Valeria y el Cazador, parte 7

De primer plano vemos un par de puertas como de hotel. Todo está silencioso y un hombre se acerca sigilosamente. Abre una de las puertas con un gancho y entra. En la oscuridad de la habitación abre una mesita de noche y saca un par de joyas. Luego sale y cierra la puerta de igual manera. La luz del pasillo muestra que se trata de Karlos. Camina hacia la derecha y sale al exterior del crucero para ver el ocaso. Sin darse cuenta se tropieza con una mujer haciéndole regar su bebida.

- Lo siento – dice Karlos.
- No hay problema.
Karlos no puede dejar de verla y como excusa le pide que la deje invitar otro trago.
- Que modales los míos. Me llamo Karlos.
- Me llamo Carla.
- ¿y por qué estás aquí?
- Viajo con mi novio – dijo sonriendo y Karlos también sonrió.

Ana le ofreció agua a Karlos. Él le pregunto a ella porqué se le hacía conocido ese anillo. Ana le dijo que en sus investigaciones de historia, existía un anillo muy valioso que según una profecía, quien lo tuviera ganaba la guerra. Históricamente lo han poseído reyes, Napoleón Bonaparte, George Washington, etcétera.

- Actualmente continúa siendo buscado, pues posee propiedades químicas únicas, que si son usadas para la guerra, ¡Dios nos ampare!
- Definitivamente quien lo posee gana – dijo Karlos.
- ¡hey! ¿Qué están haciendo? – gritó Ana a Sergio y Leonardo. Ellos estaban sacando el bote al mar.
- Vamos a hacer lo que dijiste: remaremos hasta el lugar del naufragio y esperaremos por ayuda – dijo Sergio, mostrando la pistola de bengala – No se preocupen, volveremos por ustedes. Ven con nosotros, Martín.
- No, lo siento, muchachos – dijo él – Yo los esperaré aquí. No me quiero marear.

Carla sube las escaleras a la cabina de mando y le tapa los ojos a un marinero. Él adivina su nombre fácilmente, gira y la besa. Se trata de Sergio.
- ¡Qué fome!, estos cruceros gratis ya me aburren.
- No te preocupes, mañana llegaremos a Canarias. Mi jefe me dijo que habían buenas playas. ¿Quieres ir al cine cuando arribemos? Podemos ver tus favoritas, las de ese niño mago. Aunque debo decir que después de la número trece ya no me gustan para nada. ¿Cuántas hay ahora? ¿veinte?
- Veintidós. Quién sabe qué habría pasado si hubieran dejado el final original. ¿Dices que hay buenas playas?
Eso espero.
Ambos pasaron el resto del día viendo el ocaso desde la cabina de mando. Sergio le pidió a Carlita que fuera a una de las fiestas en primera clase mientras él trabajaba esa noche, luego se verían en el comedor.

Ana les dijo a los dos que lo mejor era quedarse, que los de búsqueda podían ya haber estado en ese lugar y que podían venir hacia acá en cualquier momento. Leonardo le respondió que en ese caso se tendrían que cruzar y que no había ningún problema. Valeria les dijo que podían tener razón y debían subirse todos al bote salvavidas.

- Ana, yo si quiero irme – dijo Karlos.
- Yo también, pero es demasiado arriesgado – dijo ella.
- Él no se va con nosotros – dijo Leonardo, señalando a Karlos.
- No podemos dejarlo acá – dijo Sergio – no creo que esté tan loco para hundirnos en el mar.
- Lo mejor es estar juntos en esto – dijo Martín – si nos vamos, nos vamos todos, o nos quedamos todos.
- Está bien. Si se quieren ir y aventurar se van – dijo Ana – si encuentran un barco que venga hasta aquí por mí. Yo no me muevo.
- Yo te acompaño – dijo Valeria.
- Y yo – dijo Martín.
- Martín, estás loco – dijo Sergio.

Finalmente no pudieron ponerse de acuerdo, Ana se sentó y Valeria hizo lo mismo a su lado. Valeria estaba más serena que antes y le preguntó por qué no quería entrar al mar.

Ana está en su camarote. Escucha ruidos y se despierta. Al ver su reloj nota que son las diez de la noche. Se había acostado después de hacer todo tipo de actividades durante todo el día. Estaba cansada y ni siquiera se había cambiado la ropa. Sin embargo decidió salir de la habitación: el ruido era de dos amantes que se habían golpeado con la puerta, pero al ver a Ana, entraron inmediatamente a su propia habitación. Ella fue hacia el exterior a ver la luna y su reflejo en aquel mar nocturno. Pensó en regresar y se estrelló con otra persona.

- ¡lo siento! – dijo ella.
- No te preocupes – dijo Carlita – no sabes cuantas veces me ha pasado hoy.

Carlita sonrió y se alejó de ella. Subió las escaleras y se encontró con Karlos. Él la tomó de la mano y entraron a un salón de baile.

- Así que estamos en primera clase – dijo Karlos.
- Si. Por ese lado se accede a los dormitorios y por esa puerta al comedor. ¿de dónde me dijiste que eras?
- De Medellín, en Colombia. ¿tú eres de Chile, no?
- Si, de Serena.

El baile duró poco. Ella insistió en que debía irse a su camarote antes de que la viera su novio. Él no tuvo ningún problema con eso. Espero un par de minutos y se dirigió a los dormitorios. Llegó hasta la puerta número ocho y sacó su ganzúa, pero definitivamente no era una puerta como las de tercera clase.

- ¿Qué demonios cree que está haciendo? – preguntó un marinero.
- Lo siento, lo siento. No es lo que usted cree. Deje mis llaves adentro y…
- Que excusa más vieja. Voy a llamar a seguridad.
- Está bien. Mire. Vengo por él – Karlos sacó una foto de su bolsillo, donde aparecía Martín – tiene mucho dinero. Le daré lo que usted quiera, pero es necesario que haga esto.
- ¿Qué propone?

Después de un rato, vio como el hombre abrió la puerta y sacó a Martín del camarote. Karlos entró y rápidamente requisó el lugar, sin embargo no encontró nada. Luego escuchó sirenas y se asustó, pensó que seguro había activado algún sistema de seguridad, no obstante al salir de la habitación continúo el sonido. Todas las personas corrían y gritaban. Caminó hacia la borda y no creyó lo que alcanzó a ver brevemente: una enorme sombra con un par de crestas se hundía en el mar. Unos pisos más abajo, Ana también estaba asomada y viendo lo mismo y asustada empezó a correr. Karlos se alejó instintivamente caminando hacia atrás, pero el barco se movió fuertemente y se tropezó con unas cajas metálicas. “Aush, mi pie” dijo. Pero se levantó como pudo y caminó hacia los botes de emergencia. Se subió a uno, pero al ver a Martín en otro, se baja y se sube en el bote donde él se encuentra. Ana ya estaba ahí, cansada y con los ojos cerrados.

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