Dos hermanas, parte 4
Jay entró a golpes a la casa de nuevo. Tumbó la puerta y miró hacia arriba poniéndose los puños en la cintura y sacando pecho, como el clásico Supermán. Subió al estudio y vió a Paola sentada en el sofá llorando. La levantó con sus fuertes brazos y la besó.
- No importa tu nombre. – dijo él – me importa quien eres y eso es todo.
Inmediatamente Paola despertó de ese sueño y volvió a llorar, por la situación y por haber despertado tan rápido. Ese día en la mañana, Cheddy no quería levantarse de la cama, no quería desayunar, no quería ir a la escuela, pero su madre era más obstinada que su depresión.
Lo único que quería era verlo a él y volver al parque a comer helado, pensando que nunca volvería a pasar, porque cuando llegó al salón, él no estaba allí. El profesor llamó lista en mano a cada uno de los estudiantes y Paola recordó que no llevaba el trabajo. Nombre a nombre trató de formar todo tipo de excusas, pero se tornaban incoherentes por la falta de concentración debido a la desesperación por todo lo que estaba pasando.
Pronto el profesor dijo el nombre de su hermana y ella no tenía ninguna excusa. Sin decir nada, se levantó de la silla y se acercó lentamente hacia el profesor, cuando tocaron la puerta. El profesor ordenó abrirla y Jay entró.
- Lo siento maestro. Se me presentó un inconveniente. Aquí tengo el permiso del director.
El profesor, conocidamente incrédulo, se encajó sus lentes y empezó a leer. Paola miraba a Jay, pero él miraba como su docente leía la nota. El profesor terminó de leer y se dio la vuelta para guardar la nota. Al mismo tiempo Jay rápidamente le entregó una carpeta a Paola.
- Señor Valero – dijo el profesor – puede sentarse. Señorita Carolina, entrégueme el trabajo.
Ella lo pensó dos veces, pero entregó la carpeta y se sentó. Jay estaba sentado varios puestos alejado de ella. Al final de la clase, el profesor le pidió a Jay que organizara el salón como castigo por llegar tarde. Paola quería hablarle, pero al mismo tiempo se avergonzaba. Pronto él terminó, agarró su maleta y salió del salón.
- ¡Espera! – dijo Paola, y él se detuvo – te agradezco por la tarea.
- Te lo prometí ayer.
El silencio siguiente fue insoportable y ella le preguntó tímidamente si podían seguir siendo amigos.
- Eso pensaba, pero mentiste. Los amigos se tienen confianza. ¿Por qué hiciste todo eso? ¿por qué no me lo contaste? Te hubiera guardado tu secreto.
- Supongo… que cuando pasas la vida en la sombra de otra persona, llegas a acostumbrarte, y luego cuando se tiene una oportunidad así para estar a la luz, puedes descontrolarte y perder la noción de las cosas… me duele haberte hecho daño, y quisiera repararlo todo… sé que no merezco pedírtelo, pero… ¿podemos seguir siendo amigos?
- Yo… no…yo no quiero ser tu amigo – Paola sintió el mundo caerse, pero el continuó – Tú me gustas mucho, ayer iba a decírtelo… después de todo, eres más que un nombre… ¿quieres ser mi novia?
- ¿Crees que podemos serlo? – respondió sonriendo y enrojecida – después de lo que pasó…
- ¿Por qué no salimos, comemos un helado y lo averiguamos?
- Me encantaría.
Los días siguientes fueron los más felices para Paola. Recuperó sus buenas calificaciones, volvió a ser habilidosa en todo lo que sabía y al lado suyo tenía a su novio Jay. Sólo le faltaba recuperar su nombre verdadero. Todo se dio unos días después, cuando el profesor les dijo a ambos que ya no era necesario que tomaran la clase extra.
Paola se lo comunicó a su hermana y ella dio por terminado el trato. Paola recuperó su nombre y su hermosa cabellera negra. La relación de las hermanas había mejorado mucho. Ambas llegaron a un equilibrio increíble, llegaron a ser tan populares sin dejar de ser sociables, tan inteligentes sin dejar desapercibidos los temas de moda.
- No importa tu nombre. – dijo él – me importa quien eres y eso es todo.
Inmediatamente Paola despertó de ese sueño y volvió a llorar, por la situación y por haber despertado tan rápido. Ese día en la mañana, Cheddy no quería levantarse de la cama, no quería desayunar, no quería ir a la escuela, pero su madre era más obstinada que su depresión.
Lo único que quería era verlo a él y volver al parque a comer helado, pensando que nunca volvería a pasar, porque cuando llegó al salón, él no estaba allí. El profesor llamó lista en mano a cada uno de los estudiantes y Paola recordó que no llevaba el trabajo. Nombre a nombre trató de formar todo tipo de excusas, pero se tornaban incoherentes por la falta de concentración debido a la desesperación por todo lo que estaba pasando.
Pronto el profesor dijo el nombre de su hermana y ella no tenía ninguna excusa. Sin decir nada, se levantó de la silla y se acercó lentamente hacia el profesor, cuando tocaron la puerta. El profesor ordenó abrirla y Jay entró.
- Lo siento maestro. Se me presentó un inconveniente. Aquí tengo el permiso del director.
El profesor, conocidamente incrédulo, se encajó sus lentes y empezó a leer. Paola miraba a Jay, pero él miraba como su docente leía la nota. El profesor terminó de leer y se dio la vuelta para guardar la nota. Al mismo tiempo Jay rápidamente le entregó una carpeta a Paola.
- Señor Valero – dijo el profesor – puede sentarse. Señorita Carolina, entrégueme el trabajo.
Ella lo pensó dos veces, pero entregó la carpeta y se sentó. Jay estaba sentado varios puestos alejado de ella. Al final de la clase, el profesor le pidió a Jay que organizara el salón como castigo por llegar tarde. Paola quería hablarle, pero al mismo tiempo se avergonzaba. Pronto él terminó, agarró su maleta y salió del salón.
- ¡Espera! – dijo Paola, y él se detuvo – te agradezco por la tarea.
- Te lo prometí ayer.
El silencio siguiente fue insoportable y ella le preguntó tímidamente si podían seguir siendo amigos.
- Eso pensaba, pero mentiste. Los amigos se tienen confianza. ¿Por qué hiciste todo eso? ¿por qué no me lo contaste? Te hubiera guardado tu secreto.
- Supongo… que cuando pasas la vida en la sombra de otra persona, llegas a acostumbrarte, y luego cuando se tiene una oportunidad así para estar a la luz, puedes descontrolarte y perder la noción de las cosas… me duele haberte hecho daño, y quisiera repararlo todo… sé que no merezco pedírtelo, pero… ¿podemos seguir siendo amigos?
- Yo… no…yo no quiero ser tu amigo – Paola sintió el mundo caerse, pero el continuó – Tú me gustas mucho, ayer iba a decírtelo… después de todo, eres más que un nombre… ¿quieres ser mi novia?
- ¿Crees que podemos serlo? – respondió sonriendo y enrojecida – después de lo que pasó…
- ¿Por qué no salimos, comemos un helado y lo averiguamos?
- Me encantaría.
Los días siguientes fueron los más felices para Paola. Recuperó sus buenas calificaciones, volvió a ser habilidosa en todo lo que sabía y al lado suyo tenía a su novio Jay. Sólo le faltaba recuperar su nombre verdadero. Todo se dio unos días después, cuando el profesor les dijo a ambos que ya no era necesario que tomaran la clase extra.
Paola se lo comunicó a su hermana y ella dio por terminado el trato. Paola recuperó su nombre y su hermosa cabellera negra. La relación de las hermanas había mejorado mucho. Ambas llegaron a un equilibrio increíble, llegaron a ser tan populares sin dejar de ser sociables, tan inteligentes sin dejar desapercibidos los temas de moda.
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