Carly y Evo, parte 1

Cuando el clima se ponía soleado, Carly se sentía mal. No era nada físico. Ella vivía en una casa grande, en un barrio bonito, a veinte minutos de la playa. Cuando el clima se ponía soleado, empezaban a llegar los turistas y nada era lo mismo. A pesar de tener nada más quince años, ya sabía lo que era enamorarse, y le había pasado un par de veces. Ciertos jóvenes turistas le prometían que se quedarían para siempre con ella y amarla hasta que fueran ancianos y no se reconocieran. Pero apenas acababa la temporada de vacaciones, se marchaban, con el resto de turistas, y las playas doradas que los habían recibido ya no eran las mismas.

Carly tenía un hermano mayor que ya estaba en los estudios superiores; una madre adicta a las compras y a la iglesia; y un padre que repartía su tiempo mimando a su hija y en su importante puesto burocrático en la alcaldía de Ciudad de Verna, la ciudad ribereña del país.
Cuando el clima se ponía soleado, Carly observaba a través de la enorme ventana de su habitación la casa de los vecinos, quienes hace una semana se habían ido. Siempre lo hacían antes de la temporada de turistas para irse a esquiar en Suiza, pero esta vez habían vendido la casa y se habían marchado para siempre. Para Carly, ya no era lo mismo.
Ella aprovechaba ese tiempo para… realmente no lo aprovechaba. Lo gastaba jugando videojuegos o asistiendo a las fiestas de sus amigas, quienes además de eso les gustaban hacer amigos durante el verano. Pero a Carly no le gustaba eso, por eso únicamente iba a fiestas donde no asistieran turistas. Un día salió a una, mientras se maquillaba pudo ver en reflejo del espejo que llegaba un camión de mudanzas. No le dio importancia porque salía tarde. En la fiesta, sus amigas la convencieron para salir a la playa y ella aceptó gracias al licor que tenían escondido. Ellas ya sabían cómo conseguir amigos y evadir a los ancianos solitarios que las correteaban.
Entre los turistas, Carly vio a un chico que no era como los demás: de buen aspecto, apenas observaba el rio enorme que bajaba y que estaba lleno de yates, pescadores y enormes navíos. Los demás correteaban, jugaban con balones y eran bastante activos, pero él era meditabundo. Estaba tan concentrada que cuando él la vio a ella, Carly dio unos pasos atrás tropezándose con un castillo de arena. Sus amigas estaban con los muchachos nuevos y ella estaba un poco mareada.
- ¿Estás bien? – le dijo el chico que observaba, ayudándole a levantarse.
- Si, si. Cosas que me pasan.
- Soy Evorean, pero me llaman Evo. ¿Cómo te llamas?
Carly lo vio a los ojos. Sabía lo que sentía. Sabía que era enamoradiza y no quería volver a caer en los ideales falsos de otro turista.
- Soy Gladys – mintió, pensando que no lo volvería a ver.

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