Las aventuras de Julián, el soldado caleidoso, parte 2

Llovía mucho y los soldados estaban embarrados. Aun así, sacaban el pecho y no se movían. El mayor gritó con grosería que ninguno servía para nada y que había escuchado que uno de ellos quería fugarse.
- ¿Quién es el insípido, miserable que quiere fugarse? ¿Quién es el caleidoso que no le es fiel al rey ni a su patria?

Los soldados se miraron porque no entendían aquella palabra. Julián estaba entre ellos.
- ¡Señor! – dijo uno de ellos.
- ¡Hable Ramírez! ¿sabe quién es caleidoso o será usted, gusano de porquería?
- ¡Es Ortega, señor!

Julián estaba sudando frio, pero sus gotas se confundían con las de la lluvia. El mayor llamó a Ramírez y a Ortega y los demás regresaron a los cuarteles. Desde entonces, a Julián se le quedó aquella palabra para quien quizás sólo tenía significado para el mayor. Ahora tenía significado para él, porque cuando fue expulsado, fue lo único que le decían sus compañeros.

“Eran tiempos mejores” pensaba él, mientras estaba sentado en el sofá de la habitación, y Cinthia sentada en una silla al otro extremo. Ella estaba ya más tranquila. Tenía los brazos cruzados y una pierna sobre la otra.
- ¿Está segura que no quiere que llame a nadie? – dijo Julián.
- No lo haga. Recuerdo que me atraparon, me vendaron… me dejaron en una casa de campo no muy grande, pero si muy vieja… alguien me daba de comer a escondidas, tenía el rostro cubierto con una máscara… sin embargo recuerdo un tatuaje en su brazo con forma de flecha con el brazo que me pasaba la comida…
- Es evidente que lo hacía a escondidas de sus jefes…
- Si, ya lo dije, ¿no me está escuchando?
- Si. Aun no entiendo porqué no quiere que la vengan a rescatar.
- No sé como aparecí en el bosque, recuerdo correr entre los arboles…
- Llamaré a cualquier persona…
- Hágalo, y diré que usted me ha secuestrado. Ahora pague y vámonos de aquí, Juan.
- No soy Juan, soy Julián.
- Como sea.

A Julián no le quedó más alternativa que obedecer. Ella tomó unas tijeras y arregló su vestido largo recortándolo, y con lo que le sobró se envolvió la cabeza a modo de pañolón. Después de quitó su maquillaje y salieron de allí. En una tienda compró unas enormes gafas oscuras. Era totalmente irreconocible. Ella le preguntó si tenía a donde ir y él mirando al piso le dijo que no.

- Qué suerte la tuya – dijo ella sonriendo – Nos vamos a Castor.
- ¿Castor? ¿Castor de Verna? ¡Esa ciudad está muy lejos de aquí!
- El tren nos llevará en dos días.
- No voy a ir con usted.
- Escuchemos que opina aquél policía. Seguro te gustará su respuesta.

Julián refunfuñó y sin decir ninguna palabra llegaron hasta la estación del tren. Pronto iniciarían un viaje que cambiaria la vida de ambos, pues sus planes iban a cambiar completamente.

Comentarios