Ese pájaro tan bonito - parte 3
John “Hoja de Parra” era quizás el artista más conocido en la región. Era joven y una promesa para la tierra que lo vio crecer. Amado por las mujeres, querido por sus amigos, parecía no haber perdido su humildad y siempre demostraba una felicidad contagiosa. Hoja de Parra actuaría por última vez en el pueblo antes de irse a hacer giras por las ciudades capitales, como le había prometido su manager.
La presentación estaba en marcha sobre una tarima rudimentaria al norte de la plaza, la cual estaba llena de una multitud muy alegre. Jairo llegó cerca de las siete de la noche con una sed tremenda, pues hacia bastante calor por la temporada. Era impresionante que no encontrara un lugar donde lo atendieran como se debía, todas las tiendas estaban atestadas de personas.
Despues de rodear la plaza se encontró a un lado de la tarima y vio detrás una tienda que estaba sola debido a que casi era inaccesible para entrar. Adentro alcanzaba a ver que estaba lleno de una gran variedad de bebidas. Se decidió por entrar y como pudo logró entrar a la pequeña tienda. No había nadie adentro, pero pensó que podía beber algo y pagar después.
De pronto una puerta al fondo se abrió y entró una bellísima mujer que se sorprendió tanto como él cuando se vieron. Ninguno dijo nada. Ella vio la botella que tenía en la mano, Jairo la vio también y la dejó en una mesa.
- Yo… - titubeó Jairo.
- Yo no debería estar aquí – dijo la mujer.
- No te preocupes, yo tampoco. Soy Jairo.
- Soy Carolina – dijo, algo insegura y nerviosa.
- ¿A qué te refieres con que no deberías estar aquí?
- Es el camerino de “Hoja de Parra” y viene para acá.
La puerta se abrió y ambos se asustaron. Pero no era John, sino otra mujer.
- ¿Quién es usted? – preguntó la mujer a Jairo.
- Soni – interrumpió Carolina – él es Jairo. No debería estar aquí, y nosotras tampoco.
- Relájate mujer. La adivina dijo que aquí conoceríamos al amor de nuestras vidas y precisamente es el camerino de John, ¡De John! Seremos tan felices con él. Quizás me case con él…
- Estoy nerviosa. Quiero salir de aquí.
- Pero, él ya viene.
- Quédate, te gusta más a ti que a mí.
Carolina salió de allí y Jairo la siguió. En el camino se cruzaron con el artista quien los miró como preguntándose qué hacían allí. Jairo conocía esa mirada. La hacía cuando sus fanáticas entraban a alguna de sus propiedades, o se le atravesaban durante las compras. Él no sabía cómo llegaban allí, se impresionaba. John continuó su camino y Jairo el suyo. Salieron por detrás de una casa que quedaba a una calle de la plaza. Carolina estaba allí recostada en la pared, con su pecho palpitando. Repetía “que vergüenza, que vergüenza”. Jairo trató de tranquilizarla y le pasó la botella que tenía en la mano. Ella bebió y se la devolvió.
- Estoy muy agradecida – de pronto se vio más tranquila – mira al cielo. La noche está muy estrellada hoy. Es muy bonito.
- Es cierto- dijo él – de donde yo vengo, las estrellas no pueden verse.
Ella se impresionó. Jairo le dijo que en las grandes ciudades había tanta luz artificial que las luces naturales pasaban desapercibidas. “Supongo que se aburrieron de que nadie les pusiera atención y se fueron” Carolina sonrió con el comentario de Jairo.
- ¿Eres entonces un forastero?
- Prácticamente. Llegué hace poco, no conozco bien el pueblo.
- ¿Quieres conocerlo? Yo nací y crecí aquí. No hay nada que no conozca.
- Por supuesto.
Jairo y Carolina fueron caminando por varios lugares. La noche estaba iluminada por una enorme luna y con la guía de Carolina, Jairo fue conociendo el lugar, pero cada vez le ponía menos atención a lo que decía por ver la forma como lo decía. Describía las cosas con entusiasmo y con una apropiación intrigante. Después lo llevó a su lugar favorito: un parque lleno de flores.
- Adoro venir aquí. A veces, si tienes suerte, puedes ver algo hermoso…
- Entonces yo tengo mucha suerte en este momento. Ninguna de estas flores puede compararse contigo.
Carolina sonrió y se internó al parque. Ella le contó que su bisabuelo lo construyó cuando era alcalde como un gusto para su hija. “Las flores han estado aquí desde entonces”. Jairo estaba tan cerca de Carolina que casi podía abrazarla. Siguiendo sus instintos básicos puso su mano sobre su espalda y ella giró hacia él.
- ¡Mira! – dijo Carolina – si tuvimos suerte después de todo ¡Mira!
- ¿Qué?
- Ese pájaro tan bonito.
Jairo trató de ver en la oscuridad de los árboles y pudo percibir al ave enorme que lo hizo cantar en el bosque. Repentinamente sintió un beso en la mejilla.
- Lo siento – dijo Carolina – es una costumbre besar a la persona con la que estas cuando ves aquella ave. De una vez te voy enseñando datos curiosos.
El reloj del parque sonó anunciando las once de la noche.
- ¡Oh no! ¡Que tarde es! Debo regresar a mi casa – dijo Carolina con el mismo nerviosismo que tenia al principio – se despidió de él con un abrazo y salió corriendo. Todo ocurrió tan rápido que no tuvo tiempo de reaccionar.
- ¡Espera! ¡Te invito a almorzar mañana!
- ¡No puedo! – le contestó a lo lejos – mañana almuerzo con Soni, te veo aquí en la tarde.
Jairo estuvo de pie hasta que vio desaparecer su silueta. Pronto el ave caminó hacia él.
- Te lo he probado.
- Es cierto…
- Ahora, necesito que hagas algo por mí.

"En verdad era un pájaro muy bonito"
La presentación estaba en marcha sobre una tarima rudimentaria al norte de la plaza, la cual estaba llena de una multitud muy alegre. Jairo llegó cerca de las siete de la noche con una sed tremenda, pues hacia bastante calor por la temporada. Era impresionante que no encontrara un lugar donde lo atendieran como se debía, todas las tiendas estaban atestadas de personas.
Despues de rodear la plaza se encontró a un lado de la tarima y vio detrás una tienda que estaba sola debido a que casi era inaccesible para entrar. Adentro alcanzaba a ver que estaba lleno de una gran variedad de bebidas. Se decidió por entrar y como pudo logró entrar a la pequeña tienda. No había nadie adentro, pero pensó que podía beber algo y pagar después.
De pronto una puerta al fondo se abrió y entró una bellísima mujer que se sorprendió tanto como él cuando se vieron. Ninguno dijo nada. Ella vio la botella que tenía en la mano, Jairo la vio también y la dejó en una mesa.
- Yo… - titubeó Jairo.
- Yo no debería estar aquí – dijo la mujer.
- No te preocupes, yo tampoco. Soy Jairo.
- Soy Carolina – dijo, algo insegura y nerviosa.
- ¿A qué te refieres con que no deberías estar aquí?
- Es el camerino de “Hoja de Parra” y viene para acá.
La puerta se abrió y ambos se asustaron. Pero no era John, sino otra mujer.
- ¿Quién es usted? – preguntó la mujer a Jairo.
- Soni – interrumpió Carolina – él es Jairo. No debería estar aquí, y nosotras tampoco.
- Relájate mujer. La adivina dijo que aquí conoceríamos al amor de nuestras vidas y precisamente es el camerino de John, ¡De John! Seremos tan felices con él. Quizás me case con él…
- Estoy nerviosa. Quiero salir de aquí.
- Pero, él ya viene.
- Quédate, te gusta más a ti que a mí.
Carolina salió de allí y Jairo la siguió. En el camino se cruzaron con el artista quien los miró como preguntándose qué hacían allí. Jairo conocía esa mirada. La hacía cuando sus fanáticas entraban a alguna de sus propiedades, o se le atravesaban durante las compras. Él no sabía cómo llegaban allí, se impresionaba. John continuó su camino y Jairo el suyo. Salieron por detrás de una casa que quedaba a una calle de la plaza. Carolina estaba allí recostada en la pared, con su pecho palpitando. Repetía “que vergüenza, que vergüenza”. Jairo trató de tranquilizarla y le pasó la botella que tenía en la mano. Ella bebió y se la devolvió.
- Estoy muy agradecida – de pronto se vio más tranquila – mira al cielo. La noche está muy estrellada hoy. Es muy bonito.
- Es cierto- dijo él – de donde yo vengo, las estrellas no pueden verse.
Ella se impresionó. Jairo le dijo que en las grandes ciudades había tanta luz artificial que las luces naturales pasaban desapercibidas. “Supongo que se aburrieron de que nadie les pusiera atención y se fueron” Carolina sonrió con el comentario de Jairo.
- ¿Eres entonces un forastero?
- Prácticamente. Llegué hace poco, no conozco bien el pueblo.
- ¿Quieres conocerlo? Yo nací y crecí aquí. No hay nada que no conozca.
- Por supuesto.
Jairo y Carolina fueron caminando por varios lugares. La noche estaba iluminada por una enorme luna y con la guía de Carolina, Jairo fue conociendo el lugar, pero cada vez le ponía menos atención a lo que decía por ver la forma como lo decía. Describía las cosas con entusiasmo y con una apropiación intrigante. Después lo llevó a su lugar favorito: un parque lleno de flores.
- Adoro venir aquí. A veces, si tienes suerte, puedes ver algo hermoso…
- Entonces yo tengo mucha suerte en este momento. Ninguna de estas flores puede compararse contigo.
Carolina sonrió y se internó al parque. Ella le contó que su bisabuelo lo construyó cuando era alcalde como un gusto para su hija. “Las flores han estado aquí desde entonces”. Jairo estaba tan cerca de Carolina que casi podía abrazarla. Siguiendo sus instintos básicos puso su mano sobre su espalda y ella giró hacia él.
- ¡Mira! – dijo Carolina – si tuvimos suerte después de todo ¡Mira!
- ¿Qué?
- Ese pájaro tan bonito.
Jairo trató de ver en la oscuridad de los árboles y pudo percibir al ave enorme que lo hizo cantar en el bosque. Repentinamente sintió un beso en la mejilla.
- Lo siento – dijo Carolina – es una costumbre besar a la persona con la que estas cuando ves aquella ave. De una vez te voy enseñando datos curiosos.
El reloj del parque sonó anunciando las once de la noche.
- ¡Oh no! ¡Que tarde es! Debo regresar a mi casa – dijo Carolina con el mismo nerviosismo que tenia al principio – se despidió de él con un abrazo y salió corriendo. Todo ocurrió tan rápido que no tuvo tiempo de reaccionar.
- ¡Espera! ¡Te invito a almorzar mañana!
- ¡No puedo! – le contestó a lo lejos – mañana almuerzo con Soni, te veo aquí en la tarde.
Jairo estuvo de pie hasta que vio desaparecer su silueta. Pronto el ave caminó hacia él.
- Te lo he probado.
- Es cierto…
- Ahora, necesito que hagas algo por mí.

"En verdad era un pájaro muy bonito"
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