Valeria y el Cazador, parte 1

En medio del mar hay gran caos por todas partes. Esta oscuro y solo se ilumina brevemente por los relámpagos. La tormenta es demasiado fuerte.
Una mujer de rasgos fuertes abre los ojos cuando otra mujer la sacude, pidiéndole ayuda. Ya hay luz del sol, al parecer amanece. Ella se encuentra apoyada en un bote salvavidas, el cual se ha asentado en una playa. Hay más gente allí: cuatro hombres que duermen todavía en el bote. Ella se levanta y toma de los hombros a la mujer que le pide ayuda.

- ¿Qué sucede?
- Mi esposo, no aparece… no lo veo por ningún lado, temo que se lo haya llevado la corriente.
- Cálmate, estas histérica. ¿Cómo te llamas?
- Valeria…
- Valeria, mi nombre es Ana.

La conversación hace que los demás despertaran. Ellos se empezaron a preguntar qué sucedía, y dónde estaba el barco.
Uno de ellos recordaba todo a la perfección. Estaba en su camarote de lujo, en un crucero, descansando, ya que a la mañana siguiente estaría bajándose en su ciudad natal. De repente empezó a escuchar gritos y gente que corría. Un marinero abrió la puerta.

- Señor Martin, debemos empezar a evacuar el barco. No hay tiempo para explicar.

El resto fue confuso, salió del camarote, el marinero lo llevaba en sentido contrario de las personas que corrían. Estaba lloviendo, y las luces del barco estaban titilando, hasta que se detuvieron.

- Lo siento, señor. Si se quiere salvar, deme un cheque de…
- ¿de quinientos dólares? Déjeme sentirlo a mí. Su madre me ha pedido que no le diera nada.
- ¿de qué habla? ¿Cómo supo la cantidad de dinero? ¿y por qué habla de mi madre? Ella murió hace tiempo…

Algo movió el barco de tal manera que el marinero cayó por la borda, Martín logró sostenerse de la cornisa y se dijo a sí mismo “Ya veo porqué no quería que le diera el dinero”. El golpe aumentó la desesperación de las personas y Martín miró hacia los barcos salvavidas. Sin ver quien se había subido, él también lo hizo, y el barquito navegó en un mar incontrolable.

Otro de los sobrevivientes se quejaba de su tobillo. El hombre más grande se dirigió a él y le pidió que se lo dejara revisar.

- ¿eres doctor?
- No. Pertenezco a la brigada de los primeros auxilios y desastres. Tienes el tobillo lastimado. Lo mejor será poner un torniquete.
- Gracias… por cierto, soy Karlos.
- Leonardo. Lo mejor será que descanses, y cuando vengan a rescatarnos asegúrate que te cambien el torniquete.
- Lo mejor será que lo cures bien, porque se van a tardar en llegar – dijo otro sobreviviente.

Todos lo escucharon y se dirigieron a él, preguntándole por qué decía algo así.

- Estaba en la cabina del capitán durante el accidente. Chocamos con algo. Había un mapa y no vi nada de islas. Debimos alejarnos demasiado durante las 6 horas que estuvimos en altamar. Dudo mucho que no lleguen a rescatar.
- Cállate, los estas asustando – dijo Ana
- ¿eres psicóloga acaso?
- Estamos en una isla no muy grande, es natural que no aparezcan en los mapas – dijo Ana nuevamente – creo que veníamos del norte, a causa de la tormenta, nos ha conducido hacia el sureste. Por mucho estamos alejados 15 kilómetros del accidente. La tormenta nos mantuvo detenidos en el agua, pero si remáramos hacia el barco, estaríamos allá en dos horas.
- ¿Qué esperamos? – dijo Karlos.
- ¿confían en ella? – dijo el marinero – lo mejor es quedarnos aquí.
- ¿no has dicho que estabas dudando que nos lleguen a rescatar? – dijo Leonardo.
- Dije que tardarían…

Las peleas no se hicieron esperar, todos estaban desesperados. Martín fue quien intervino para que no pasara a mayores. Al final todos se sentaron a ver el horizonte o se acostaron en la arena.

- Oye, ¿eres la psicóloga?
- No soy psicóloga, soy Ana.
- Martín, mucho gusto. Quería hablarte de tú amiga. Se la ha pasado llorando desde que atracamos.
- Si, parece que perdió a su marido mientras estábamos en altamar.
- Eso es lo raro, he preguntado y nadie recuerda que hayamos estado siete, sino solo nosotros seis.

Ana se preocupó y fue a hablar con Valeria. Ella estaba callada.

- ¿estás bien? Mira, creo que no es el mejor momento de estar deprimidos. Temo que debes aceptar que tu marido estaba en el barco cuando sucedió todo.

Valeria reaccionó y le sonrió.

- ¿de qué hablas? Mi marido no ha muerto. Esta mañana despertó primero y me dijo que me quedara con ustedes. Se debió adentrar al bosque. Discúlpame por preocuparte, pronto saldrá. Le gusta explorar, él es cazador.

Ana solo aprobó lo que decía sin hacerle caso, y le dijo que debía ver cómo estaban los demás.

- ¡Oye, psicóloga! – le dijo el marinero, quien estaba recostado en una palmera.
- ¿Cómo te llamas? – le contestó Ana.
- Sergio.
- Escúchame bien, Sergio. No soy psicóloga ni nada de eso. Así que la próxima vez que quieras dirigirte a mí, me llamarás por mi nombre.
- Ok – dijo Sergio, con disgusto. No le gustaba para nada ser humillado frente a extraños. “Pero esto no se quedará así” pensó.

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