Carly y Evo, parte 2
Carly pasó toda la tarde con sus amigas, Evorean, y los amigos de él. Tenían varias cosas en común, como la música que escuchaban, los sabores de los helados, patear los castillos de arena y las películas de moda. Rieron bastante toda la tarde y él le compró un helado. También le prometió que al día siguiente la llevaría al cine para ver la última entrega del niño mago. Poco a poco se fueron acercando. Ella sonrió y en su reloj se prendió la alarma. Inmediatamente Carly se separó.
- Tengo que irme. Mis padres… - ella cayó en cuenta que no tenía que darle explicaciones – mañana nos veremos a las dos en el cinema.
- Adiós Gladys. ¡Voy a esperarte!
Carly sonrió y regresó a casa. Para entonces la casa de los vecinos ya tenía las luces encendidas. Pocos minutos después de que entró, llegó su hermano, luego su madre y finalmente su padre. Carly ya se había cambiado y quitado el maquillaje. La cena, que fue encargada previamente a un restaurante, no se demoró en llegar.
- Llegaron vecinos nuevos – dijo Carly.
Su madre se inquietó.
- Mañana, ¿Qué día es? – preguntó alarmada.
- Domingo – respondió Federico.
- Después de la iglesia, les invitaré a almorzar – dijo ella – Federico, ve a invitarlos ya mismo. No hay tiempo que perder.
Carly se burló de su hermano por tener que salir en medio de la cena y él le respondió con una sonrisa de venganza inocente.
A través de las ventanas, Federico vio el desorden de cajas que demostraban su recién mudanza. Golpeó la puerta e seguidamente un perro empezó a ladrar. Eran ladridos agudos, así que supuso que era un cachorro o un perro pequeño.
Una chica de su edad abrió la puerta y él abrió los ojos más de lo normal porque en verdad era bella.
- ¿Si? – preguntó ella, al ver que no reaccionaba.
- ¡Ah! Lo siento, soy Federico, tu vecino. Hola.
Ella no dejaba de verlo con una sonrisa siempre en su rostro.
- Yo soy Maribella y él es… Descartes… - dijo refiriéndose al pequinés que lo olfateaba asustado y que empezaba a ladrar de nuevo - ¡Marcelina! ¡Llévate a tu perro! Bueno, vecino, ha sido un gusto conocerte.
- Espera, mi madre quiere invitarlos a almorzar mañana, después de la misa.
- ¿Estás seguro? Es que somos bastantes: tengo una hermana y dos hermanos.
- Si, seguro no hay problema. ¿cuento contigo?
- Por supuesto. Mañana nos veremos.
Mientras hablaban llegó otra chica bastante seria y recogió al perro como si se tratara de un niño de brazos. Ella lo miró indiferentemente “Jum” y se marchó con el perro.
- Ella es mi hermana. Bueno, mañana los conocerás, ya que quieres correr ese riesgo.
Después se despidieron y Federico regresó a casa para continuar la cena. “Se ven muy felices el día de hoy” dijo su padre.
- Espera al día de mañana – dijo Federico, riendo.
Luego de la cena, recordó la cita que tenia al día siguiente con Evorean. Se puso tan nerviosa como su madre porque no sabía cual compromiso evadir o cómo hacerlo. Sabía que su madre no permitiría que faltase a su almuerzo y no tenia manera de contactar a su amigo. Más tarde se tiró en su cama a pensar. Tal vez podía escaparse en el almuerzo y recibir el regaño merecido después, pero ¿merecía la pena? Dio un suspiro largo y sonó su teléfono móvil: había recibido un mensaje de texto de un número desconocido: “Lo siento Gladys, mañana no te puedo llevar al cinema a esa hora, tal vez más tarde. Evo”. Luego pensó que ya se lo esperaba, de nuevo su corazón se había equivocado, sin embargo, Federico pensaba todo lo contrario.
- Tengo que irme. Mis padres… - ella cayó en cuenta que no tenía que darle explicaciones – mañana nos veremos a las dos en el cinema.
- Adiós Gladys. ¡Voy a esperarte!
Carly sonrió y regresó a casa. Para entonces la casa de los vecinos ya tenía las luces encendidas. Pocos minutos después de que entró, llegó su hermano, luego su madre y finalmente su padre. Carly ya se había cambiado y quitado el maquillaje. La cena, que fue encargada previamente a un restaurante, no se demoró en llegar.
- Llegaron vecinos nuevos – dijo Carly.
Su madre se inquietó.
- Mañana, ¿Qué día es? – preguntó alarmada.
- Domingo – respondió Federico.
- Después de la iglesia, les invitaré a almorzar – dijo ella – Federico, ve a invitarlos ya mismo. No hay tiempo que perder.
Carly se burló de su hermano por tener que salir en medio de la cena y él le respondió con una sonrisa de venganza inocente.
A través de las ventanas, Federico vio el desorden de cajas que demostraban su recién mudanza. Golpeó la puerta e seguidamente un perro empezó a ladrar. Eran ladridos agudos, así que supuso que era un cachorro o un perro pequeño.
Una chica de su edad abrió la puerta y él abrió los ojos más de lo normal porque en verdad era bella.
- ¿Si? – preguntó ella, al ver que no reaccionaba.
- ¡Ah! Lo siento, soy Federico, tu vecino. Hola.
Ella no dejaba de verlo con una sonrisa siempre en su rostro.
- Yo soy Maribella y él es… Descartes… - dijo refiriéndose al pequinés que lo olfateaba asustado y que empezaba a ladrar de nuevo - ¡Marcelina! ¡Llévate a tu perro! Bueno, vecino, ha sido un gusto conocerte.
- Espera, mi madre quiere invitarlos a almorzar mañana, después de la misa.
- ¿Estás seguro? Es que somos bastantes: tengo una hermana y dos hermanos.
- Si, seguro no hay problema. ¿cuento contigo?
- Por supuesto. Mañana nos veremos.
Mientras hablaban llegó otra chica bastante seria y recogió al perro como si se tratara de un niño de brazos. Ella lo miró indiferentemente “Jum” y se marchó con el perro.
- Ella es mi hermana. Bueno, mañana los conocerás, ya que quieres correr ese riesgo.
Después se despidieron y Federico regresó a casa para continuar la cena. “Se ven muy felices el día de hoy” dijo su padre.
- Espera al día de mañana – dijo Federico, riendo.
Luego de la cena, recordó la cita que tenia al día siguiente con Evorean. Se puso tan nerviosa como su madre porque no sabía cual compromiso evadir o cómo hacerlo. Sabía que su madre no permitiría que faltase a su almuerzo y no tenia manera de contactar a su amigo. Más tarde se tiró en su cama a pensar. Tal vez podía escaparse en el almuerzo y recibir el regaño merecido después, pero ¿merecía la pena? Dio un suspiro largo y sonó su teléfono móvil: había recibido un mensaje de texto de un número desconocido: “Lo siento Gladys, mañana no te puedo llevar al cinema a esa hora, tal vez más tarde. Evo”. Luego pensó que ya se lo esperaba, de nuevo su corazón se había equivocado, sin embargo, Federico pensaba todo lo contrario.
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