Un caso tabú - parte 1
Una mujer despierta sola en su enorme cama. Está feliz y abre la ventana. El día está soleado y calienta su casa ubicada en un barrio de estrato medio alto. Los perros ladran a las palomas, los niños juegan sin peligro en la mitad de la vía. Ella tiene un pensamiento pícaro mientras va a la cocina y se sienta junto a la mesita del desayuno.
- Buenos días, señora – dice la empleada, quien le sirve su desayuno.
- Buenos – la mujer no le hace caso, y empieza a leer el diario La Realidad.
Ella es Cindy.
Un kilometro al oeste de la casa, se despierta otra mujer en una cama más pequeña que la de Cindy. No está feliz y sólo corre la cortina. En este lado de la ciudad, las nubes tapan el sol, su apartamento en el noveno piso de una torre se ve tan gris como todo alrededor, y el tráfico de una enorme avenida que pasa en frente no ayuda en nada. Seriamente camina hasta su cocina y sirve en el suelo una taza de cuadritos crujientes, luego se sirve un tazón de leche con cereal de chocolate. Un gato amarillo se acerca al plato del suelo y empieza a comer.
- Buenos días, Baruna – dice ella – sí, hoy es el día, pero no te preocupes en darme algún obsequio. No estoy de ánimo.
Luego agarra el diario La Realidad y empieza a leerlo. Ella es Franchesca.
Ambas mujeres llegan a la sede del diario La Realidad: Cindy en carro y Franchesca en transporte público. Al llegar a la puerta del edificio de 20 pisos, es Franchesca quien le abre la puerta a Cindy, que venía detrás. Ambas se sonríen. Al fondo del pasillo hay dos ascensores con igual cantidad de gente esperando. El de la derecha para en pisos pares y el izquierdo en los impares. Apenas entra Cindy, usa todo el esfuerzo de sus tacones para alcanzar a subirse en el ascensor izquierdo.
Franchesca, un poco más paciente, se sube en el derecho y se baja en el piso 9. Al salir se saluda con una mujer robusta quien la abraza y se despide. Luego camina por entre varios escritorios y gran cantidad de personas que van de lado a lado. Casi en la mitad de la enorme oficina se sienta junto a su escritorio, el cual se encuentra desordenado, mientras el escritorio de al lado está desocupado. Algunos de sus compañeros se acercan con tarjetas y pequeños regalos. Ella finalmente se emociona.
- ¡Feliz cumpleaños! – dicen ellos - ¿Qué harás esta noche?
- No lo sé, tal vez salga de fiesta – dice ella.
- ¡Tal vez nada! Saldrás con nosotros.
Un hombre se acerca hacia Franchesca y le dice que la necesitan en el piso de arriba. Ella se entristece nuevamente, pero disimuladamente no dice nada y se va con él.
- ¿Hoy es el día? – dice él – ¿sabrás quién ocupará el siguiente escritorio?
- Eso parece. No quiero hablar de eso.
- Cuando quieras decirme algo, aquí estaré. A propósito, feliz cumpleaños.
- Gracias. Al llegar, me saludó María Evita. Espero no volverme como ella. Andrés, realmente no te preocupes, eres el único a quien no le guardo secretos.
En ese momento estaban parados frente a la oficina principal. Él le dio una cajita de color azul y ella la guardó en el bolsillo. Luego entró.
Detrás del escritorio estaba el jefe de prensa, un hombre corpulento que la recibió con halagos. En la silla de enfrente estaba la mujer a la que le había abierto la puerta.
- Cindy – dijo el hombre – te quiero presentar a una nuestras mejores periodistas del país: Franchesca. Franchesca, ella es Cindy, desde hoy se unirá a nuestro equipo de trabajo, tú la asesorarás mientras se adapta, ¿correcto?
- Mucho gusto, Cindy. cualquier cosa que necesites, sólo me preguntas.
- Bien. Cindy: trabajarás en el escritorio siguiente al de Franchesca y tú…
- ¿señor?
- Feliz cumpleaños.
- Buenos días, señora – dice la empleada, quien le sirve su desayuno.
- Buenos – la mujer no le hace caso, y empieza a leer el diario La Realidad.
Ella es Cindy.
Un kilometro al oeste de la casa, se despierta otra mujer en una cama más pequeña que la de Cindy. No está feliz y sólo corre la cortina. En este lado de la ciudad, las nubes tapan el sol, su apartamento en el noveno piso de una torre se ve tan gris como todo alrededor, y el tráfico de una enorme avenida que pasa en frente no ayuda en nada. Seriamente camina hasta su cocina y sirve en el suelo una taza de cuadritos crujientes, luego se sirve un tazón de leche con cereal de chocolate. Un gato amarillo se acerca al plato del suelo y empieza a comer.
- Buenos días, Baruna – dice ella – sí, hoy es el día, pero no te preocupes en darme algún obsequio. No estoy de ánimo.
Luego agarra el diario La Realidad y empieza a leerlo. Ella es Franchesca.
Ambas mujeres llegan a la sede del diario La Realidad: Cindy en carro y Franchesca en transporte público. Al llegar a la puerta del edificio de 20 pisos, es Franchesca quien le abre la puerta a Cindy, que venía detrás. Ambas se sonríen. Al fondo del pasillo hay dos ascensores con igual cantidad de gente esperando. El de la derecha para en pisos pares y el izquierdo en los impares. Apenas entra Cindy, usa todo el esfuerzo de sus tacones para alcanzar a subirse en el ascensor izquierdo.
Franchesca, un poco más paciente, se sube en el derecho y se baja en el piso 9. Al salir se saluda con una mujer robusta quien la abraza y se despide. Luego camina por entre varios escritorios y gran cantidad de personas que van de lado a lado. Casi en la mitad de la enorme oficina se sienta junto a su escritorio, el cual se encuentra desordenado, mientras el escritorio de al lado está desocupado. Algunos de sus compañeros se acercan con tarjetas y pequeños regalos. Ella finalmente se emociona.
- ¡Feliz cumpleaños! – dicen ellos - ¿Qué harás esta noche?
- No lo sé, tal vez salga de fiesta – dice ella.
- ¡Tal vez nada! Saldrás con nosotros.
Un hombre se acerca hacia Franchesca y le dice que la necesitan en el piso de arriba. Ella se entristece nuevamente, pero disimuladamente no dice nada y se va con él.
- ¿Hoy es el día? – dice él – ¿sabrás quién ocupará el siguiente escritorio?
- Eso parece. No quiero hablar de eso.
- Cuando quieras decirme algo, aquí estaré. A propósito, feliz cumpleaños.
- Gracias. Al llegar, me saludó María Evita. Espero no volverme como ella. Andrés, realmente no te preocupes, eres el único a quien no le guardo secretos.
En ese momento estaban parados frente a la oficina principal. Él le dio una cajita de color azul y ella la guardó en el bolsillo. Luego entró.
Detrás del escritorio estaba el jefe de prensa, un hombre corpulento que la recibió con halagos. En la silla de enfrente estaba la mujer a la que le había abierto la puerta.
- Cindy – dijo el hombre – te quiero presentar a una nuestras mejores periodistas del país: Franchesca. Franchesca, ella es Cindy, desde hoy se unirá a nuestro equipo de trabajo, tú la asesorarás mientras se adapta, ¿correcto?
- Mucho gusto, Cindy. cualquier cosa que necesites, sólo me preguntas.
- Bien. Cindy: trabajarás en el escritorio siguiente al de Franchesca y tú…
- ¿señor?
- Feliz cumpleaños.
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