El fantasma del conde Sayid - parte 6
Adentro el conde seguía en cama, asistido por cuatro criadas. El conde revisaba unos documentos y al ver a Javier se retiró sus anteojos. Le hizo una seña para que se sentara en un sillón al lado de la cama. No hubo saludos ni otras palabras. El conde iba directo al grano.
- ¿Con cuál de mis hijas deseas casarte?
- Por el ángel más hermoso que he visto en todo el mundo – respondió Javier sin dudar – Deseo la mano de Paola y le suplico que me la dé, pues es mi misión en esta vida hacerla feliz, muy feliz, tanto como ella me hace feliz a mi cuando me sonríe.
- Debes saber que casarte con mi hija impedirá que tomes mi puesto.
- Conde, no es por interés el amor que siento por su hija. Me casaría con ella aunque fuera hija de un pastor y no tuviera más herencia que una almohada.
- Basta de cursilerías. Tienes mi bendición.
El conde tronó los dedos y un abogado que Javier no había visto en la habitación se acercó a él y le pidió que firmara un documento. Luego Javier salió de allí y el conde ordenó al guardia que hiciera seguir al “otro”.
- No hay nadie más aquí, señor. – respondió el guardia.
Javier, con una gran sonrisa de oreja a oreja se dirigió al comedor, donde Paola estaba comiéndose las uñas y caminando de lado a lado como lo hacía su pretendiente en el pasillo. Ella no notó la presencia de Javier, por lo que él aprovecho para irse por detrás y abrazarla sorpresivamente, diciéndole felizmente que ya era su prometido.
- Al fin viviremos juntos, Churra.
- ¡Querido Javier! Que noticia más maravillosa, pero no me digas Churra, sabes que no me gusta ese nombre,
- ¿Querido Javier? Estamos solos, dime como me gusta.
- Enloqueciste – dijo Paola sonriendo – si alguien te escucha pueden llevarte al calabozo.
- ¿Por qué no vamos un rato y jugamos al prisionero y la ejecutora, como aquella vez en el palacio de Priana?
- ¡Cállate!
Javier y Paola se besaron y precisamente entró una criada. La pareja se separó, la criada se disculpó y le dijo a Paola que su padre deseaba hablarle. Justo antes de llegar a la habitación se encontró con Mónica y ambas tuvieron un mal presentimiento.
- Hijas mías, no viviré para siempre. Sé que nunca estuve presente en sus vidas, pero al verlas ahora me siento muy orgulloso de ustedes. Es mi deber heredar mis deberes políticos y administrativos de mi querido condado. Ustedes saben que la ley me obliga a heredar tales poderes a un descendiente varón únicamente, pero me opondré a las reglas y en mi humildad he decidido que cada una gobernará la mitad del condado. Sin embargo, no puedo ser inflexible. En cuanto se casen, perderán este beneficio.
- Padre – dijo Paola – a pesar de que nunca estuviste presente en cuerpo, mi madre siempre nos hablaba de ti y que nos acompañabas en todo momento. Al igual que mi hermana, siempre nos has parecido un héroe y un modelo a seguir, y me prometí que siempre obedecería cuando me pidieras algo, porque sé con que sabiduría y justicia lo pides, pero debo pedirte ahora, padre, que dimita de mí, temo gobernar, además pronto me casaré.
- Hija, tú lo has dicho. He tomado esa decisión y no me retractaré. Mañana empezarán sus funciones. Yo mismo las supervisaré.
El ambiente se hace más oscuro. Un niño de cinco años corre por la sala. Carolina está en la misma habitación, asomada en la ventana que da a la calle. Ella se limpia las lágrimas con un pañuelo de seda cuando un coche se detiene frente a la casa.
- Nana, lleva al niño a la biblioteca – ordena severamente, sin moverse.
- Si, duquesa. ¿desea que lea algún libro en especial?
- El retrato de Dorian Gray, no me importa.
- Pensaba en Alicia en el país de las maravillas, pero en eso manda usted. Vamos Diegorid, acompáñame.
Carolina se quedó en la misma posición y el conde, quien venia en el coche, entró a la mansión como un huracán.
- ¡Te has pasado de la raya! – le dijo el conde a su hermana y la abofeteó.
- Lo descubriste.
- De casualidad. Pasé por Ónice a llevar flores personalmente. Me sorprendí cuando me dijeron que en mucho tiempo nunca hubo un accidente. Me extrañé cuando en el hospital, el doctor Urrutia negó haberme enviado alguna carta con tema diferente a mis quebrantos de salud. Casi muero cuando vi a mi familia viva en mi casa de Priana. Victoria me explicó detalladamente que tú le dijiste que por parte mía no le amaba más ni a ella ni a mis hijas, que sólo le dejaba aquella casa y le insinuaste que solicitara el divorcio. No me permitió ver a mis hijas ¿tanto es tu ansiedad de poder?
- ¿Cuándo regresarán?
- Nunca. Gracias a ti quedaron desterradas de Castilla. Si regresan, Victoria negará naturalmente a tu hijo frente al enviado del rey, perderé mi puesto y el respaldo de mi pueblo. Por eso prometió a permanecer en la clandestinidad. Pero no te ilusiones. Esperaré paciente a que pase el tiempo. En cuanto mis hijas tengan edad, las presentaré nuevamente y ellas serán quienes gobiernen.
- ¿Y qué pasa si hablo yo? Si les digo a toda esa gente que les has mentido, ellos te quieren, te estiman, pero siempre me creen a mí.
- No te atreverías.
- ¡Matrimonio!
- ¿Qué?
- La ley dice que para que un hombre tome el poder debe estar casado y si es una mujer debe estar soltera, porque cuando se case aquel poder pasará a su marido. ¿quieres a un extraño gobernando o quieres que tus hijas mueran solteras? Mi hijo también tiene la sangre de nuestro padre. Tus hijas pueden gobernar hasta su matrimonio. Luego, si se casan, si huyen o si abandonan el poder, permite gobernar a mi hijo. Existe una clausula en la que los padres pueden anularle esa herencia a las hijas y así se evita que sus maridos asciendan al poder con el hecho de casarse.
- Has tenido tiempo de leer… en fin, ahora no quiero pensar en nada. Llama a mi abogado y dile. Tu hijo gobernará después de todo – el conde dio media vuelta y vio a Diegorid en la entrada, con un libro en las manos - ¿Qué estás leyendo?
- Alicia de las maravillas, tío.
- Aprende a leer. Cultiva tu mente. Espero que sepas hacer mejor las cosas que tu madre.
- ¿Con cuál de mis hijas deseas casarte?
- Por el ángel más hermoso que he visto en todo el mundo – respondió Javier sin dudar – Deseo la mano de Paola y le suplico que me la dé, pues es mi misión en esta vida hacerla feliz, muy feliz, tanto como ella me hace feliz a mi cuando me sonríe.
- Debes saber que casarte con mi hija impedirá que tomes mi puesto.
- Conde, no es por interés el amor que siento por su hija. Me casaría con ella aunque fuera hija de un pastor y no tuviera más herencia que una almohada.
- Basta de cursilerías. Tienes mi bendición.
El conde tronó los dedos y un abogado que Javier no había visto en la habitación se acercó a él y le pidió que firmara un documento. Luego Javier salió de allí y el conde ordenó al guardia que hiciera seguir al “otro”.
- No hay nadie más aquí, señor. – respondió el guardia.
Javier, con una gran sonrisa de oreja a oreja se dirigió al comedor, donde Paola estaba comiéndose las uñas y caminando de lado a lado como lo hacía su pretendiente en el pasillo. Ella no notó la presencia de Javier, por lo que él aprovecho para irse por detrás y abrazarla sorpresivamente, diciéndole felizmente que ya era su prometido.
- Al fin viviremos juntos, Churra.
- ¡Querido Javier! Que noticia más maravillosa, pero no me digas Churra, sabes que no me gusta ese nombre,
- ¿Querido Javier? Estamos solos, dime como me gusta.
- Enloqueciste – dijo Paola sonriendo – si alguien te escucha pueden llevarte al calabozo.
- ¿Por qué no vamos un rato y jugamos al prisionero y la ejecutora, como aquella vez en el palacio de Priana?
- ¡Cállate!
Javier y Paola se besaron y precisamente entró una criada. La pareja se separó, la criada se disculpó y le dijo a Paola que su padre deseaba hablarle. Justo antes de llegar a la habitación se encontró con Mónica y ambas tuvieron un mal presentimiento.
- Hijas mías, no viviré para siempre. Sé que nunca estuve presente en sus vidas, pero al verlas ahora me siento muy orgulloso de ustedes. Es mi deber heredar mis deberes políticos y administrativos de mi querido condado. Ustedes saben que la ley me obliga a heredar tales poderes a un descendiente varón únicamente, pero me opondré a las reglas y en mi humildad he decidido que cada una gobernará la mitad del condado. Sin embargo, no puedo ser inflexible. En cuanto se casen, perderán este beneficio.
- Padre – dijo Paola – a pesar de que nunca estuviste presente en cuerpo, mi madre siempre nos hablaba de ti y que nos acompañabas en todo momento. Al igual que mi hermana, siempre nos has parecido un héroe y un modelo a seguir, y me prometí que siempre obedecería cuando me pidieras algo, porque sé con que sabiduría y justicia lo pides, pero debo pedirte ahora, padre, que dimita de mí, temo gobernar, además pronto me casaré.
- Hija, tú lo has dicho. He tomado esa decisión y no me retractaré. Mañana empezarán sus funciones. Yo mismo las supervisaré.
El ambiente se hace más oscuro. Un niño de cinco años corre por la sala. Carolina está en la misma habitación, asomada en la ventana que da a la calle. Ella se limpia las lágrimas con un pañuelo de seda cuando un coche se detiene frente a la casa.
- Nana, lleva al niño a la biblioteca – ordena severamente, sin moverse.
- Si, duquesa. ¿desea que lea algún libro en especial?
- El retrato de Dorian Gray, no me importa.
- Pensaba en Alicia en el país de las maravillas, pero en eso manda usted. Vamos Diegorid, acompáñame.
Carolina se quedó en la misma posición y el conde, quien venia en el coche, entró a la mansión como un huracán.
- ¡Te has pasado de la raya! – le dijo el conde a su hermana y la abofeteó.
- Lo descubriste.
- De casualidad. Pasé por Ónice a llevar flores personalmente. Me sorprendí cuando me dijeron que en mucho tiempo nunca hubo un accidente. Me extrañé cuando en el hospital, el doctor Urrutia negó haberme enviado alguna carta con tema diferente a mis quebrantos de salud. Casi muero cuando vi a mi familia viva en mi casa de Priana. Victoria me explicó detalladamente que tú le dijiste que por parte mía no le amaba más ni a ella ni a mis hijas, que sólo le dejaba aquella casa y le insinuaste que solicitara el divorcio. No me permitió ver a mis hijas ¿tanto es tu ansiedad de poder?
- ¿Cuándo regresarán?
- Nunca. Gracias a ti quedaron desterradas de Castilla. Si regresan, Victoria negará naturalmente a tu hijo frente al enviado del rey, perderé mi puesto y el respaldo de mi pueblo. Por eso prometió a permanecer en la clandestinidad. Pero no te ilusiones. Esperaré paciente a que pase el tiempo. En cuanto mis hijas tengan edad, las presentaré nuevamente y ellas serán quienes gobiernen.
- ¿Y qué pasa si hablo yo? Si les digo a toda esa gente que les has mentido, ellos te quieren, te estiman, pero siempre me creen a mí.
- No te atreverías.
- ¡Matrimonio!
- ¿Qué?
- La ley dice que para que un hombre tome el poder debe estar casado y si es una mujer debe estar soltera, porque cuando se case aquel poder pasará a su marido. ¿quieres a un extraño gobernando o quieres que tus hijas mueran solteras? Mi hijo también tiene la sangre de nuestro padre. Tus hijas pueden gobernar hasta su matrimonio. Luego, si se casan, si huyen o si abandonan el poder, permite gobernar a mi hijo. Existe una clausula en la que los padres pueden anularle esa herencia a las hijas y así se evita que sus maridos asciendan al poder con el hecho de casarse.
- Has tenido tiempo de leer… en fin, ahora no quiero pensar en nada. Llama a mi abogado y dile. Tu hijo gobernará después de todo – el conde dio media vuelta y vio a Diegorid en la entrada, con un libro en las manos - ¿Qué estás leyendo?
- Alicia de las maravillas, tío.
- Aprende a leer. Cultiva tu mente. Espero que sepas hacer mejor las cosas que tu madre.
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