El fantasma del conde Sayid - parte 2

Al día siguiente después de leer la noticia, todos se conmocionaron y muchos se dirigieron a rezar frente a la casa del conde para que mejorara su salud. Allí vieron los diferentes carruajes reales que venían de la estación de trenes. El primero que llegó era muy conocido por las jóvenes mujeres del pueblo. El chofer dio el aviso al anunciador quien abrió la puerta del carro hacia la alfombra roja.

- La duquesa Carolina, viuda de Dunham, y su hijo Diegorid, caballero de la corte del rey.

Diegorid salió primero del carruaje y todas las chicas se emocionaron, tomaron las flores que le traían al conde y se las lanzaban a él. Nadie notó cuando salió su madre del carruaje.

- ¡Basta! - dijo Carolina - Exijo respeto frente a la casa de mi hermano.

Las mujeres se callaron inmediatamente, mientras otras eran reprendidas por sus madres. Sumamente respetada, la hermana del conde era conocida por llevar una vida tradicionalista. Ingresó al edificio sin ver a su alrededor, sino caminó directamente a la casa, mientras su hijo la seguía sonriéndole a las mujeres y haciéndoles uno que otro guiño, sin que su madre se diera cuenta.

Un poco más de media hora después llegó otro carruaje que causó controversia. De la misma forma que la anterior, el conductor avisó al anunciador de quien se trataba y éste pensó que se trataba de un mal chiste, por lo que tuvo que golpear la ventana del carruaje. Desde adentro corrieron la cortinilla y el anunciador no lo dudó.

- La condesa Victoria y sus hijas Paola y Mónica.

Todos se conmocionaron, pues pensaban que habían muerto, después de todo fue anunciado por el mismísimo conde.

- ¿Qué sucede? – preguntó la condesa – Ha pasado mucho tiempo, pero no he muerto.

La condesa siempre fue conocida por su buen humor y carisma. Muchos se sorprendieron y le aplaudieron para su bienvenida. La primera de las hijas en salir, la mayor, era bastante tímida y quien la seguía, Mónica, era más extrovertida. Saludaba y sonreía a todos, extendiendo su brazo tanto como su sonrisa todo lo que podía. Los hombres del pueblo se asombraron de verlas, sobre todo los más jóvenes, pues eran realmente hermosas.

Victoria subió directamente a la habitación del conde y se encontró a la duquesa hablando con él. El conde estaba recostado en su cama y la vio primero. Carolina estaba asomada en la ventana y al sentir el silencio volteó a verla. No se dijeron nada por un momento ni hicieron ningún gesto. Carolina fue quien rompió el hielo.

- Sigues viva.
- Como siempre, cuñada. Es preciso hablarle a mi marido.
- Por supuesto, los dejaré. Después tendremos tiempo para hablar,

Sólo el conde pudo sentir en ese momento que la mirada que se dieron entre ellas cuando se cruzaron tenia tanto poder destructivo que ni siquiera Napoleón hubiese podido contra ellas. La condesa cierra la puerta, luego se acerca y se sienta en la silla que está junto a la cama. Al contrario de lo que piensa Sayid, no parece enojada, más bien pensativa. Él va a hablar, pero ella toma primero la palabra.

- He tenido tiempo para pensar. Pude haberme quedado en la clandestinidad por un tiempo más, o venir y dañar tu santa imagen.
- Sabes bien que no lo planeé.
- Ahora sé muchas cosas – dijo suspirando – todavía te amo.

La condesa se levantó de la silla y continuó.

- No te amo como antes, pero no te haré mal. Después de todo, no tienes mucho tiempo.
- Cómo te atreves…
- ¡Cómo te atreviste tú a dejar a mis hijas sin padre! Yo también tuve que mentir y decirles que eras un buen hombre. Cuando ellas entren y te recuerden, si no es que te ven como un extraño, confío en que perpetuarás la mentira. Ahora iré a continuar con mis propósitos.

Victoria abrió la puerta y entraron sus hijas, que esperaban en el vestíbulo.

- ¡Paola! ¡Mónica! – dijo el conde – Vengan a darle un abrazo a su padre.

La primera en abrazarlo de manera efusiva fue la hermana menor, luego se acercó Paola mucho más sutil. Ella al separarse notó que tenía sus ojos llorosos y le preguntó porqué estaba entristecido. El conde le respondió que no era por tristeza, sino por la alegría de abrazarlas y el orgullo de verlas tan grandes y hermosas.

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