El fantasma del conde Sayid - parte 3
El conde está asomado por la ventana de su habitación. Está elegantemente vestido y su hermana entra a la habitación. Ella le pregunta si ha leído la prensa, sobre las nuevas leyes del rey nuevo. Cuando él mueve la cabeza afirmativamente, Carolina se emociona suponiendo que será su hijo quien lo herede.
- ¡Jamás! Nunca reconoceré a tu hijo, mientras viva el hombre con quien te casaste, ese… pueblerino.
- Entonces tendrás que olvidarte de tu título de conde. No tienes hijos varones y tu esposa ahora es infecunda. ¿Qué harás cuando vengan a comprobar si tienes un heredero?
- Ya lo he planeado: enviaré a mi esposa y a mis hijas a mi casa en Ciudad de Priana. Cuando pregunten, diré que ella está en embarazo y ha decidido tener su hijo en el pueblo de sus padres.
- ¿Por cuánto tiempo podrás sostener esa mentira?
- No te preocupes. Voy a buscar un hijo, fuere como fuere.
Veinte años después, llega un carruaje más a la mansión y Carolina le dice a su hijo que se aliste, pues su prometida ha llegado.
- Madre, ¿Por qué la has invitado? Es una mujer insoportable, no quiero casarme con ella.
- ¡Idiota! Debes casarte para heredar el trono de tu tío. En la vida hay ciertas reglas que no puedes evitar y otras… que puedes aplazar.
El anunciador abrió la puerta del coche y salió una bella dama:
- Jimena Borges, hija del conde Sebastián de las tierras de Lorena.
Los aldeanos supusieron que era un poco presumida porque apenas los miró por encima de su hombro. Algunos decían que tenía el mismo carácter odioso, iracundo y estricto de su padre, quien había muerto hace un par de semanas. La ley determinaba que pronto debía casarse o perdería su estatus. Por su actitud tenia pocos pretendientes, por lo que Carolina pensó que era lo mejor para ambos.
Paola y Mónica estaban tomando el té en una salita cuando entró su madre. Parecía entusiasmada y le pidió a su hija mayor que se alegrara, pues su padre había aceptado hablar con su pretendiente, así que debía escribirle una carta ahora mismo. Ella sonrió enrojecida.
- ¿Y yo, madre? – preguntó Mónica.
- Hija, en cuanto te decidas por uno de ellos intermediaré nuevamente. ¡Imagina el escándalo si la gente o si él se enteran que te pretenden varios!
Las hermanas se fueron al estudio y Paola empezó a escribir la carta. Cuando terminó, Mónica se fijó en el remitente y con malicia le pidió que se la permitiera enviar. Convencida, Paola le entregó el sobre y salió de la habitación. Entonces Mónica empezó a escribir una carta y al terminar le puso al sobre el mismo remitente que la otra carta: Cuartel General de la Defensa del Reino de Sabernal. Luego envió las dos cartas.
Al día siguiente llegaron dos carruajes más, aunque no se veían costosos, pero traían el símbolo de la realeza. Las hermanas se asomaron al balcón para ver a los recién llegados.
- El caballero Javier Alexis Andorra – dijo el anunciador.
- ¡Ha llegado, hermana! Mi querido Javier está aquí.
- ¿Viene solo? – preguntó Mónica.
- Y el caballero Henry Túquerres – continuó el anunciador – ambos de la corte marcial del rey Sasure.
- ¡Llamaste a Henry! – dijo Paola – Te vas a meter en problemas.
Mónica no la escuchaba, sino que sonreía al ver a los caballeros entrar a la mansión. Ellos fueron recibidos con una elegante cena, donde estuvieron el resto de invitados, pero el único ausente era el conde. Las cabeceras de las mesas estaban vacías, Carolina y Victoria quedaron enfrentadas en un extremo, los hombres estaban del lado de la primera y las mujeres frente a cada uno de sus pretendientes. Muy poca fue la charla. Aun así, todo parecía ir bien, a pesar de la lluvia que se presentó y que obligó a marcharse a los aldeanos.
- ¡Jamás! Nunca reconoceré a tu hijo, mientras viva el hombre con quien te casaste, ese… pueblerino.
- Entonces tendrás que olvidarte de tu título de conde. No tienes hijos varones y tu esposa ahora es infecunda. ¿Qué harás cuando vengan a comprobar si tienes un heredero?
- Ya lo he planeado: enviaré a mi esposa y a mis hijas a mi casa en Ciudad de Priana. Cuando pregunten, diré que ella está en embarazo y ha decidido tener su hijo en el pueblo de sus padres.
- ¿Por cuánto tiempo podrás sostener esa mentira?
- No te preocupes. Voy a buscar un hijo, fuere como fuere.
Veinte años después, llega un carruaje más a la mansión y Carolina le dice a su hijo que se aliste, pues su prometida ha llegado.
- Madre, ¿Por qué la has invitado? Es una mujer insoportable, no quiero casarme con ella.
- ¡Idiota! Debes casarte para heredar el trono de tu tío. En la vida hay ciertas reglas que no puedes evitar y otras… que puedes aplazar.
El anunciador abrió la puerta del coche y salió una bella dama:
- Jimena Borges, hija del conde Sebastián de las tierras de Lorena.
Los aldeanos supusieron que era un poco presumida porque apenas los miró por encima de su hombro. Algunos decían que tenía el mismo carácter odioso, iracundo y estricto de su padre, quien había muerto hace un par de semanas. La ley determinaba que pronto debía casarse o perdería su estatus. Por su actitud tenia pocos pretendientes, por lo que Carolina pensó que era lo mejor para ambos.
Paola y Mónica estaban tomando el té en una salita cuando entró su madre. Parecía entusiasmada y le pidió a su hija mayor que se alegrara, pues su padre había aceptado hablar con su pretendiente, así que debía escribirle una carta ahora mismo. Ella sonrió enrojecida.
- ¿Y yo, madre? – preguntó Mónica.
- Hija, en cuanto te decidas por uno de ellos intermediaré nuevamente. ¡Imagina el escándalo si la gente o si él se enteran que te pretenden varios!
Las hermanas se fueron al estudio y Paola empezó a escribir la carta. Cuando terminó, Mónica se fijó en el remitente y con malicia le pidió que se la permitiera enviar. Convencida, Paola le entregó el sobre y salió de la habitación. Entonces Mónica empezó a escribir una carta y al terminar le puso al sobre el mismo remitente que la otra carta: Cuartel General de la Defensa del Reino de Sabernal. Luego envió las dos cartas.
Al día siguiente llegaron dos carruajes más, aunque no se veían costosos, pero traían el símbolo de la realeza. Las hermanas se asomaron al balcón para ver a los recién llegados.
- El caballero Javier Alexis Andorra – dijo el anunciador.
- ¡Ha llegado, hermana! Mi querido Javier está aquí.
- ¿Viene solo? – preguntó Mónica.
- Y el caballero Henry Túquerres – continuó el anunciador – ambos de la corte marcial del rey Sasure.
- ¡Llamaste a Henry! – dijo Paola – Te vas a meter en problemas.
Mónica no la escuchaba, sino que sonreía al ver a los caballeros entrar a la mansión. Ellos fueron recibidos con una elegante cena, donde estuvieron el resto de invitados, pero el único ausente era el conde. Las cabeceras de las mesas estaban vacías, Carolina y Victoria quedaron enfrentadas en un extremo, los hombres estaban del lado de la primera y las mujeres frente a cada uno de sus pretendientes. Muy poca fue la charla. Aun así, todo parecía ir bien, a pesar de la lluvia que se presentó y que obligó a marcharse a los aldeanos.
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