Valeria y el Cazador, parte 10

Leonardo estaba haciendo la fila para recibir su cena en el bufet, en el primer piso del crucero. Pensaba en por qué había tomado ese tiquete. Lo pensaba desde que se subió al barco. Tenía la idea de desembarcar, subirse en el primer transporte que lo condujera a Madrid para ver a su hija y abrazarla. Pero al tiempo, temía que ella no lo recordara. Repentinamente, el barco se sacudió y la mayoría de personas entraron en pánico.

Escuchó decir que el barco se derretía desde el fondo, y que todos estaban subiendo de los pisos inferiores. Luego sintió que el barco fue golpeado violentamente. Las alarmas se encendieron y todos los marineros daban indicaciones de ir a los botes salvavidas. Cuando se subió, vio a Ana durmiendo, a Karlos, a Martín y a Sergio, no estaban dormidos, pero sí bastante cansados como para mantener los ojos abiertos. Luego bajaron el barco y empezó a navegar. Sólo él se dio cuenta cuando el crucero se inundaba y muchas personas se aferraban a cosas flotantes. Muy triste, no quiso seguir viendo y cerró los ojos.

Leonardo está en medio de la selva. Por ser de noche no puede coordinarse fácilmente, pues reprobó el curso para guiarse con las estrellas. Se acomoda su chaqueta por el frio, y siente algo duro en su bolsillo. Recuerda que es el botiquín, lo ha guardado para mantenerlo alejado de Karlos. Al caminar por largo rato, encuentra el arroyo y la casa abandonada. Iluminada por la luna llena, se ve tenebrosa. Leonardo se asombra, pero es valiente y se interesa por tan misterioso hecho. De repente, aparece un hombre de entre las sombras.

- ¿eres el doctor? – pregunta – estaba esperándote.
- ¿Quién es usted?
- No hay mucho tiempo.

El hombre entró a la casa en ruinas y Leonardo lo siguió. El hombre le dijo que su esposa se había lastimado. Entraron a una habitación y Leonardo vio a Valeria que yacía en el suelo, inconsciente. Al verlos a ambos los recordó: estaban en el crucero. Recordó que ella le agarró el hombro en medio del mar para subirse al bote, pero estaba tan agotado que apenas la vio que lloraba. Realmente no lo sabía, pues tenía el rostro lleno de agua. Ella le daba la mano a un hombre que trataba de subirse al bote. Al despertar, ya estaban en la isla.

- Usted es el esposo de Valeria – dijo Leonardo – Entonces, si se subió al bote, pero ¿ha estado aquí todo este tiempo?

El hombre no respondió, y Leonardo le tomó el pulso a Valeria. Al darse cuenta, tenía una flecha atravesada en el brazo izquierdo. El hombre se dedicaba a mirar bastante preocupado. Leonardo sacó el botiquín y lo preparó. Le retiró cuidadosamente la flecha y le puso algunas comprensas. Finalmente le enrolló la gasa alrededor del brazo.

- Estará bien – dijo Leonardo.
- Gracias. Puedes regresar a la playa.
- No… no sé como regresar.
- En cuanto salgas de esta casa, tendrás una señal. Síguela. En el camino ayudarás a tus amigos.
- ¿es usted omnisciente o algo así? ¿acaso sabe si nos van a rescatar?
- Lo harán. Cuando lo hagan, debes decir que nunca nos has visto, por favor.

Leonardo, un poco confundido, un poco asustado, salió de la casa. Miró al cielo para ver qué clase de señal veía. De pronto vio la bengala en el cielo.

- ¡Maldición! ¿Quién la habrá usado?

Empezó a seguir el camino por donde vio la bengala, sin desviarse, y así encontró a Ana y a Sergio.

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