Las aventuras de Julián, el soldado caleidoso, parte 9 (final)

Después del desayuno, Julián caminaba por el palacio en busca de Karlos, con el grueso sobre en la mano. Debido al uniforme, no fue problema avanzar por los largos pasillos. Las amas de llaves decían haberlo visto por varias partes del lugar, pero nadie sabía dónde encontrarlo. En el camino, se encontró con el príncipe Milwer, quien le dijo que él estaba haciendo un recorrido y tardaría días en regresar. El príncipe lo reconoció y le preguntó si era el hombre que había secuestrado a Cinthia. Julián le respondió que se trataba de un malentendido, ya aclarado por la reina, y que ella también le pidió que no quería verlo más en el palacio.

- Si eso es lo que pide Su Majestad, – dijo el príncipe – debería escucharla. Recoja sus cosas y evite regresar.

Julián regresó a la habitación de Karlos y tomó la maleta que traía. No había mucho que hacer. Tomó algo de dinero que encontró en uno de los cajones, con el propósito de devolvérselo más tarde. Deseaba despedirse de Cinthia y salir de allí para siempre. Sin embargo, al buscarla, ella tampoco apareció. Además debió salir lo más rápido posible cuando el príncipe y la reina Ivonnet venían por uno de los pasillos.

Todos estaban en la calle con la misma actitud. Julián no sabía por qué. Muchas personas se acercaban al palacio en esa mañana llenos de flores. Él simplemente supuso que se trataba de algo común que realizaban las personas con los reyes y no le puso mayor atención. Tomó un bus hasta la estación del tren, el cual se retrasó un poco debido a un embotellamiento, y luego en la estación tomó un tren expreso que hacia parada en una ciudad cercana a Castor. Allí fue llevado en un carro que hacia viajes con varias personas hasta el pueblo. Desde que Julián salió del palacio, hasta el momento en que llegó a la plaza principal, habían pasado cuatro horas, eran cerca de las once de la mañana.

Finalmente llega a una típica casita unifamiliar. Confirma la dirección con la carta y golpea a la puerta. Pronto sale un niño que se alegra al verlo y lo abraza, diciéndole “papá”. Obviamente, él se sobresalta.

- ¡Tomás! – dice una mujer en la puerta, mientras se limpia los ojos llorosos –No seas irrespetuoso con el caballero. Ha venido usted temprano, por favor sígame, lo estaba esperando.

El soldado la siguió hasta la sala, donde le pidió que se sentara.

- Mi nombre es Cristina y él es mi hijo, Tomás. ¿Eres amigo de Karlos?
- Sí, ¿lo conoce?
- Por supuesto, él es… era mi esposo.

La mujer se quedó callada y retomó la conversación lamentando el episodio de la puerta, pues su hijo nunca conoció a su padre, sino por medio de fotos, donde siempre aparecía uniformado, por eso lo había confundido. Julián, sin embargo, estaba impresionado.

- ¿Le ha dicho que yo venía? ¿Por qué me esperaba?
- No entiendo, si no ha venido por el incidente, ¿Por qué esta aquí?
- He venido a traerle esta carta y este amuleto. Discúlpeme, pero ¿a qué incidente se refiere?

Ella recibió la carta y el amuleto, y Cristina le entregó la prensa de la mañana. Mientras Julián leía sorprendido, ella lloró de nuevo leyendo la carta, mientras Tomás jugaba con el amuleto en forma de langosta. El artículo decía: “Cerca de las diez de la noche del día de ayer, se presentó un accidente automovilístico en el que estuvo involucrada la dama de sociedad Cinthia Debeler, prometida del príncipe Milwer. Aún no se sabe qué hacia la mujer tan lejos del palacio, el cual se encuentra a tres horas de la salida hacia el túnel de Tracolea, lugar de los hechos. El accidente sucedió al ingreso del túnel, debido al exceso de velocidad y al estado de embriaguez no confirmado del conductor y jefe de seguridad del palacio Karlos Paz. El conductor murió instantáneamente, mientras la señorita Debeler pereció en el centro médico a las tres y treinta de la mañana…” Julián inmediatamente entendió que pasaba: se había ejecutado la orden indeseable, tal y como Cinthia lo suponía. Lo peor es que no podía decir nada. Nadie le creería.

Cristina agradeció a Dios y le dijo a Julián que Karlos mediante la carta le pedia que no se merecía estar sola, y que ya que no iba a volver nunca, podía ser libre de una espera que a lo mejor podía ser eterna. Ella se había prometido serle fiel mientras estuviera vivo. Luego notó que Julián se veía cansado.

- No es posible – refutó – anoche dormí como nunca antes.
- ¿Y las demás noches?

Él explicó su situación y el sueño que tenía siempre. Cristina le explicó que estaba destinado a ser un hombre protector, que siempre tendría que matar las serpientes de los demás, es decir, aliviarle los problemas. Pero aún así, el alivio de esos problemas iba a darle algo muy bueno, representado por la mujer coronada. La lengua áspera en su cuello significaba que podían perjudicarlo mortalmente, mas, al igual que el sueño, él nunca saldría herido. Lo único malo que podía prevenirle era respecto a la frase “ella no se ríe”, era que muy difícilmente iba a ser totalmente feliz algún día. Julián le preguntó que hasta cuándo tendría ese sueño y ella le respondió que el día que resolviera sus propios problemas.

Julián no duró mucho tiempo en aquella casa. Después del almuerzo, el príncipe dio algunas declaraciones sobre el accidente que él no pudo soportar al escucharlas. Al salir de ella comprendió que debido a ese alto precio, se resolvieron varias cosas: Cristina era libre, Gigi también. De alguna manera, la reina y el príncipe igualmente lo eran. Un niño se acercó corriendo y le pidió ayuda: su padre había quedado entre unos escombros. Él aceptó, ahora estaba preparado para continuar su camino como un héroe autoproclamado.

FIN

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