Ese pájaro tan bonito - parte 2

Jairo pasó la noche en las fiestas y al salir el sol compró algunas arepas. Siguiendo las sencillas señas del anciano, caminó un poco más de quince minutos a través del bosque, hasta que vio un árbol diferente y que por lógica no podía estar ahí: un enorme cocotero.

Colocó la comida en la base del árbol y trató de ver la copa, pero apenas alcanzó a notar lo que parecía ser el nido. Luego se percató de que nadie lo observara y empezó a cantar unas de sus canciones, pero nada sucedía. Sólo espantaba a los pequeños animales que estaban cerca. Se sintió tonto y se sentó.

De pronto apareció un pequeño pájaro café y empezó a comerse las arepas. Jairo soltó una enorme carcajada y sin levantarse del suelo se acercó lentamente al pajarito para no asustarlo.

- Entonces eres tú quien me va a ayudar.
- ¡Aléjate! – dijo una voz seria

Él retrocedió, no por la orden, sino por el susto de escuchar aquella voz.

- Aléjate un poco más – repitió de nuevo.

Jairo vio para todos los lugares y no vio a nadie, rápidamente obedeció y en el lugar preciso donde estaba, cayó un coco que fácilmente podría haberlo herido gravemente. El pajarito salió volando y Jairo se levantó pidiendo que lo esperara, que no se fuera, pero ya había desaparecido.

- ¿Por qué te vas?
- No me he ido.

Jairo siguió la voz. No era el pajarito café el que hablaba, sino una enorme ave anaranjada, que también tenía plumas verdes, azules y moradas, un penacho con plumas rojas y amarillas, y unos ojos profundos. El ave estaba posada en una rama y bajó cerca de él. Era tan alto que llegaba a su cintura y sus alas abiertas podían medir más de dos metros. Empezó a comerse las arepas ante la mirada incrédula de Jairo.

- Están deliciosas. Hace tiempo no comía de estas. Son mis favoritas.
- Tú… tú puedes hablar…
- Sí, pero me gusta más comer. También me gusta la música. No te escuché cantar.
- Oh… pero si canté.
- No. Sólo escuché un ruido molesto.
- Esa canción me dio dos premios nacionales y uno internacional. Le gustaba a toda la gente.
- Ese es el problema. La moderna música humana no nos gusta a las aves. Cántame algo más natural.

Jairo seguía ensimismado. No entendía que sucedía. De pronto pensó que no podía creer que estaba hablando con un pájaro, que eran efectos del sol o que se debía al no haber dormido. Se dio media vuelta y empezó a caminar.

- Vete y no resolverás tus problemas.
- No tengo problemas.
- A eso vienen todos a mí – el ave caminó y se puso frente a él - ¿Por qué estás aquí entonces?

Jairo insistió que no tenía ningún problema, que sólo quería probar si era cierto que podía unirlo con su alma gemela. El pájaro le dijo que podía demostrárselo, si cantaba algo bonito. Jairo lo sintió como un reto, y si algo le gustaba eran los retos. Mientras pensaba en qué cantar, sin caer en cuenta empezó a tararear.

- Esa me gusta. Canta.
- ¿Qué? Es una vieja canción. Creo que se llama “La flor en el pantano”. Fue la primera canción que escribí, aun nadie me contrataba. Bueno, dice algo así…

Jairo cantó y antes de llegar al final el ave abrió sus alas. Le dijo que fuera esa noche a la plaza del parque y salió volando de allí. Jairo recordó aquella canción y lo hizo sentir bien. Se fue cantándola mientras regresaba a su casa.

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