La nota del saxofón, parte 1

- ¿Cómo debo llamarlo? ¿Alexandro, Alex, Lex? – preguntó un hombre con voz gruesa.
- Llámeme como quiera. ¿Acaso importa? – respondió Alexandro, quien estaba sentado, mirando al piso pensativamente y deprimido, a merced de los tres hombres que lo interrogaban en aquella oscura y reducida habitación, iluminada únicamente por una endeble lámpara de pie cuya luz le daba al interrogado.
- Basta – dijo otro hombre – Ya sabemos cómo la mató, pero díganos: ¿Por qué la mató?
Al no responder. Un cuarto hombre que había estado dando vueltas en la reducida habitación, se acercó y le levantó la cara por la quijada.
- ¡Confiéselo animal! ¿Espinosa le ayudó? ¿No es así? ¡Maldición!
- ¿Quién es Espinosa? – dijo Alexandro.

Al hombre parecía acabársele la paciencia y levantó el brazo para golpearlo, pero el primero lo detuvo. “Cálmate Kelvin, lo estás haciendo otra vez. No querrás otro sermón del capitán”

- ¡Calla Toribio! Eres un novato en esto.

La puerta de la habitación se abrió y entró otra persona. “más policías” pensó Alexandro. Sin embargo, ninguno de los que estaban allí lo reconoció.

- ¿Llego tarde? – preguntó con una voz de hombre excesivamente fingida, como si se estuviera burlando de ellos.

Inmediatamente los otros policías abrieron los ojos tanto como pudieron y llevaron la mano a su arma guardada en el cinto, pero antes de que la sacaran, la persona dio un salto y quedó parada de manos y con sus piernas noqueó a los tres policías.

- Vámonos – dijo tranquilamente, demostrando su verdadera y suave voz femenina.
- Gracias por venir por mí.
- Es lo menos que podía hacer, Lex.

Cuando el primer policía recobró el conocimiento, despertó a sus compañeros. El último en despertar se asombró y señaló lo que veía a los demás: una rosa negra donde antes estaba sentado Alexandro.

- ¡Maldición! ¡Maldición! – gritaba Kevin.
- Alerten a los demás – dijo Toribio – Espinosa ha regresado.

Un par de semanas antes, Alexandro estaba corriendo con una maleta. Tropezó y cayó en un charco. Se levantó y continuó corriendo, ignorando su caída y atravesando el tráfico de la calle principal.

En otro lugar, Cheddy estaba arreglando el escaparate de los tomates de la tienda de su madre. Estaba aburrida y no le gustaba para nada hacer lo que estaba haciendo. De pronto le llegó un pensamiento: el día estaba reluciente y los días de tormenta ya habían terminado. Solo eran recuerdos los días en que peleaba con su madre, con sus maestros y con su corazón por las decisiones que tomaba.

- Después de todo, supongo que esto es para mí.

A pesar de que era el primer día que manejaba la tienda sin la ayuda de su madre, pensó que podía llegar a ser una gran administradora y tener miles de tiendas no solo en su querida Nubia, sino en todo el país. Definitivamente te le subió el ánimo. Para cuando entró el primer cliente, estaba rebosante de felicidad. El cliente escogió algunas manzanas que no estaban frescas, pidió una libra de verduras picadas para ensalada y dos litros de leche.

- Serian 18 lotos - dijo Cheddy.

El cliente te llevó la mano al bolsillo, pero no fue dinero lo que sacó.

- Lo siento - dijo el cliente - no tengo dinero.
- ¿Cómo dice?
- ¡Deme todo su dinero!

La sonrisa de Cheddy se esfumó, siendo reemplazada por unos ojos llorosos, mientras era amenazada por el arma de fuego que había sacado del bolsillo.

- ¡¿No escuchó!? ¡Vacíe la caja ahora mismo!

Ella le hizo caso y le entregó todo el dinero que tenia. El hombre sonrió e irónicamente le llamó la atención por no agradecerle la compra. El hombre guardó el arma, se dio vuelta y salió de la tienda, cuando en esas fue arrollado por otro hombre que venía corriendo a gran velocidad. Ambos cayeron al piso y Cheddy salió de la tienda. Los vecinos empezaron a acercarse junto con un policía que pasaba por casualidad. Al preguntar por el alboroto, la voz de Cheddy se reconoció entre las demás:

- ¡Este hombre robó mi tienda, pero aquel lo detuvo heroicamente!

El policía requisó al ladrón y lo arrestó cuando encontró su arma, mientras el otro hombre se había golpeado con la cabeza con una de las cajas de madera y cayó de par en par entre las personas.

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