La nota del saxofón, parte 9

Después del segundo rescate de Alexander, que ocurrió a eso de las nueve de la mañana, el detective pensaba de igual manera por Ericoka y por Cheddy. Ericoka había salido esa mañana temprano. Había dejado la venda tirada que le rodeaba la pierna en el piso y una nota donde detallaba el plan a seguir.

El detective y Cheddy llegaron hasta el lugar acordado: una casa enorme a las afueras del pueblo. Sin embargo, el plan no detallaba como ingresar a la casa, ni qué hacer después. De hecho, por estar rondando el edificio, los guardias armados sospecharon y los hicieron entrar a la casona. En el gran recibidor, el detective tomó de la mano a Cheddy y le prometió que no permitiría que le hicieran ningún daño. Una mujer se acercó: era la escolta favorita de Croidon, e inmediatamente los demás se hicieron a un lado y esperaron sus instrucciones. “Regístrenlos” dijo ella, y sin perder tiempo ellos lo hicieron y encontraron el saxofón en la maleta de Cheddy.

- Saxofonistas…
- En realidad solo ella – dijo el detective – yo soy el cantante.
- Usualmente los impertinentes les cerramos la boca para siempre… pero al jefe le gusta la música. Vamos a ver si los dejan ir.

Ellos la siguieron hasta la oficina y ella golpeó la puerta. Desde adentro una voz gruesa le dijo que entrara. Ella les dijo que se quedaran quietos y que no tramaran nada y abrió la puerta. Adentro estaba Croidon con Sotelo discutiendo, aunque el primero estaba pacíficamente sentando en su enorme silla de cuero rojo.

Sotelo dijo que se arrepentiría por lo que estaba haciendo, aunque sabía que quien amenazaba a Croidon no vivía para contarlo. Sotelo salió furioso de la oficina sin ver a los capturados. Luego la mujer los llamó.

- Jefe, ¿Qué quiere que toquen?
- Escoge el tema Ana Carolina. Tengo trabajo que hacer.

La mujer les dijo que tocaran una canción de Pink Floyd, banda que le gustaba bastante. El detective dio un agradecimiento en silencio mirando al techo. “Espero que funcionen las noches del karaoke” le dijo en voz baja a Cheddy. Ella estaba nerviosa, pues cuando aprendió a tocar el saxofón usó una o dos canciones del legendario grupo. Ella se dejó llevar y empezó a tocar “Money”. A medida que avanzaba el dúo, el jefe dejó los papeles en la mesa y empezó a poner interés en Cheddy. En cambio Ana Carolina seguía con su seria expresión. Al terminar, era evidente para ambos lo que sucedía: Cheddy era apenas una novata tocando y al detective no le habían funcionado las noches de karaoke. Ana Carolina fue la primera en acercarse.

- En mi vida he escuchado bandas, pero la de ustedes es lo…
- Es lo mejor que he escuchado – dijo Croidon y todos se asombraron.
- ¿Cómo… cómo dice?
- Me ha encantado, ese saxofón… niña, tienes manos de ángel. Quisiera que te quedaras para que me toques siempre. Ana Carolina: busca a Sotelo y mátalo, ya le he dado el tiempo de ventaja – la mujer, desconcertada, obedeció y salió de la habitación – siéntense, déjenme pensar si los dejo ir, porque me ha gustado.

Ericoka y Alexander llegaron a la casa enorme a las afueras del pueblo, pero esta vez no había guardias. Ella se subió por un muro ayudad por un árbol y Alexander la siguió. Adentro, los guardias y los mafiosos están reunidos en el jardín frente a la casona, alrededor de Sotelo quien los está motivando a ponerse en contra de Croidon y aliarse con él. Ellos aprovechan para pasarse con sutileza entre todos y entran a la casona, pero en el recibidor se topan con Ana Carolina.

- Espinosa. Entonces era cierto después de todo.
- Ana. Tanto tiempo.
- Eri, ella fue quien mató a Jennifer – dijo iracundo Alexander – voy a tomar venganza.
- Lex, es una mujer, aunque no lo parezca. Tenemos cuentas pendientes, yo la vengaré. Tu pelea es con Croidon.

Seguidamente Alexandro siguió por el pasillo y Ana Carolina trató de seguirlo, pero Ericoka la detuvo y empezaron a luchar. Alexandro llegó hasta las puertas de su oficina y las abrió de golpe. Adentro vio a Croidon sentado en su escritorio y a los otros dos sentados en un sofá a un costado de la oficina.

- Alexis… ¿qué te trae por aquí?
- Es Alexander. Usted mató a la mujer que amaba. Ahora yo lo mataré a usted – dijo mientras sacaba una pistola de su cinto y le apuntó acercándose a él.
Cheddy estaba asustada y el detective tomó el saxofón y la agarró de la mano y para sacarla de la habitación.
- ¿Dónde está Ericoka?
- Matando a esa mujer.

Ambos salieron de la habitación, pero Cheddy no quería seguir con él, sino quería esperar a Alexander. Él le dijo que debía buscar a Ericoka, pero solo le haría si ella no entraba a la habitación. El detective se fue con el saxofón y la dejó sola. Ella vio por entre las puertas medio abiertas. Alexander seguía apuntándole a Croidon. Él estaba tan furioso que estaba que se echaba a llorar.

- ¿Por qué no teme?
- Porque, Alexis, tú no me vas a disparar. Mis hombres están afuera, ya deben estar por entrar y te matarán. Quédate conmigo, serás uno de los míos. Te perdonaré la vida.
- ¿ni siquiera se disculpará por haberla matado?
- Solo era una saxofonista.

Esa fue la gota que rebosó el vaso y Alexander disparó. Croidon calló y Alexander se arrodilló lanzando el arma. Por un par de segundos se sintió aliviado. Pero Croidon se levantó. El tiro no había sido mortal.

- Que mala suerte tienes. Fue una equivocación – Croidon sacó un arma que tenía en el escritorio y le apuntó. Sonó un disparo.

Las mujeres estaban luchando y haciéndose daño con todo lo que encontraban. Cuando las armas de fuego ya no les sirvieron porque agotaron las balas en tiros esquivados por cada una, usaron el mobiliario del recibidor: espadas antiguas que pronto rompieron, floreros costosos cuyos filos no hicieron muchos. A pesar de todo, ambas estaban heridas, pero ninguna se dejaba ganar. Un mal movimiento por el disparo que había recibido el día anterior la hizo caer por un solo instante, tiempo que aprovechó para lanzársele encima y empezar a ahorcarla. Estaba tan concentrada en ello e imaginando que iba a acabar con la vida de la legendaria Espinosa, su ídolo y maestra, y tomar su lugar en el popular mundo del crimen que no sintió cuando un saxofón le pegó en la cabeza y la lanzó al suelo. Había sido el detective Torres. Ericoka se levantó y le propinó el golpe final.

- Fuiste un entrometido, como siempre. Gracias.

El detective aprovechó y la besó apasionadamente, pero ella lo retiró con suavidad.

- Estoy casada. Tengo una hija – ella vio que él se entristecía – Ahora no, tenemos que ayudar a Lex.
- Él está bien.
- ¿En la casa matriz de los mafiosos? No lo creo.

De inmediato se dirigieron a la oficina. Las puertas estaban abiertas de par en par. Cheddy estaba junto al arrodillado Alexander, al lado de una mancha de sangre en la alfombra.

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