Dos hermanas, parte 5
Andrés Philip era quizás el estudiante más conocido del colegio por ser el que siempre se arriesgaba en todo. Era el capitán en el equipo de fútbol, aunque practicaba bicicross, skate, beisbol y cuando no tenía nada que hacer (porque nunca hacía nada) practicaba lucha libre y, por sobre todas las cosas, era el único hombre que amaba Carolina.
Ella lo observaba por la ventanilla de la puerta del salón a diario, en el recreo, con su grupo de amigos, a la hora del almuerzo, cuando salía del área deportiva y cuando se iba a su casa en una extravagante bicicleta.
En realidad nada le impedía acercarse a él. A pesar de que muchos chicos se le acercaban, ella los rechazaba prudente o violentamente, dependiendo de su status en la escuela. Asimismo no tenía ningún problema en acercarse a alguno que le interesara, a Carolina nadie la rechazaba. Pero con Andrés era diferente. Todo era diferente. Le temblaba todo con sólo acercarse a él. Era una situación tan incomoda que lo evitaba.
Un día se sorprendió cuando él se acercó a una chica, le devolvió un libro y le agradeció el préstamo. Carolina se sorprendió: esa chica era Paola. No le había prestado atención y pronto se enteró que su hermana veía la mayoría de clases con Andrés. Por eso no dudó un segundo en proponerle a su hermana un cambio de identidades.
En las primeras clases, no le sorprendía que todos se reunieran con ella en los grupos de trabajo, lo que le sorprendía era que esperaban que hiciera toda la tarea. Carolina, por supuesto, no estaba acostumbrada a esto, ni el resto de sus compañeros. Trataba de escapar de alguna manera cuando de pronto se abrió la puerta del salón.
- Señor Philip – dijo la maestra dirigiéndose al estudiante que recién entraba – de nuevo tarde.
- Profesora, usted tiene la razón. No tengo ninguna excusa y no soy capaz de inventarme una, pues debido a su sapiencia y habilidad de análisis, podría descubrirlo, así que me marcharé vergonzosamente y sufriré por dentro, ya que me perderé una de mis clases favoritas con un docente sin igual.
- No es necesario – le contestó la maestra – pero no lo olvidaré. Si no presentas el taller, irás a clases extra.
- Usted es la profesora, profesora – dijo Philip sonriendo.
Carolina observó todo y le dio valor para responder al grupo que le acosaba. Empezó con su innato liderazgo autoritario a repartir el trabajo sin que ellos notaran que a ella no le correspondería hacer nada del mismo.
- No recordaba esas dotes de manipulación – le susurró Philip a Carolina y luego habló más duro - ¿está libre este lugar? La profesora me ha dicho que trabajara con este grupo.
Ella lo observaba por la ventanilla de la puerta del salón a diario, en el recreo, con su grupo de amigos, a la hora del almuerzo, cuando salía del área deportiva y cuando se iba a su casa en una extravagante bicicleta.
En realidad nada le impedía acercarse a él. A pesar de que muchos chicos se le acercaban, ella los rechazaba prudente o violentamente, dependiendo de su status en la escuela. Asimismo no tenía ningún problema en acercarse a alguno que le interesara, a Carolina nadie la rechazaba. Pero con Andrés era diferente. Todo era diferente. Le temblaba todo con sólo acercarse a él. Era una situación tan incomoda que lo evitaba.
Un día se sorprendió cuando él se acercó a una chica, le devolvió un libro y le agradeció el préstamo. Carolina se sorprendió: esa chica era Paola. No le había prestado atención y pronto se enteró que su hermana veía la mayoría de clases con Andrés. Por eso no dudó un segundo en proponerle a su hermana un cambio de identidades.
En las primeras clases, no le sorprendía que todos se reunieran con ella en los grupos de trabajo, lo que le sorprendía era que esperaban que hiciera toda la tarea. Carolina, por supuesto, no estaba acostumbrada a esto, ni el resto de sus compañeros. Trataba de escapar de alguna manera cuando de pronto se abrió la puerta del salón.
- Señor Philip – dijo la maestra dirigiéndose al estudiante que recién entraba – de nuevo tarde.
- Profesora, usted tiene la razón. No tengo ninguna excusa y no soy capaz de inventarme una, pues debido a su sapiencia y habilidad de análisis, podría descubrirlo, así que me marcharé vergonzosamente y sufriré por dentro, ya que me perderé una de mis clases favoritas con un docente sin igual.
- No es necesario – le contestó la maestra – pero no lo olvidaré. Si no presentas el taller, irás a clases extra.
- Usted es la profesora, profesora – dijo Philip sonriendo.
Carolina observó todo y le dio valor para responder al grupo que le acosaba. Empezó con su innato liderazgo autoritario a repartir el trabajo sin que ellos notaran que a ella no le correspondería hacer nada del mismo.
- No recordaba esas dotes de manipulación – le susurró Philip a Carolina y luego habló más duro - ¿está libre este lugar? La profesora me ha dicho que trabajara con este grupo.
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