Señor Mártir, parte 4

Patricia cogió un viejo casco y con un trapo lo limpió rápidamente y se lo puso en la cabeza a su nieto. Él estaba feliz.
"Recuerdo muy bien el día que él se fue. Tu abuelo me contó que yo estaba inmóvil mientras lo miraba a los ojos como si se tratara de un retrato. Él entendía por qué actuaba así y sabía que tenía razón, pero definitivamente no podía dejar que los sentimientos se mezclaran con su trabajo.

- Presté juramento – dijo él.
- No te vayas, no sé cuando voy a volver a verte.
Él no hizo caso. Se levantó de su silla y se fue al sótano. Yo deseaba llorar pero no pude. Me levanté también, con un poco de esfuerzo, ya que tenía ocho meses de embarazo. Recogí la loza del desayuno y fui a la cocina, pero después fui tras él. “¿Qué sucederá si no regresas?”
- Patricia, no digas eso. Si regreso me harás pastelillos de chocolate, y si no nuestra hija irá a la mejor de las universidades. Tendrá las mejores oportunidades.
- Y no tendrá padre.

Partí a mi habitación y empecé a llorar acostada en la cama. Él no podía hacer nada. Alistó las maletas que necesitaba, tomó el sobre que estaba encima de la mesa, iba a introducir la carta, pero luego se arrepintió. Dejó el sobre y se guardó la carta en un bolsillo. Salió de la casa y se subió al bus que lo llevaba todos los días al trabajo.

La vecina golpeó a su puerta, pues vio por su ventana que él salía con maletas y supuso que me había abandonado. Cuando le abrí, ella se confirmó su errada sospecha. Sin embargo, lo disimulé y la hice seguir. Luego le pedí que se sentara en la mesa mientras iba por algo de café. La vecina, para animarme, empezó a contarme el chisme de la mujer que dejaba entrar al lechero hasta su habitación, y en esas estaba cuando vio el sobre marcado con el nombre de tu abuelo.

- ¿Por eso te abandonó? ¿habrá guerra? – preguntó la vecina.
- Me temo que sí, realmente no lo sé.

Ismael llegó a la compañía de vigilancia donde trabajaba, y le entregó a su jefe la carta que tenía. Él la leyó por encima: “El rey solicita a su empleado como parte del Ejercito Real de los Mártires… el reino se encargará de pagarle los días laborales tanto al empleador como al empleado… bueno, lo esperaré cuando tenga que llegar”. Su ánimo no era el mejor, pero tenía que prestar el juramento. Luego de salir de su lugar de trabajo, se dirigió inmediatamente al Palacio Real.

En el momento que Ismael entro al Palacio Real en la capital, las fuerzas Mártires estaban todavía divididas en cinco regiones del país.

- Molina, tanto tiempo sin verlo – dijo otro soldado
- Druan… amigo, ¿Qué está pasando? ¿Dónde es la guerra? Todo se ve totalmente pacifico.
- El rey nos enviará a una guerra privada. Algo extraño está por suceder.
No duraron mucho tiempo charlando, justo después entró su superior y les dijo a los veinte hombres que estaban allí, que el Maestro Principal estaba siendo amenazado y debían ir a escotarlo hasta el Palacio.
- El Maestro está en la sede Norte. El transporte está preparado. Ya es hora de marchar."

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