Señor Mártir, parte 1
Una mujer de cabellos grises está sentada en una silla mecedora, viendo el atardecer. Está en el pasillo externo de la casa, frente al jardín de la entrada. Más allá hay una calle que la comunica con la ciudad de Elken y unos metros después, la casa vecina. Otra mujer más joven se acerca.
- Señora Patricia, su té.
- Gracias.
- Me voy ahora. ¿necesita algo más?
Patricia sonrió y mientras bebía le agradeció por las labores del día y le permitió marcharse. Ella vio como se fue y como se cruzó con otra mujer que traía a un niño de la mano. A ella se le hizo raro, pues era muy raro que alguien pasara frente a su casa en dirección contraria a la ciudad, ya que después no había nada más. Pero la mujer venia para su casa. Patricia no veía bien, y se esforzó un poco. Cuando se acercaron más, ella dejo la taza de té en la mesita, se levanto y sus ojos se llenaron de lágrimas.
- Sonia.
- Mamá. Tanto tiempo.
- Es cierto. Ha pasado mucho tiempo.
- Quiero presentarte a alguien – Sonia levantó al niño a la altura de su madre – él es Ismael. Ismael, saluda a tu abuela.
- Lo llamaste como tu padre – dijo Patricia, y sonrió.
El niño estaba un poco desconcertado, pero poco a poco se fue acercando más a Patricia. Sonia le dijo que vendría a quedarse unos días con ella, ya que su esposo estaría haciendo negocios en la ciudad y era el momento propicio para arreglar todo entre ellas. Sin embargo, solo durante un par de horas todo fue felicidad. El teléfono móvil de Sonia timbró y ella le dijo que se iba inmediatamente. Se disculpó con su madre y le pidió que cuidara a Ismael mientras regresaba. Ella se colocó un abrigo de piel negro y salió de la casa.
Patricia buscó a su nieto para darle un dulce, pero no lo encontró en la sala, donde estaba hace unos momentos. Salió de la casa para ver si se había ido detrás de su madre. Al no encontrarlo, regresó a casa y buscó detenidamente por todas las habitaciones. Era una casa de dos pisos, con sótano y ático, y allí en esta última habitación fue donde lo encontró con una mirada de asombro en sus ojos y una vieja carta en las manos, que decía: El Ejercito Real de los Mártires solicita la presencia de Ismael Sebastián Molina.
- ¿El abuelo fue parte del Ejercito de los Mártires?
Patricia se asombró por un momento y luego se sentó.
- Si. ¿quieres saber más del ejército y de tu abuelo, el señor Mártir? Déjame calentar un poco de leche. Te contaré todo, desde el principio hasta el final.
- Señora Patricia, su té.
- Gracias.
- Me voy ahora. ¿necesita algo más?
Patricia sonrió y mientras bebía le agradeció por las labores del día y le permitió marcharse. Ella vio como se fue y como se cruzó con otra mujer que traía a un niño de la mano. A ella se le hizo raro, pues era muy raro que alguien pasara frente a su casa en dirección contraria a la ciudad, ya que después no había nada más. Pero la mujer venia para su casa. Patricia no veía bien, y se esforzó un poco. Cuando se acercaron más, ella dejo la taza de té en la mesita, se levanto y sus ojos se llenaron de lágrimas.
- Sonia.
- Mamá. Tanto tiempo.
- Es cierto. Ha pasado mucho tiempo.
- Quiero presentarte a alguien – Sonia levantó al niño a la altura de su madre – él es Ismael. Ismael, saluda a tu abuela.
- Lo llamaste como tu padre – dijo Patricia, y sonrió.
El niño estaba un poco desconcertado, pero poco a poco se fue acercando más a Patricia. Sonia le dijo que vendría a quedarse unos días con ella, ya que su esposo estaría haciendo negocios en la ciudad y era el momento propicio para arreglar todo entre ellas. Sin embargo, solo durante un par de horas todo fue felicidad. El teléfono móvil de Sonia timbró y ella le dijo que se iba inmediatamente. Se disculpó con su madre y le pidió que cuidara a Ismael mientras regresaba. Ella se colocó un abrigo de piel negro y salió de la casa.
Patricia buscó a su nieto para darle un dulce, pero no lo encontró en la sala, donde estaba hace unos momentos. Salió de la casa para ver si se había ido detrás de su madre. Al no encontrarlo, regresó a casa y buscó detenidamente por todas las habitaciones. Era una casa de dos pisos, con sótano y ático, y allí en esta última habitación fue donde lo encontró con una mirada de asombro en sus ojos y una vieja carta en las manos, que decía: El Ejercito Real de los Mártires solicita la presencia de Ismael Sebastián Molina.
- ¿El abuelo fue parte del Ejercito de los Mártires?
Patricia se asombró por un momento y luego se sentó.
- Si. ¿quieres saber más del ejército y de tu abuelo, el señor Mártir? Déjame calentar un poco de leche. Te contaré todo, desde el principio hasta el final.
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