El fantasma del conde Sayid - parte 7

Jimena estaba paseando por los jardines, oliendo las flores, correteando ardillas y jugando con los insectos de colores. Sin darse cuenta se estrelló con Diegorid, quien tampoco tenía planeado el encuentro. Él le repuso que prestara atención y ella que tuviera cuidado. Ambos se enojaron y cada uno tomó un camino diferente.

Durante las comidas siempre quedaban enfrentados en la mesa, sin poder evitarlo. Desafortunadamente, a Jimena le gustaba la comida con sabor y la sopa le parecía desabrida. Al realizar una visión general, notó que el único salero en la mesa lo tenía Diegorid. No podía dejar de tomar la sopa para que no pensaran que era maleducada, ni podía tomarla porque no le gustaba, así que debió pedir el salero de una manera sutil a Diegorid. Cuando él se lo pasó, por infortunio, el salero se cayó y se regó su contenido. Ella, naturalmente, se enfadó de nuevo.

- ¡Qué descaro el suyo! No sabe tratar a una dama.

Diegorid no reaccionó. Había sido educado para que durante la cena únicamente comiera y evitara toda actividad diferente. Esto hizo que Jimena se sintiera ignorada y se retiró del comedor. Luego él terminó de cenar, se levantó y fue a buscarla. La encontró al rato en la biblioteca, leyendo De profundis.

- Oscar Wilde, mi favorito – dijo él.
- Siempre me relaja en las situaciones difíciles, además es mi obra favorita. La impotencia de este hombre para declarar su amor es muy triste.
- Ha sido muy atrevida al abochornarme de esa manera.

Jimena cerró el libro y se levantó de la silla.

- No fue mi intención, pero fue su culpa. Esas cosas no hacen, y menos conmigo, soy una dama respetable. No se equivoque.
- No fue mi culpa que a usted se le cayera el salero. Por mi parte, jamás en la vida me he equivocado.
- Parece muy seguro de decirlo, pero confío en mi derecho a la duda.
- Estoy muy seguro, siempre he sido reconocido por mi trabajo. Las decisiones que tomo son bastante eficaces. Ya usted se dará cuenta cuando sea el conde de Castilla.
- Que casualidad. Yo también he tenido reconocimientos. También heredaré el condado de mi padre. Entonces veremos quien hace el mejor trabajo.
- Es una competencia significativa, sin embargo las mujeres no pueden heredar.
- A menos que me case con alguien que me lo permita…
Ambos estaban cada vez más cerca por el calentamiento de la conversación.
- Si nos casamos… - dijeron los dos casi al tiempo. Ambos se sonrojaron y se separaron.
- Le propongo algo – dijo Diegorid – podemos realizar esta competencia entre nosotros, en secreto, si nos casamos. No necesariamente debe amarme, ya que yo no la amo…
- Por supuesto, yo tampoco sentiría más por usted que esta necesidad competitiva. Acepto su propuesta. Pero usted es el hombre, debe pedirle la mano a mi padre cuanto antes. No se preocupe, actuaré de acuerdo a la situación.
Jimena salió rápidamente de la habitación diciendo para sí misma: “como me atraen los hombres seguros”, mientras que él pensaba: “como me gustan las mujeres atrevidas.

El matrimonio de Javier y Paola se realizó una semana después de la escena del salero. Al día siguiente se irían a vivir en una casa en la capital del reino. Durante esa semana, Paola, por más que trataba, no podía comprender que era lo mejor para el pueblo, todo era muy ambiguo, satisfacer a unos perjudicaba a otros. Sólo el apoyo de su prometido evitó que entrara en una crisis de nervios.

Por otro lado, Mónica era completamente desatendida con todos sus deberes, a quien con favores, miradas y sonrisas les dejaba todo el trabajo a los empleados públicos, para que ella se fuera a escondidas a la habitación de Jota, quien no le importaba vivir como su prisionero. Al final eran los diez asesores contratados por Victoria quienes se encargaron del trabajo de sus hijas.

Después del matrimonio, celebrado en todo el condado, se realizó una fiesta donde los habitantes asistieron. Muchos le preguntaron a Victoria durante la fiesta que cuándo sería el matrimonio de Mónica y respondía que no habría nunca, pues se había hecho monja y ya estaba internada en un reconocido monasterio. La verdad que nunca se mencionó, ni siquiera por Carolina que también lo sabia, era que un día antes del matrimonio de su hermana, Mónica se escabulló en medio de la noche a la habitación de su padre y le dejó una nota de despedida, luego se despidió de su madre y finalmente de Paola a quien le deseó lo mejor y huyó a la luz de la luna con Jota a un destino feliz y desconocido.

Carolina observó por la ventana como se alejaban en un caballo. Unas horas antes, ella había ido a la cocina a servirse una taza de té frío, pues desconfiaba de las sirvientas. En el camino encontró a Henry, que partiría sin despedirse para evitar la humillación. Ambos se miraron y no dijeron nada, suponiendo que había mucho que decir, pero nada al mismo tiempo.

- ¿Llevas alimentos, o te irás con hambre? – preguntó ella.
- Llevo lo necesario. Empaqué hace rato.
- ¿Por qué estás aquí entonces?
- Deseaba despedirme de alguien, pero no sabia como contactarle.
- La habitación de Mónica es…
- No, no es de ella. Es… por usted, señora. Disculpe mi atrevimiento, pero no he dejado de pensarla. Y no quería irme sin que supiera esto que atormenta mi alma – dijo, mirando al suelo.
- ¡Oh! Henry – ella le puso su mano en su mejilla y le levantó el rostro. Henry olvidó todo tipo de estrato social y la besó, sin saber que ella le correspondería. De pronto ambos se separaron: Mónica y Jota pasaron por el lado de ellos. Los cuatro se miraron por un momento. Mónica rompió el hielo.
- No diré nada, ustedes tampoco. Adiós, que sean tan felices como nosotros.
Carolina pensó por un momento lo que estaba sucediendo. Se retiró de Henry, pero él la detuvo.
- Duquesa, si usted me lo pide, yo no me marcharé.
- No lo hagas – dijo apenas terminó su frase y se fue rápidamente a su habitación.

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