lo peor, las recogió y empezó a seguir la luna por si podía conseguirlo. De pronto lo escuchó tararear y siguió el sonido, pero no encontró al pájaro, sino un hombre vestido con una sola prenda café, enteriza y liviana, sentado melancólicamente viendo el horizonte nocturno, el cual mostraba una vista impresionante. El hombre misterioso pareció no notar a Jairo y él le preguntó si había visto un pájaro. Él le contestó que esa noche no había pájaros, y se presentó como Jorge. Inmediatamente Jairo reconoció su timbre de voz y se asombró, como la primera vez que vio la enorme ave.
- Tú eres el pájaro – sentenció.
Unos meses más tarde, estaría frente a 1750 personas, se estimaba que era el total de toda la gente que asistió al concierto del sensacional “Hoja de Parra” en uno de los teatros más populares de la capital del reino. Pero no era nada. Después de su actuación frente a la reina Ivonnet, casi quinientas mil personas ocuparon el estadio Real para escucharlo. Todos que pensaban que no tenía miedo, que por su actitud serena y confiada en el auditorio, era igual en la vida real. Pero no era así. Su novia, Sonia, fue quien lo descubrió un todo. Un día lo vio llorando en la cocina de uno de sus apartamentos y él culpó las cebollas, pero luego ella notó que no había cebollas en ese lugar. Sonia siempre pensó que él era un hombre esquivo con sus sentimientos, pero logró convencerlo para ver un psicólogo, quien le diagnóstico que sufría de una constante depresión que peligraría con su vida si no era tratada pronto. Fue entonces cuando ella llamó a Carolina y le contó todo. Sabía que podía confiar en ella, pues en ese momento era la novia de un experimentado cantante.
Pero hoy Jairo estaba en su nueva casa pensando en Carolina y en el beso que le dio la noche anterior. No sabía como comunicarse con ella, acostumbrado aún a que en la ciudad conocer a alguien jamás la volvería a ver si no tenía algún dato de contacto. Cerca de las once, su vecina, que estaba pendiente de él, notó que desde muy temprano salió al portal de su casa y sólo miraba perdidamente al horizonte. Patricia se le acercó y empezaron ambos a beber limonada. Pronto se vio en una comprometedora situación cuando ella le pidió que pasara a almorzar, pero no estarían solos, luego llegaría su hija con una amiga que casi siempre venia con ella. Jairo aceptó sin pensar en nada más.
Un rato después, mientras Jairo analizaba sin detallar las pinturas que decoraban la sala, tocaron a la puerta, como lo había premeditado su vecina. Entraron Sonia y Carolina y la última, al ver a Jairo, se sorprendió, al igual que él al verla. Patricia de inmediato notó que Jairo estaba enamorado de Carolina.
El almuerzo era grande y delicioso. Después estuvieron toda la tarde hablando de cualquier cosa y en la noche Patricia le pidió a su hija que le ayudara a levantar los platos, con la intención de dejarlos solos. Jairo fue directo al grano diciéndole a Carolina, como lo había practicado toda la mañana, que le gustaba con locura, que quería conocerla a fondo, que quería casarse con ella y tener una hija en ese pueblo lleno de jardines. Ella, un poco sonrojada y algo nerviosa como siempre, aceptó la petición y sellaron el pacto con un beso. Patricia y Sonia, que no se habían perdido de nada, suspiraron al ver la escena desde la puerta de la cocina.
Esa noche era de luna llena. Jairo llevó a su querida Carolina a su casa en el pueblo, donde ella lo presentó a sus padres como un amigo, pues no se sentía capaz de decirles la verdad todavía. Él no le vio ningún inconveniente. Después de salir de allí, en vez de ir a su casa, decidió ir al bosque a buscar al pájaro para agradecerle nuevamente y ofrecerle su disponibilidad para ayudarlo, sin embargo sólo encontró plumas de colores en el suelo. Temiendo lo peor, las recogió y empezó a seguir la luna por si podía conseguirlo. De pronto lo escuchó tararear y siguió el sonido, pero no encontró al pájaro, sino un hombre vestido con una sola prenda café, enteriza y liviana, sentado melancólicamente viendo el horizonte nocturno, el cual mostraba una vista impresionante. El hombre misterioso pareció no notar a Jairo y él le preguntó si había visto un pájaro. Él le contestó que esa noche no había pájaros, y se presentó como Jorge. Inmediatamente Jairo reconoció su timbre de voz y se asombró, como la primera vez que vio la enorme ave.
- Tú eres el pájaro – sentenció.
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