Ese pájaro tan bonito - parte 1

“Y aquel ser maligno, con sus enojados ojos verdes, levantó su huesuda mano y convirtió a sus enemigos en inofensivos animales”

Extracto de El demonio de los ojos verdes, leyenda tivecrina[1].

Jairo estaba cansado de estar soltero. Toda su juventud, fue un consagrado artista, con bastante fama y dinero. Muchas fanáticas daban su vida por él, pero no podía sentirse más solo. Decidido a buscar su media naranja, en el ocaso de su fama regaló la mitad de su fortuna a la beneficencia y desapareció del mundo conocido por la civilización, llegando a un pequeño pueblo donde a él nadie lo conocía.

Era de una familia humilde que fue echado de su casa cuando empezó a dedicarse a la música en vez de la medicina y que abandonó a su familia cuando empezó a tener éxito. Se enamoró varias veces, pero aquellas mujeres sólo buscaban su fama y su dinero. Después de un tiempo olvidó lo que era el amor.

Compró una casita de un piso, con comodidades básicas y sencillas. Estaba alejado del pueblo al menos veinte minutos en bicicleta. Uno de esos días calurosos, mientras él bebía limonada en el portal de la casa como acostumbraba a hacer, vio por primera vez a su vecina: una mujer que a pesar de su avanzada edad arreglaba su jardín con gran fuerza. Ella descansó un momento y lo saludó sonriendo y él la invitó a beber limonada. Así se enteró que su nombre era Patricia, era viuda, tenía una hija y un nieto que no vivían con ella, pero era feliz porque ella amó tanto como fue amada. Entristecido, Jairo agachó la cabeza, y cuando Patricia lo cuestionó, él le respondió que estaría solo para siempre.

- ¡Mírate! Tienes una vida por delante. Esta noche empiezan las fiestas del pueblo. Habrán ferias y vendrá el circo. Podrás divertirte y conocer chicas.

Jairo y Patricia rieron y él pronto encontró en ella la madre que siempre quiso. Sin pensarlo mucho, aquella noche obedeció a su vecina y fue al pueblo, donde ya había mucha gente participando en las fiestas y la feria estaba repleta de puestos de juegos y adivinadores, algo en lo que él no creía, pero aun así pasó por estos lugares para divertirse.

Una mujer le leyó su suerte en las cartas, y él la convenció de que le creía. Al dejarla, se sentó en una banca al lado de un anciano mientras comía algodón de azúcar. El anciano le dijo que no podía dejarse convencer de ese tipo de fraudes.

- Lo sé, la magia no existe.
- No te confundas, hay cosas en este mundo que existen aunque nadie pueda explicarlas. Por ejemplo, hacia el oriente, hay un ave que puede unirte con tu alma gemela. Muchos hombres y mujeres aquí están juntos gracias a ella.
- Suena interesante, supongo que si voy ahora mismo la encontraré.
- No, no. No de noche. Además debes llamarlo cantando la canción que más te guste, al ave le gusta escuchar y comer.
- ¿Comer?
- ¡Sí! Todos tienen que comer. Llévale algo, canta y sin duda vendrá. Sabes cantar, ¿no?

Jairo era escéptico, pero algo en ese anciano lo persuadía. Después de todo, no tenía nada que perder.

[1] Como muchas leyendas, esta fue basada en un acontecimiento real que no podía ser explicado racionalmente; en este caso, este evento aparece en La Casa de más de Cuatro Pisos 2: La última batalla.

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