Un caso tabú - parte 3
Franchesca miraba con nostalgia un cascabel en su mano. Pensaba en muchas cosas como, por ejemplo, en su temor a quebrantarse en medio de la fiesta que le habían preparado sus compañeros de oficina y como era tan creíble diciendo excusas para dejarlos plantados. Baruna pronto se subió en la mesa a reclamar el cascabel. Lo había sacado de la cajita azul que le habían regalado en la mañana, el único que consideraba su amigo allí. De pronto pensó en la nueva compañera. “¿Qué estará haciendo en este momento?” se preguntaba.
Cindy regresaba a su casa. Al abrir la puerta se agachó y abrió los brazos para recibir a su hijo pequeño. Era la única persona que amaba en aquella enorme casa. No amaba a su esposo, sino a otro hombre, con quien se veía una vez al día sin falta. Esto se debía a que ella se casó casi obligada, pero no olvidaba a su verdadero amor. Por circunstancias para nada casuales, él también trabajaba en el periódico, unos pisos más abajo, pero no era periodista. Al abrazar a su hijo, pensó que muchas cosas la hacían sentir muy feliz. Ni siquiera la seria y metódica actitud de Franchesca la desanimaba.
Al día siguiente, muy temprano y según la cita, las dos mujeres llegaron a la Casa Mayor. Cindy estaba ansiosa por empezar, pero Franchesca no expresaba el menor sentimiento. Ingresaron sin ningún problema y adentro, una mujer acuerpada pero sensual recibió alegremente a Franchesca, quien sonrió por primera vez frente a Cindy.
- Francy, me enteré de lo sucedido.
- Naturalmente, doctora Paulina
- No me digas “doctora”.
- No me digas “Francy”.
Franchesca le presentó a Cindy y después de algunas bromas personales por parte de Paulina, procedieron a su trabajo. La oficina de Paulina era grande y agradable, un escritorio grande y espacioso, cada cosa calculada, con una vista al jardín y una hermosa palmera adentro.
Ella inmediatamente les dijo que todo debía ser confidencial. Algún error y pagarían caro el régimen del Primer Ministro. Paulina les pasó unos papeles donde se encontraban las citas de Marino, el hijo de Jasón, con algunos apuntes reteñidos en los que ella estaba segura que los encontrarían con las manos en la masa.
Cindy pide disculpas para ir al baño y Franchesca aprovecha para preguntarle a Paulina el verdadero motivo de esa revelación. Sin embargo, Cindy no encuentra el camino y decide regresar, pero escucha a su compañera al otro lado:
- Has estado aquí al menos dos años, naturalmente debiste saberlo. ¿Por qué hasta ahora? ¿Qué sucede?
- Me conoces bien, – responde Paulina – pero aquí no te puedo decir nada, las paredes tienen oídos. Te enviaré una carta explicándote todo.
Cindy entró de improviso a la oficina, como si nada hubiera pasado, argumentando que no había encontrado el camino. Después de despedirse salen del lugar hacia una de las citas señaladas, precisamente en la zona rosa de la ciudad, conocida como la zona clandestina por los puritanos. Allí encuentran efectivamente a Marino con su amante entre las personas y es Cindy quien toma las fotos. Ella continúa emocionada, pero cambia al ver a Franchesca.
- Lo entiendo – dice ella – no soportas a este tipo de personas.
- ¿Yo? ¡No! No es eso…
- ¿Qué sería entonces? Desde que te asignaron este caso te veo con esa actitud insoportable.
- No creas que me conoces. No me gusta hacerle esto a las personas.
- Es el hijo del Primer Ministro, no es cualquier persona. ¡Podemos vengarnos! Aprovecharnos de la situación, de su rareza…
- ¡No es una rareza! Es una orientación. No deberíamos aprovecharnos de eso… ha hecho cosas peores… Escúchame, Cindy. Soy lesbiana – Cindy no reaccionó – vete a la oficina. Terminaré la reportería.
Cindy regresó a la oficina mientras pensaba en lo sucedido. Nunca imaginó lo que había pasado. Se sentó en su silla y al lado vio el desordenado escritorio de Franchesca. Encima estaba una carta. Ella sonrió. Si en algo era buena era en abrir el correo, leerlo y cerrarlo sin que nadie se diera cuenta. Era una de las cosas que había aprendido con su marido. Al leer la carta firmada con una P sabía que no se equivocaba de autor y comprendió muchas cosas, como la actitud de Franchesca.
Cindy regresaba a su casa. Al abrir la puerta se agachó y abrió los brazos para recibir a su hijo pequeño. Era la única persona que amaba en aquella enorme casa. No amaba a su esposo, sino a otro hombre, con quien se veía una vez al día sin falta. Esto se debía a que ella se casó casi obligada, pero no olvidaba a su verdadero amor. Por circunstancias para nada casuales, él también trabajaba en el periódico, unos pisos más abajo, pero no era periodista. Al abrazar a su hijo, pensó que muchas cosas la hacían sentir muy feliz. Ni siquiera la seria y metódica actitud de Franchesca la desanimaba.
Al día siguiente, muy temprano y según la cita, las dos mujeres llegaron a la Casa Mayor. Cindy estaba ansiosa por empezar, pero Franchesca no expresaba el menor sentimiento. Ingresaron sin ningún problema y adentro, una mujer acuerpada pero sensual recibió alegremente a Franchesca, quien sonrió por primera vez frente a Cindy.
- Francy, me enteré de lo sucedido.
- Naturalmente, doctora Paulina
- No me digas “doctora”.
- No me digas “Francy”.
Franchesca le presentó a Cindy y después de algunas bromas personales por parte de Paulina, procedieron a su trabajo. La oficina de Paulina era grande y agradable, un escritorio grande y espacioso, cada cosa calculada, con una vista al jardín y una hermosa palmera adentro.
Ella inmediatamente les dijo que todo debía ser confidencial. Algún error y pagarían caro el régimen del Primer Ministro. Paulina les pasó unos papeles donde se encontraban las citas de Marino, el hijo de Jasón, con algunos apuntes reteñidos en los que ella estaba segura que los encontrarían con las manos en la masa.
Cindy pide disculpas para ir al baño y Franchesca aprovecha para preguntarle a Paulina el verdadero motivo de esa revelación. Sin embargo, Cindy no encuentra el camino y decide regresar, pero escucha a su compañera al otro lado:
- Has estado aquí al menos dos años, naturalmente debiste saberlo. ¿Por qué hasta ahora? ¿Qué sucede?
- Me conoces bien, – responde Paulina – pero aquí no te puedo decir nada, las paredes tienen oídos. Te enviaré una carta explicándote todo.
Cindy entró de improviso a la oficina, como si nada hubiera pasado, argumentando que no había encontrado el camino. Después de despedirse salen del lugar hacia una de las citas señaladas, precisamente en la zona rosa de la ciudad, conocida como la zona clandestina por los puritanos. Allí encuentran efectivamente a Marino con su amante entre las personas y es Cindy quien toma las fotos. Ella continúa emocionada, pero cambia al ver a Franchesca.
- Lo entiendo – dice ella – no soportas a este tipo de personas.
- ¿Yo? ¡No! No es eso…
- ¿Qué sería entonces? Desde que te asignaron este caso te veo con esa actitud insoportable.
- No creas que me conoces. No me gusta hacerle esto a las personas.
- Es el hijo del Primer Ministro, no es cualquier persona. ¡Podemos vengarnos! Aprovecharnos de la situación, de su rareza…
- ¡No es una rareza! Es una orientación. No deberíamos aprovecharnos de eso… ha hecho cosas peores… Escúchame, Cindy. Soy lesbiana – Cindy no reaccionó – vete a la oficina. Terminaré la reportería.
Cindy regresó a la oficina mientras pensaba en lo sucedido. Nunca imaginó lo que había pasado. Se sentó en su silla y al lado vio el desordenado escritorio de Franchesca. Encima estaba una carta. Ella sonrió. Si en algo era buena era en abrir el correo, leerlo y cerrarlo sin que nadie se diera cuenta. Era una de las cosas que había aprendido con su marido. Al leer la carta firmada con una P sabía que no se equivocaba de autor y comprendió muchas cosas, como la actitud de Franchesca.
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