Las aventuras de Julián, el soldado caleidoso, parte 8
Julián despertó más cómodo que nunca. La cama en la que había dormido la noche anterior era tan agradable que no se hubiera levantado si el despertador no hubiera sonado. Acostumbrado a la rutina, se dirigió a darse una ducha en el baño que estaba en la misma habitación. Al salir, puso la maleta con su ropa sobre un mueble, donde había algunas fotos. En una de ellas estaba un joven Karlos sonriendo con una chica, en otra, la misma chica con un bebé en sus brazos y en la última estaba Karlos posando seriamente con su uniforme militar.
Recordó entonces por qué en primer lugar se había enrolado a las fuerzas militares y se puso su uniforme en vez de lo que tenía pensado. Recordó a su ex novia, de la misma manera. Ella siempre le decía que sonreía como un niño y eso la había enamorado. Luego recordó que mucho después le dijo que actuaba como un niño y que eso la estaba desenamorando. A partir de ese comentario tuvieron una grave discusión, que terminó con Julián bebiendo en los bares. Al día siguiente estaba tan ebrio que casi se dormía en la calle. Un hombre le tomó del brazo y le pregunto por qué estaba bebiendo. Él le contestó que quería ser un hombre. Para su suerte, el extraño era un reclutador y al final fue Julián quien terminó prometiendo que no salía de la escuela militar hasta convertirse en un hombre.
Salió de la habitación al oscuro pasillo y caminó guiado por un delicioso aroma que provenía del fondo. Alcanzó a ver las primeras luces de un salón con mesas y sillas, y a un lado una cocina con varias ollas ya puestas, de las cuales se originaban aquellos agradables olores culinarios. Al acercarse un poco más una mujer lo detuvo con la voz.
- ¿Quién eres?
- Lo siento, soy Julián. ¿Eres tú la cocinera?
- Así es. Mi nombre es Gigi. Tienes el uniforme del ejército real. ¿eres amigo de Karlos? Sólo ellos llegan a esta hora a desayunar.
- Lo conozco. Vengo a ayudarle en un par de cosas, pero después me iré.
Mientras servía una taza de chocolate, ya habían tratado varios temas triviales, pues ambos eran buenos habladores cuando querían, y se habían caído bien. De pronto él tuvo un recuerdo de su ex novia, haciendo el mismo movimiento, pero de pronto no era el rostro de su ex novia, sino el de Cinthia cuando le sonrió. Él suspiró, susurrando que el amor era lo más tonto en lo que alguien podía creer. Gigi lo escuchó y regó el chocolate, pero inmediatamente corrigió su error. Julián se dio cuenta y le preguntó si ella creía en el amor. Al no obtener respuesta se dio cuenta de lo que pasaba.
- Amas a alguien que no te corresponde ¿cierto?
- Simplemente no es debido. Él… está casado y tiene un hijo. Nunca va a pasar nada – mientras lo decía, había servido el desayuno completo de una manera bastante rápida y al terminar se apoyó en sus manos abiertas sobre la mesa – Él los quiere demasiado y ha sacrificado bastante por ellos. ¿Qué podría ofrecerle yo ante eso?
- No te sientas mal. Te has enamorado de alguien que no puede estar contigo, pero él está enamorado de alguien con quien tampoco puede estar, así me ha pasado a mí. No eres la única a la que le pasan estas cosas. Supongo que habrá que acostumbrarse.
- Pero no es justo – dijo ella, mientras le llevaba el desayuno.
Apenas ella terminó, se secó las lagrimas y se despidió. Caminó unos pasos y se detuvo. Le preguntó si se quedaría en el palacio o se iría después. Él le dijo que no se quedaría. Gigi abrió un anaquel y le pasó un sobre, diciéndole que por favor lo entregara, ya que ella no era capaz. La dirección estaba escrita en el sobre, una dirección ubicada en ciudad Castor. Luego se marchó para su habitación.
Unas horas antes, Karlos había salido de su habitación después de charlar con Julián y subió a darle el mensaje a Cinthia. Al pasar por el pasillo de la habitación principal se dio cuenta que el guardia no estaba y se preocupó, así que se acercó. Escuchó voces conocidas. La reina preguntando si le diría a Cinthia que él era quien quería deshacerse de ella y un hombre dando una respuesta afirmativa y sosteniendo que no faltaría mucho. Karlos no podía creer lo que escuchaba y con más prisa fue a la habitación de Cinthia. Estaba con llave, pero él como jefe de seguridad sacó las llaves y metió una, no era. Ensayó con otra y tampoco. Después la tercera fue la vencida y entró. No había nadie adentro. Supuso que estaría en el baño, pero su agudo oído le informó que también estaba vacío. Fue a abrir el armario, sin embargo una voz lo detuvo.
- ¿Qué hace? – preguntó el príncipe en la puerta.
- Inspección, su majestad. De hecho he terminado y no hay novedad. Me retiro. Que pase una excelente noche.
El príncipe tenía una expresión en su rostro en la que sospechaba algo, pero no podía, porque era el jefe de seguridad.
- Karlos, venga para acá. ¿Dónde está Cinthia?
- No lo sé, señor.
- Búsquela, dígale que la necesito, e inspeccione mi oficina. Me parece que alguien ha entrado a ella.
Karlos aceptó y la buscó en vano en varias partes. Salió hasta el jardín exterior donde tuvo deseos de fumarse un cigarrillo. Escuchó pasos que corrían detrás suyo: Cinthia venia hacia él. Karlos le dijo que la estaba buscando.
- Tenemos que irnos. No es la reina quien te quiere fuera - dijo él.
- Lo sé. Quería decirle al príncipe que no quería estar aquí más, así que lo busqué en su oficina. Encontré este documento. Establece una serie de instrucciones para que el príncipe pueda casarse con una mujer que le dé mejores beneficios políticos y acceso a varios conglomerados. Para que eso se cumpliera no debe estar comprometido. El príncipe firmó que aceptaba… volví a mi habitación y me encerré por miedo. Al escuchar que trataban de abrirla me escondí. Estaba en el armario en el momento que entraste a buscarme. Apenas salió Milwer fue que pude escapar.
Mientras hablaban, se acercaban al carro de Karlos y ambos se detuvieron al ver al príncipe al lado de este.
- Es el papel que estaba buscando – dijo él, mientras Cinthia le devolvía el documento – Querida mía, no me malinterpretes. No quiero que mueras. De hecho es el momento perfecto. Son más o menos las siete de la noche. Karlos, ¿puedes sacarla cuanto antes de la ciudad? Espérenme en la salida sur por Tracolea. En una hora estaré contigo, llevaré tus cosas. Confía en mí, te dije que te rescataría de tus problemas.
El príncipe dio media vuelta y regresó al palacio. Ninguno sabía qué hacer, si confiar en él. Sin embargo, debían irse de cualquier manera de allí. Ella aprovechó para agradecerle lo que hacía, le devolvió el amuleto de su hijo y entró al carro. Karlos lo observó por un momento y vio que Gigi estaba en una ventana, observándolo. Él corrió tan rápido como puso hacia ella.
- ¿Te vas?
- Me voy a demorar. ¿recuerdas el favor que te pedí esa vez?
- “Esa vez” te dirigías a una misión suicida. Te salvaste gracias a Dios. No me digas que harás lo mismo esta vez.
- Prométeme que lo harás.
Karlos no esperó ninguna respuesta. Tenía las manos de Gigi dentro de las suyas. Se las besó y se marchó. Ella se secó las lágrimas, mientras veía como se marchaba el carro del palacio. Ella tenía en sus manos el amuleto en forma de langosta.
Recordó entonces por qué en primer lugar se había enrolado a las fuerzas militares y se puso su uniforme en vez de lo que tenía pensado. Recordó a su ex novia, de la misma manera. Ella siempre le decía que sonreía como un niño y eso la había enamorado. Luego recordó que mucho después le dijo que actuaba como un niño y que eso la estaba desenamorando. A partir de ese comentario tuvieron una grave discusión, que terminó con Julián bebiendo en los bares. Al día siguiente estaba tan ebrio que casi se dormía en la calle. Un hombre le tomó del brazo y le pregunto por qué estaba bebiendo. Él le contestó que quería ser un hombre. Para su suerte, el extraño era un reclutador y al final fue Julián quien terminó prometiendo que no salía de la escuela militar hasta convertirse en un hombre.
Salió de la habitación al oscuro pasillo y caminó guiado por un delicioso aroma que provenía del fondo. Alcanzó a ver las primeras luces de un salón con mesas y sillas, y a un lado una cocina con varias ollas ya puestas, de las cuales se originaban aquellos agradables olores culinarios. Al acercarse un poco más una mujer lo detuvo con la voz.
- ¿Quién eres?
- Lo siento, soy Julián. ¿Eres tú la cocinera?
- Así es. Mi nombre es Gigi. Tienes el uniforme del ejército real. ¿eres amigo de Karlos? Sólo ellos llegan a esta hora a desayunar.
- Lo conozco. Vengo a ayudarle en un par de cosas, pero después me iré.
Mientras servía una taza de chocolate, ya habían tratado varios temas triviales, pues ambos eran buenos habladores cuando querían, y se habían caído bien. De pronto él tuvo un recuerdo de su ex novia, haciendo el mismo movimiento, pero de pronto no era el rostro de su ex novia, sino el de Cinthia cuando le sonrió. Él suspiró, susurrando que el amor era lo más tonto en lo que alguien podía creer. Gigi lo escuchó y regó el chocolate, pero inmediatamente corrigió su error. Julián se dio cuenta y le preguntó si ella creía en el amor. Al no obtener respuesta se dio cuenta de lo que pasaba.
- Amas a alguien que no te corresponde ¿cierto?
- Simplemente no es debido. Él… está casado y tiene un hijo. Nunca va a pasar nada – mientras lo decía, había servido el desayuno completo de una manera bastante rápida y al terminar se apoyó en sus manos abiertas sobre la mesa – Él los quiere demasiado y ha sacrificado bastante por ellos. ¿Qué podría ofrecerle yo ante eso?
- No te sientas mal. Te has enamorado de alguien que no puede estar contigo, pero él está enamorado de alguien con quien tampoco puede estar, así me ha pasado a mí. No eres la única a la que le pasan estas cosas. Supongo que habrá que acostumbrarse.
- Pero no es justo – dijo ella, mientras le llevaba el desayuno.
Apenas ella terminó, se secó las lagrimas y se despidió. Caminó unos pasos y se detuvo. Le preguntó si se quedaría en el palacio o se iría después. Él le dijo que no se quedaría. Gigi abrió un anaquel y le pasó un sobre, diciéndole que por favor lo entregara, ya que ella no era capaz. La dirección estaba escrita en el sobre, una dirección ubicada en ciudad Castor. Luego se marchó para su habitación.
Unas horas antes, Karlos había salido de su habitación después de charlar con Julián y subió a darle el mensaje a Cinthia. Al pasar por el pasillo de la habitación principal se dio cuenta que el guardia no estaba y se preocupó, así que se acercó. Escuchó voces conocidas. La reina preguntando si le diría a Cinthia que él era quien quería deshacerse de ella y un hombre dando una respuesta afirmativa y sosteniendo que no faltaría mucho. Karlos no podía creer lo que escuchaba y con más prisa fue a la habitación de Cinthia. Estaba con llave, pero él como jefe de seguridad sacó las llaves y metió una, no era. Ensayó con otra y tampoco. Después la tercera fue la vencida y entró. No había nadie adentro. Supuso que estaría en el baño, pero su agudo oído le informó que también estaba vacío. Fue a abrir el armario, sin embargo una voz lo detuvo.
- ¿Qué hace? – preguntó el príncipe en la puerta.
- Inspección, su majestad. De hecho he terminado y no hay novedad. Me retiro. Que pase una excelente noche.
El príncipe tenía una expresión en su rostro en la que sospechaba algo, pero no podía, porque era el jefe de seguridad.
- Karlos, venga para acá. ¿Dónde está Cinthia?
- No lo sé, señor.
- Búsquela, dígale que la necesito, e inspeccione mi oficina. Me parece que alguien ha entrado a ella.
Karlos aceptó y la buscó en vano en varias partes. Salió hasta el jardín exterior donde tuvo deseos de fumarse un cigarrillo. Escuchó pasos que corrían detrás suyo: Cinthia venia hacia él. Karlos le dijo que la estaba buscando.
- Tenemos que irnos. No es la reina quien te quiere fuera - dijo él.
- Lo sé. Quería decirle al príncipe que no quería estar aquí más, así que lo busqué en su oficina. Encontré este documento. Establece una serie de instrucciones para que el príncipe pueda casarse con una mujer que le dé mejores beneficios políticos y acceso a varios conglomerados. Para que eso se cumpliera no debe estar comprometido. El príncipe firmó que aceptaba… volví a mi habitación y me encerré por miedo. Al escuchar que trataban de abrirla me escondí. Estaba en el armario en el momento que entraste a buscarme. Apenas salió Milwer fue que pude escapar.
Mientras hablaban, se acercaban al carro de Karlos y ambos se detuvieron al ver al príncipe al lado de este.
- Es el papel que estaba buscando – dijo él, mientras Cinthia le devolvía el documento – Querida mía, no me malinterpretes. No quiero que mueras. De hecho es el momento perfecto. Son más o menos las siete de la noche. Karlos, ¿puedes sacarla cuanto antes de la ciudad? Espérenme en la salida sur por Tracolea. En una hora estaré contigo, llevaré tus cosas. Confía en mí, te dije que te rescataría de tus problemas.
El príncipe dio media vuelta y regresó al palacio. Ninguno sabía qué hacer, si confiar en él. Sin embargo, debían irse de cualquier manera de allí. Ella aprovechó para agradecerle lo que hacía, le devolvió el amuleto de su hijo y entró al carro. Karlos lo observó por un momento y vio que Gigi estaba en una ventana, observándolo. Él corrió tan rápido como puso hacia ella.
- ¿Te vas?
- Me voy a demorar. ¿recuerdas el favor que te pedí esa vez?
- “Esa vez” te dirigías a una misión suicida. Te salvaste gracias a Dios. No me digas que harás lo mismo esta vez.
- Prométeme que lo harás.
Karlos no esperó ninguna respuesta. Tenía las manos de Gigi dentro de las suyas. Se las besó y se marchó. Ella se secó las lágrimas, mientras veía como se marchaba el carro del palacio. Ella tenía en sus manos el amuleto en forma de langosta.
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