La nota del saxofón, parte 7

Una vieja leyenda urbana dice que existe una bella mujer a quien erróneamente llamaban Ericoka, pues su verdadero nombre era desconocido hasta por ella misma y estaba dedicada al crimen profesional y al mercenarismo. Es conocida con los alias de la Espinosa, debido a que siempre dejaba una rosa negra sobre sus víctimas.

Pero pronto, la leyenda se fue desvaneciendo, debido a que un par de años antes a un trío de villanos se les atribuyeron todos sus crímenes y fueron encerrados para siempre en una cárcel en la capital del país. Eran muy pocos quienes no conocieran la leyenda, pero se enterarían rápido, debido a que se divulgaba más que todo para que los niños se tomaran la sopa.

Sin embargo, la combinación de un pequeño sembradío de rosas negras, de un arma y de una pregunta hizo que Cheddy relacionara a Astrid con la legendaria criminal y pensara que quedaría para siempre atrapada en ese sótano. Astrid se dio cuenta y la calmó, alejando la pistola de ella.

- ¿Sufriré cuando muera? – preguntó Cheddy.
- No te preocupes. Tú estás de mi lado, hasta que demuestres lo contrario.
- Entonces si eres Ericoka, la Espinosa, la…
- Lo fui… hace tiempo. Nunca pensé regresar a esto. Pero me han pedido ayuda. Vamos a liberar a Lex y a vengar a Jennifer.

Cheddy perdió toda la timidez entonces y se lanzó a darle un abrazo de agradecimiento, lo cual Astrid sintió extraño por un rato. Después la apartó para terminar de preparar un par de armas y contarle lo que ya tenía planeado: irían hacia Nubia esa misma noche, sacarían a Alexandro de la cárcel y finalmente irían a Taré a vengarse de Croidon. Cheddy únicamente asentía, y de pronto Astrid la miró directamente a los ojos completamente quieta.

- ¿Qué p…
- Shhhhh

Astrid dejó todo tal como estaba y salió silenciosamente del sótano, Cheddy la siguió y la primera cerró la escotilla. Astrid le pidió que se quedara quieta y entró al local. Cheddy escuchó que un hombre la llamaba:
- ¡Astrid! ¿Dónde estabas?
- En el jardín, regaba las rosas.
- Me impresiona que hayas dejado abierto, que haya entrado un ladrón y te hiciera daño.
- No te preocupes Camilo, a esta hora no entra nadie. Pero, ¿Qué haces aquí?
- Uno de los pacientes se puso grave. Debo salir de la ciudad y regresaré en la noche. Tendrás que encargarte esta tarde. No tienes planes, ¿o sí?
- Claro que no.

Cheddy se sorprendió, supuso que eran conversaciones cotidianas entre maleantes, donde el hombre habría tenido un problema con una víctima que chantajeaba e iba a torturarla antes de que hablara y que en la tarde Astrid saldría a robar alguna valiosa joya en el museo de arte. Intrigada, pensaba preguntarle a ella si era cierto lo que pensaba, pero luego pensó que siendo demasiado peligroso para saberlo esperaría a que ella se lo dijera, mas siendo ella una criminal y Cheddy una recién conocida no le diría nada y todo se quedaría en el misterio eterno. Ericoka abrió la puerta y Cheddy se sobresaltó.

- No podemos ir hoy. Mi esposo ha venido a decirme que saldrá de la ciudad y tengo que recoger a mi hija en la escuela. Estas ancianas de hoy se enferman por todo, tengo suerte que mi marido sea el mejor odontólogo de la ciudad.
- ¿odontólogo? ¿hija? ¿y qué hay de los chantajes y los robos al museo?
- ¿de qué hablas?... no importa, mañana temprano nos vamos, así que espero verte aquí a las cuatro de la madrugada. Tengo que ponerme a trabajar ahora.
Cheddy hizo caso a su recomendación, mientras en el camino al hotel se decía: “debo dejar de ver tantas películas de acción”.

Al día siguiente se vieron en el lugar dispuesto. Cheddy llevaba sus maletas y el saxofón, y Ericoka estaba vestida de policía. En un par de segundos partieron en un jeep de color negro. Ericoka conducía de manera impredecible y bastante rápida, pero a pesar de su imprudencia no sufrieron ningún accidente. Antes de las cinco ya estaban entrando a la ciudad. Llegaron a la estación de policía y el jeep se detuvo.

- Quédate adentro. Yo me encargo – dijo Ericoka, mientras de la guantera sacaba un par de documentos.

Cheddy se dejó llevar por su curiosidad y abrió la guantera, viendo todo tipo de documentos falsos que le permitirían acceder a cualquier sitio en el país.
Ericoka se acercó a la entrada donde los policías de bajo rango completamente ignorantes le abrieron la puerta y se dejaron seducir por su bella sonrisa.
Alexandro estaba sentado en el piso, recostado en una pared próxima a las barras, sin poder pegar los ojos, no por falta de sueño, sino porque tenía la idea de las malas experiencias cuando se dormía en prisión. Al igual que él estaban un par de hombres que estaban preparados para robarlo, cuando llego Ericoka.

- Señor Lex, es hora de irnos.
- Ericoka, ¿Cómo sabias que estaba aquí? ¿Cómo entraste? ¿Cómo te enteraste de…
- ¿Ha dicho Ericoka? – dijo uno de los prisioneros - ¿realmente es usted? Por favor, permítame ser parte de su equipo de ladrones.

El guardia que estaba detrás suyo se levantó, pero ella lo sentó con una patada rápida y sacó sus llaves. Pronto los demás reos empezaron a despertar y susurrar su nombre, el cual llegó a oídos de los demás guardias. Ericoka no estaba asustada, sino molesta. “Ash, tenía que terminar así”. Los delincuentes enloquecieron y empezaron un bullicio, mientras los policías ya se acercaban. Ella sacó a Alexander como pudo, pero los demás empezaron a colarse. Cuando llegaron los policías empezaron a contener a la multitud y la pareja aprovechó para escabullirse. Uno de los policías le preguntó a dónde levaba el prisionero, y ella le dijo que no fuera entrometido mientras sonriéndole le entregaba una rosa negra. El policía no entendió hasta que los vio huyendo en el jeep.

- Demonios, ¡regresó Espinosa!

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