La antropologa vestida de gris - 5a parte

La antropóloga vestida de gris está confusa y exige una explicación. La princesa le dice que se despreocupe, que no corre peligro porque se ha dado cuenta que es una buena persona, en cambio las otras personas que venían en la avioneta acompañándola se bajaron después del accidente. Los indígenas fueron a auxiliarlos, pero ellos inmediatamente sacaron sus armas y empezaron a disparar. No quedó otra opción más que defenderse.

- Además, siempre hacen lo mismo: vienen, destruyen y se van.
- ¿Quiénes?
- Eso no importa en este momento. Se hace tarde. Vamos a buscar ese tesoro.

Las mujeres empezaron a caminar hacia el lado contrario y empezaron a subir una montaña. En el camino, la princesa le contó que quien los había enviado a ese viaje era un traidor, porque sus hombres encontraron que la avioneta tenía una carga explosiva que estaba programada para detonar después de avanzar trescientos kilómetros. Más adelante ingresaron a una pequeña cueva, donde ya le tenían preparadas algunas antorchas. Adentro era una cueva ordinaria, que tenía dos especies de puertas: sobre una tenía una pintada una abeja y sobre la otra un gato. Entre las dos estaba escrita una inscripción. Niyireth la leyó: “van y vienen sin descanso, de flor en flor trabajando”.

- ¿Es una broma? ¿son adivinanzas?
- Eso es lo que dice.

Shedi, con un poco de indignación dijo que entrarían por la puerta con la pintura de la abeja y le susurró a la antropóloga que estaban entrando en unos laberintos mortales, así que tuviera cuidado de traducir correctamente. En la siguiente puerta, Shedi se asustó y dijo que nadie pasaba el siguiente pasillo. Niyireth tradujo la inscripción: “una cosa impalpable, no hace ruido, por todo el mundo vivo, no me menciones porque me rompes, y así es que mueres”. La princesa lanzó un grito de satisfacción. “Claro, por eso no podían salir”. Luego ordenó que mientras atravesaran la habitación nadie hablara ni produjera sonido alguno. Era una habitación a prueba de ruido. Tensos minutos se vivieron en este aterrador espacio al cruzarlo.

La princesa, la arqueóloga y cinco hombres salieron, pero otros cuatro murieron cuando uno bostezó y flechas venenosas se dispararon contra ellos. Shedi está sudando y dice que según los viejos mapas quedan sólo dos habitaciones. La antropóloga está un poco nerviosa al leer la siguiente inscripción, ya que la entrada está cerrada y apenas hay dos cuencos que sirven igual para encender fuego que para poner agua, además las paredes empiezan a crujir. Ella traduce: “no tiene boca y consume, no tiene piernas y huye, donde aparece todo lo destruye”.

Rápidamente, ordena Shedi, encender las cuencas con las antorchas. La puerta se abre y entran las mujeres y tres hombres. Los otros dos quedan atrapados antes que la puerta se cierre nuevamente. “Lo siento, debí haberlo hecho más rápido” dice Niyireth y de repente le llega un recuerdo.

Ella sale del costoso restaurante elegante y llama un taxi. Uno se detiene y se abre la puerta. Va a entrar, pero hay alguien adentro. “Lo siento” dice ella, pero detrás de la antropóloga se hace otro hombre y la obliga a entrar al taxi. Adentro, los dos hombres con pasamontañas le atan las manos y ella empieza a llorar. Uno le ata un trapo alrededor de los ojos y le empieza a preguntar el nombre.

- ¿Cómo se llama?
- Niyireth
- ¡Su nombre completo!
- Niyireth bodoque
- ¿Cuál es su profesión?
- Soy antropóloga.
- Que eso le quede muy claro. Si se le vuelve a preguntar, respóndalo inmediatamente.

El hombre le grito varias veces, y ella estaba bastante asustada. Le pusieron un trapo en la boca y sintió que el taxi se detuvo. La hicieron caminar, subir unas escaleras y escucho la música suave del ascensor. Cuando las puertas se abrieron, sintió un piquete en un brazo y empezó a sentir que flotaba. Cuando le quitaron el trapo de los ojos, se dio cuenta que tampoco tenía nada en la boca ni en los brazos, pero ya no le importaba gritar o escapar, sólo temblaba, mientras al frente estaba Daniel leyendo su libreta.

- Qué bueno que cambió de opinión y se decidió por venir. Si no hubiera aceptado, no habría podido terminar su carrera, sería desalojada del pequeño apartamento costoso que usted mantiene con ese trabajo del que la habrían despedido. ¿me equivoco? Dígame que tengo razón.
- Tiene… tiene razón, señor Prado – dijo llorando.

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