Las aventuras de Julián, el soldado caleidoso, parte 5
Un despertador suena a las tres de la mañana. Un hombre lo apaga y se levanta. Cumple un estricto régimen en la misma habitación mientras escucha música clásica. En diez minutos está bañado y vestido con el uniforme que lo identifica como el segundo al mando después del jefe de seguridad del palacio real de Tívecre. Al llegar al comedor de los empleados, sólo hay una mujer cocinando el desayuno. El hombre se sienta en la mesa más cercana y se pone a pensar.
- ¿Qué sucede Karlos? – pregunta la mujer – te ves atribulado.
- Nada, Gigi. Los patrones están locos.
- Cuéntame algo nuevo. ¿Cómo sigue tu familia? ¿acaso por ellos es que estas así?
- Tal vez… tenerlos tan lejos y sin poder verlos… es horrible… - una pausa – la reina me ha pedido que desaparezca a Cinthia. No sé si sentirme halagado por la orden, o su majestad desea que vuelva a ser lo que era antes…
- No lo pienses. No tienes que hacerlo. Hay otra manera de hacerlo, matar dos pájaros de un solo tiro.
Gigi le contó su plan a Karlos y entre cada taza de café él aceptó. Después se fue y le besó en la mejilla. Ella suspiró, porque deseaba tener lo que no podía.
A primera hora de la mañana se acercó a su habitación. Despachó a los guardaespaldas del pasillo y golpeó la puerta. Cinthia le permitió la entrada. Ella estaba peinándose frente al espejo, vestida con una bata de seda rosa. Se detuvo inmediatamente cuando vio por el reflejo a Karlos cerrando la puerta.
- ¿Quién es usted? – dijo ella.
- Señorita Debeler, soy Karlos, de la seguridad del palacio. Debo hablarle muy seriamente. Su vida corre riesgo. ¿está sola?
- Continúe.
- La reina tiene intenciones de acabar con su vida, y me ha ordenado ejecutar su orden, pero no quiero ni pienso hacerlo.
- ¿Qué propone? – dijo el príncipe Milwer, saliendo del vestier de la habitación.
- ¡Mi señor! Lamento haber dicho lo anterior…
- No se preocupe Karlos, estoy al tanto de las lamentables decisiones de mi madre. Su valentía permanecerá con mi persona y con Cinthia.
El príncipe se sentó en un pequeño sofá, y Cinthia se sentó a su lado. Él le tomó las manos.
- Haría lo que fuera por salvar su vida – continuó el príncipe – pero hasta este momento no sabía cómo resolverlo. Parece que tiene un plan y me gustaría escucharlo.
- Señor, siento que traiciono la confianza de su majestad. Yo hace mucho tiempo era un gran soldado de la realeza, pero la reina me contrató para ser su mercenario personal y he continuado con este maldito trabajo debido a que ordenó que mi esposa y mi hijo fueran llevados hasta el pueblo más alejado del país, con la excusa de ser protegidos de sus enemigos.
- ¿Qué sitio es ese? – preguntó Cinthia.
- El nombre de aquel pueblo es Castor. Es allí donde tiene la posibilidad de quedarse. Me gustaría que se quedara con mi familia, así podría protegerse, pero es necesario que no vuelva.
El príncipe y su novia se miraron y estuvieron de acuerdo, pero él sugirió que no podrían irse de inmediato, ya que su madre sospecharía.
- Debemos aprovechar la existencia de los grupos extremistas – dijo Karlos – Fingiremos un secuestro durante una de sus visitas a los sitios de beneficencia.
Karlos sacó un mapa de uno de sus bolsillos y le explicó todo lo que debía hacer desde el momento en que la secuestraran hasta el lugar donde debía tomar el tren y llegar a Castor. Ella temía que la reconocieran en el pueblo, pero él le explicó que ese lugar estaba casi incomunicado y además su gente no tenía idea de las personas que hacían parte de la familia real. El príncipe hizo notar que podrían reconocerla en el tren. Cinthia dijo que llevaría su traje de falda larga, así podría cortarla para hacerse un pañolón que le cubriera el rostro.
Todo estaba preparado. Antes de salir de la habitación, Karlos le pidió que le entregara a su hijo un amuleto en forma de langosta. “Él entenderá”. El príncipe ayudaría en aquella obra de teatro y dijo que posiblemente fingiría su muerte también para acompañarla, pero todo ese plan habia salido mal. Ahora Karlos tenía una nueva orden para terminar con Cinthia, mientras ella debía permanecer en su habitación, pensando la suerte que podría estar pasando Julián en aquella celda tan pequeña, sin embargo, para él la suerte iba a cambiar.
- ¿Señor Julián? – dijo un hombre de corbata.
- El mismo. ¿Es usted mi abogado?
- No señor. Soy un detective. El detective Visux.
- ¿Qué sucede Karlos? – pregunta la mujer – te ves atribulado.
- Nada, Gigi. Los patrones están locos.
- Cuéntame algo nuevo. ¿Cómo sigue tu familia? ¿acaso por ellos es que estas así?
- Tal vez… tenerlos tan lejos y sin poder verlos… es horrible… - una pausa – la reina me ha pedido que desaparezca a Cinthia. No sé si sentirme halagado por la orden, o su majestad desea que vuelva a ser lo que era antes…
- No lo pienses. No tienes que hacerlo. Hay otra manera de hacerlo, matar dos pájaros de un solo tiro.
Gigi le contó su plan a Karlos y entre cada taza de café él aceptó. Después se fue y le besó en la mejilla. Ella suspiró, porque deseaba tener lo que no podía.
A primera hora de la mañana se acercó a su habitación. Despachó a los guardaespaldas del pasillo y golpeó la puerta. Cinthia le permitió la entrada. Ella estaba peinándose frente al espejo, vestida con una bata de seda rosa. Se detuvo inmediatamente cuando vio por el reflejo a Karlos cerrando la puerta.
- ¿Quién es usted? – dijo ella.
- Señorita Debeler, soy Karlos, de la seguridad del palacio. Debo hablarle muy seriamente. Su vida corre riesgo. ¿está sola?
- Continúe.
- La reina tiene intenciones de acabar con su vida, y me ha ordenado ejecutar su orden, pero no quiero ni pienso hacerlo.
- ¿Qué propone? – dijo el príncipe Milwer, saliendo del vestier de la habitación.
- ¡Mi señor! Lamento haber dicho lo anterior…
- No se preocupe Karlos, estoy al tanto de las lamentables decisiones de mi madre. Su valentía permanecerá con mi persona y con Cinthia.
El príncipe se sentó en un pequeño sofá, y Cinthia se sentó a su lado. Él le tomó las manos.
- Haría lo que fuera por salvar su vida – continuó el príncipe – pero hasta este momento no sabía cómo resolverlo. Parece que tiene un plan y me gustaría escucharlo.
- Señor, siento que traiciono la confianza de su majestad. Yo hace mucho tiempo era un gran soldado de la realeza, pero la reina me contrató para ser su mercenario personal y he continuado con este maldito trabajo debido a que ordenó que mi esposa y mi hijo fueran llevados hasta el pueblo más alejado del país, con la excusa de ser protegidos de sus enemigos.
- ¿Qué sitio es ese? – preguntó Cinthia.
- El nombre de aquel pueblo es Castor. Es allí donde tiene la posibilidad de quedarse. Me gustaría que se quedara con mi familia, así podría protegerse, pero es necesario que no vuelva.
El príncipe y su novia se miraron y estuvieron de acuerdo, pero él sugirió que no podrían irse de inmediato, ya que su madre sospecharía.
- Debemos aprovechar la existencia de los grupos extremistas – dijo Karlos – Fingiremos un secuestro durante una de sus visitas a los sitios de beneficencia.
Karlos sacó un mapa de uno de sus bolsillos y le explicó todo lo que debía hacer desde el momento en que la secuestraran hasta el lugar donde debía tomar el tren y llegar a Castor. Ella temía que la reconocieran en el pueblo, pero él le explicó que ese lugar estaba casi incomunicado y además su gente no tenía idea de las personas que hacían parte de la familia real. El príncipe hizo notar que podrían reconocerla en el tren. Cinthia dijo que llevaría su traje de falda larga, así podría cortarla para hacerse un pañolón que le cubriera el rostro.
Todo estaba preparado. Antes de salir de la habitación, Karlos le pidió que le entregara a su hijo un amuleto en forma de langosta. “Él entenderá”. El príncipe ayudaría en aquella obra de teatro y dijo que posiblemente fingiría su muerte también para acompañarla, pero todo ese plan habia salido mal. Ahora Karlos tenía una nueva orden para terminar con Cinthia, mientras ella debía permanecer en su habitación, pensando la suerte que podría estar pasando Julián en aquella celda tan pequeña, sin embargo, para él la suerte iba a cambiar.
- ¿Señor Julián? – dijo un hombre de corbata.
- El mismo. ¿Es usted mi abogado?
- No señor. Soy un detective. El detective Visux.
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