El fantasma del conde Sayid - parte 5
El conde respondió las preguntas que le hizo el enviado del rey y él llenó un breve informe. Luego un poco más informal lo felicitó por su hijo y preguntó por la madre.
- Mi esposa está de vacaciones.
- ¡Qué curioso! La última vez que vine, también estaba de vacaciones. ¿Por qué no se lleva al niño?
- Ya ha terminado su cuestionario. Es hora de que se marche. Tengo cosas más importantes que hacer.
El hombre salió por la misma puerta por donde entraba Carolina vestida de negro. Él le expresó un pésame y ella se lo agradeció. Luego se dirigió a la habitación de Paola y levantó a Diegorid de la cuna. El conde miraba por la ventana.
- Te veo preocupado. ¿salió algo mal? Te dije que funcionaría si respondías que…
- Todo salió bien. Sucede que no he recibido noticias de mi esposa. Debía escribirme cuando llegara a la casa de Priana.
Apenas terminó la frase, una criada golpeó la puerta de la habitación y le entregó un sobre.
- Hay la tienes – dijo Carolina.
El conde empezó a leer la carta y sus ojos se abrieron por el contenido de la lectura. Luego cayó sentado en un sillón, tapándose la boca.
- ¿Qué sucede? ¿Qué dice mi querida cuñada?
- No es de ella. Es del doctor Urrutia. Me informa que mi esposa y mis hijas se accidentaron y murieron en el hospital.
Carolina se quedó callada y parecía asombrada. Dejó al niño en la cuna y se acercó a su hermano. Lo abrazó y él empezó a llorar como nunca antes.
Unos años después, la duquesa caminaba hacia la biblioteca. Adentro estaban Javier y Henry jugando póquer. Ella les dijo que el conde quería conocer a los pretendientes de sus hijas. Ellos se levantaron nerviosos y empezaron a arreglarse sus trajes militares. Primero se alistó Javier y Carolina le indicó por donde debía ir, luego le dijo a Henry que se detuviera.
- Eres el pretendiente de Mónica, ¿no es así?
- Si, señora.
- ¿Dónde la conociste?
- En Inglaterra, durante los estudios.
- ¿Por qué te quieres casar con ella?
- Bueno, estoy enamorado y…
- Por favor, no sabes mentir. ¿Por qué te quieres casar con ella?
- Tengo entendido que si me caso con Mónica, me titulan como conde.
Carolina no pudo ocultar su risa burlona.
- ¡Jamás! Mónica no te ama a ti, sino a un hombre que se hospeda tres habitaciones a la derecha. Eres joven y apuesto y si lo que quieres es dinero y poder, existen otras alternativas.
- Usted me halaga, pero…
- ¿no me crees? Ve y abre la puerta.
Henry salió de la habitación mientras veía al piso. Ella pensaba: “Inglaterra, de razón habla tan raro, pero seguro lo menos que quiero de él es que hable”. Inmediatamente se ruborizó porque no sabía qué estaba pensado, pero al mismo tiempo reía maliciosamente.
El caballero abrió la puerta y vio a Jota acostado en una hamaca, mientras veía hacia una ventana en la que se podía ver un hermoso jardín trasero. Estaba fumando un puro.
- Es una magnifica vista. Lástima que se limite solo al abolengo supresor que no lo aprovecha. ¿fumas?
- ¿Es cierto que también pretendes a Mónica?
- No, el matrimonio es… simplemente no creo en eso. Mónica y yo viviremos felices, sin ningún título que nos obligue a reconocer nuestra relación.
- ¡Oh! Es tan hermoso – dijo Mónica, quien había entrado por una puerta secreta.
- Le respondía a un hombre en la puerta.
- ¿A quién? No hay nadie más aquí, y la puerta está cerrada.
En ese momento Henry subía las escaleras, dirigiéndose a la habitación del conde. En el pasillo estaba un guardia y Javier caminaba de lado a lado. Debía esperar el sonido de una campanilla para poder pasar. Cuando Javier notó la presencia de Henry se detuvo, pero cuando se iban a acercar, sonó la campanilla desde adentro. El guardia abrió la puerta y ambos trataron de entrar. “Sólo uno” dijo el guardia. Los amigos se miraron y Javier entró, guardándose su nerviosismo.
- Mi esposa está de vacaciones.
- ¡Qué curioso! La última vez que vine, también estaba de vacaciones. ¿Por qué no se lleva al niño?
- Ya ha terminado su cuestionario. Es hora de que se marche. Tengo cosas más importantes que hacer.
El hombre salió por la misma puerta por donde entraba Carolina vestida de negro. Él le expresó un pésame y ella se lo agradeció. Luego se dirigió a la habitación de Paola y levantó a Diegorid de la cuna. El conde miraba por la ventana.
- Te veo preocupado. ¿salió algo mal? Te dije que funcionaría si respondías que…
- Todo salió bien. Sucede que no he recibido noticias de mi esposa. Debía escribirme cuando llegara a la casa de Priana.
Apenas terminó la frase, una criada golpeó la puerta de la habitación y le entregó un sobre.
- Hay la tienes – dijo Carolina.
El conde empezó a leer la carta y sus ojos se abrieron por el contenido de la lectura. Luego cayó sentado en un sillón, tapándose la boca.
- ¿Qué sucede? ¿Qué dice mi querida cuñada?
- No es de ella. Es del doctor Urrutia. Me informa que mi esposa y mis hijas se accidentaron y murieron en el hospital.
Carolina se quedó callada y parecía asombrada. Dejó al niño en la cuna y se acercó a su hermano. Lo abrazó y él empezó a llorar como nunca antes.
Unos años después, la duquesa caminaba hacia la biblioteca. Adentro estaban Javier y Henry jugando póquer. Ella les dijo que el conde quería conocer a los pretendientes de sus hijas. Ellos se levantaron nerviosos y empezaron a arreglarse sus trajes militares. Primero se alistó Javier y Carolina le indicó por donde debía ir, luego le dijo a Henry que se detuviera.
- Eres el pretendiente de Mónica, ¿no es así?
- Si, señora.
- ¿Dónde la conociste?
- En Inglaterra, durante los estudios.
- ¿Por qué te quieres casar con ella?
- Bueno, estoy enamorado y…
- Por favor, no sabes mentir. ¿Por qué te quieres casar con ella?
- Tengo entendido que si me caso con Mónica, me titulan como conde.
Carolina no pudo ocultar su risa burlona.
- ¡Jamás! Mónica no te ama a ti, sino a un hombre que se hospeda tres habitaciones a la derecha. Eres joven y apuesto y si lo que quieres es dinero y poder, existen otras alternativas.
- Usted me halaga, pero…
- ¿no me crees? Ve y abre la puerta.
Henry salió de la habitación mientras veía al piso. Ella pensaba: “Inglaterra, de razón habla tan raro, pero seguro lo menos que quiero de él es que hable”. Inmediatamente se ruborizó porque no sabía qué estaba pensado, pero al mismo tiempo reía maliciosamente.
El caballero abrió la puerta y vio a Jota acostado en una hamaca, mientras veía hacia una ventana en la que se podía ver un hermoso jardín trasero. Estaba fumando un puro.
- Es una magnifica vista. Lástima que se limite solo al abolengo supresor que no lo aprovecha. ¿fumas?
- ¿Es cierto que también pretendes a Mónica?
- No, el matrimonio es… simplemente no creo en eso. Mónica y yo viviremos felices, sin ningún título que nos obligue a reconocer nuestra relación.
- ¡Oh! Es tan hermoso – dijo Mónica, quien había entrado por una puerta secreta.
- Le respondía a un hombre en la puerta.
- ¿A quién? No hay nadie más aquí, y la puerta está cerrada.
En ese momento Henry subía las escaleras, dirigiéndose a la habitación del conde. En el pasillo estaba un guardia y Javier caminaba de lado a lado. Debía esperar el sonido de una campanilla para poder pasar. Cuando Javier notó la presencia de Henry se detuvo, pero cuando se iban a acercar, sonó la campanilla desde adentro. El guardia abrió la puerta y ambos trataron de entrar. “Sólo uno” dijo el guardia. Los amigos se miraron y Javier entró, guardándose su nerviosismo.
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