Las aventuras de Julián, el soldado caleidoso, parte 6
Julián estaba un poco desubicado pensando por qué un detective venia a escucharlo, en vez de un abogado. Él le contestó que era evidente que era la primera vez que veía un juicio contra la familia real, en la que no hay abogados, sino un juez evidentemente corrupto que se encarga de acusar sin pruebas al sospechoso y lo condena al destierro o a la pena de muerte. Así que la única manera de ser liberado es demostrando que no tuvo nada que ver, por un detective que usualmente no está al alcance financiero del sospechoso, eso, y rogar porque el juez sea honrado. Aunque la probabilidad de que ambos hechos sucedieran fuera casi imposible, sucedió. Al detective Visux le había llegado a su escritorio un sobre grueso de billetes como pago por sus servicios y una carta anónima en la que se pedía un trabajo honesto y rápido.
Julián no estaba completamente convencido de lo que le dijo el detective, pero le contó hasta el mínimo detalle de lo que había hecho desde que encontró a Cinthia en el bosque. Visux anotó todo en un cuadernito y con una leve sonrisa le dijo que no debía preocuparse, en veinticuatro horas seria libre, “eso, y rogando que el juez sea honrado” insistió por segunda vez el detective. Después le dijo que tendrían la cita con él a las nueve de la mañana del día siguiente y se marchó, asegurando que tenía trabajo por hacer.
- Detective, ¿Cómo sabe que seré libre?
- Si todo lo que me has dicho es cierto, es indudable que se trata de un auto secuestro. Y eso será muy fácil demostrarlo.
Julián no volvió a escuchar a su vecino y al fin pudo dormir esa noche. Esa noche soñó con Cinthia, como una mujer que vagaba por el campo, perseguida por un enorme dragón y justo cuando el monstruo caía sobre ella, Julián despertó porque un guardia le dijo que debía alistarse para su juicio.
El sospechoso fue conducido a otra habitación reducida, pero un poco más grande que su celda, donde había tres sillas y una mesita redonda. Una vieja bombilla fluorescente en el techo iluminaba aquel espacio. Durante unos minutos esperó solo, hasta que entró primero el detective, quien se sentó un rato revisando una carpeta y unos minutos después llegó el juez. Este al ver los dos sentados alzó la voz, como enojado:
- ¡De pie!
Julián se levantó inmediatamente, pero Visux se quedó sentado y empezó a reír.
- No estamos en los tribunales, Pzart – dijo el detective.
- Lo sé, es para no perder la costumbre.
El juez se sentó en la tercera silla y le dijo a Julián que se sentara. El soldado ya había escuchado hablar del juez Pzart, un juez frio y cauteloso proveniente de tierras suizas cuando era niño, que imponía condenas muy extravagantes. Era bastante famoso por estar presente en los casos de personalidades famosas o políticas.
- Empecemos, quiero terminar pronto para ir a la galería a comprar una despampanante obra de Matisse.
El juez revisó la carpeta, hizo algunas preguntas que respondió el detective, llenó a mano algunos documentos y cerró la carpeta. En todo eso tardaron casi dos horas, en los que Julián permaneció callado.
- Era algo fácil – dijo Pzart y se levantó.
- Señor juez – interrumpió Julián - ¿todo se ha aclarado?
- Si, muchacho. Eres inocente de este caso. Prepárate, nadie sale inocente de aquí. Lo medios almorzarán con tu pellejo.
- ¿Qué sucederá con Cinthia? Ella dijo algo acerca de… desiré, algo que sonaba así, ponía en riesgo su vida… debido a una orden de los reyes…
- ¿Indésirable? – dijo Visux – eso es un mito nada más, y en cualquier caso, no deberías decirlo aquí… es algo tabú.
- No juegues con fuego muchacho – dijo el juez – recoge tus cosas y vete lejos, evítate problemas. Me pagaron bastante para sacarte de aquí, en otras condiciones, este proceso tomaría no más cinco años para que te declaren culpable injustamente. Me iré ahora, quiero tomar una gaseosa saborizada de naranjas valencianas.
Julián salió de los pabellones después del medio día, y sintió que se repetía el momento en que fue expulsado de la escuela militar. No podía mirar atrás. Salió a la avenida principal y contó el dinero que tenia. Algunos lotos le alcanzarían para un almuerzo ligero y aprovecharía que estaba en la capital para buscar unos parientes lejanos. El semáforo cambió de luz para pasar, pero un carro con vidrios blindados se atravesó en su camino y desde adentro abrieron la puerta trasera.
- No otra vez – se dijo mentalmente.
- Entre, por favor – dijo un hombre adentro.
- ¿Quién es usted?
- Mi nombre es Karlos. Entre, que le conviene.
Julián no estaba completamente convencido de lo que le dijo el detective, pero le contó hasta el mínimo detalle de lo que había hecho desde que encontró a Cinthia en el bosque. Visux anotó todo en un cuadernito y con una leve sonrisa le dijo que no debía preocuparse, en veinticuatro horas seria libre, “eso, y rogando que el juez sea honrado” insistió por segunda vez el detective. Después le dijo que tendrían la cita con él a las nueve de la mañana del día siguiente y se marchó, asegurando que tenía trabajo por hacer.
- Detective, ¿Cómo sabe que seré libre?
- Si todo lo que me has dicho es cierto, es indudable que se trata de un auto secuestro. Y eso será muy fácil demostrarlo.
Julián no volvió a escuchar a su vecino y al fin pudo dormir esa noche. Esa noche soñó con Cinthia, como una mujer que vagaba por el campo, perseguida por un enorme dragón y justo cuando el monstruo caía sobre ella, Julián despertó porque un guardia le dijo que debía alistarse para su juicio.
El sospechoso fue conducido a otra habitación reducida, pero un poco más grande que su celda, donde había tres sillas y una mesita redonda. Una vieja bombilla fluorescente en el techo iluminaba aquel espacio. Durante unos minutos esperó solo, hasta que entró primero el detective, quien se sentó un rato revisando una carpeta y unos minutos después llegó el juez. Este al ver los dos sentados alzó la voz, como enojado:
- ¡De pie!
Julián se levantó inmediatamente, pero Visux se quedó sentado y empezó a reír.
- No estamos en los tribunales, Pzart – dijo el detective.
- Lo sé, es para no perder la costumbre.
El juez se sentó en la tercera silla y le dijo a Julián que se sentara. El soldado ya había escuchado hablar del juez Pzart, un juez frio y cauteloso proveniente de tierras suizas cuando era niño, que imponía condenas muy extravagantes. Era bastante famoso por estar presente en los casos de personalidades famosas o políticas.
- Empecemos, quiero terminar pronto para ir a la galería a comprar una despampanante obra de Matisse.
El juez revisó la carpeta, hizo algunas preguntas que respondió el detective, llenó a mano algunos documentos y cerró la carpeta. En todo eso tardaron casi dos horas, en los que Julián permaneció callado.
- Era algo fácil – dijo Pzart y se levantó.
- Señor juez – interrumpió Julián - ¿todo se ha aclarado?
- Si, muchacho. Eres inocente de este caso. Prepárate, nadie sale inocente de aquí. Lo medios almorzarán con tu pellejo.
- ¿Qué sucederá con Cinthia? Ella dijo algo acerca de… desiré, algo que sonaba así, ponía en riesgo su vida… debido a una orden de los reyes…
- ¿Indésirable? – dijo Visux – eso es un mito nada más, y en cualquier caso, no deberías decirlo aquí… es algo tabú.
- No juegues con fuego muchacho – dijo el juez – recoge tus cosas y vete lejos, evítate problemas. Me pagaron bastante para sacarte de aquí, en otras condiciones, este proceso tomaría no más cinco años para que te declaren culpable injustamente. Me iré ahora, quiero tomar una gaseosa saborizada de naranjas valencianas.
Julián salió de los pabellones después del medio día, y sintió que se repetía el momento en que fue expulsado de la escuela militar. No podía mirar atrás. Salió a la avenida principal y contó el dinero que tenia. Algunos lotos le alcanzarían para un almuerzo ligero y aprovecharía que estaba en la capital para buscar unos parientes lejanos. El semáforo cambió de luz para pasar, pero un carro con vidrios blindados se atravesó en su camino y desde adentro abrieron la puerta trasera.
- No otra vez – se dijo mentalmente.
- Entre, por favor – dijo un hombre adentro.
- ¿Quién es usted?
- Mi nombre es Karlos. Entre, que le conviene.
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