La antropologa vestida de gris - 4a parte
La búsqueda de la antropóloga se inició inmediatamente. Niyireth salió de su choza muy temprano y caminó de regreso por donde la habían traído los dos hombres. Al llegar al arroyo, siguió por el camino que ella recordaba, tocando los árboles grandes que la habían apoyado cuando estaba lastimada. Luego de encontrar el punto de inicio, empezó a observar la posición del sol y otros factores. En pocos minutos dedujo la trayectoria de su caída y la dirección de la avioneta y finalmente concluyó la ubicación del posible accidente.
Sin ningún temor se dirigió hacia el lugar donde creía que estaba la avioneta, pero empezó a sentir que era observada. Caminando cada vez más, la persecución era más evidente. Ella giró la cabeza, mas no vio nada y se tropezó. Al levantarse se asustó y gritó al ver aquel espectáculo: cuatro hombres estaban crucificados, bajo la avioneta estrellada entre los árboles. Ella sintió nuevamente que alguien se acercaba y corrió a coger una de las escopetas que estaban en el suelo, cerca de ellos. Cuando se preparó, de la selva empezaron a salir varios hombres con lanzas, listos para atacarla.
- ¡Deténganse! Ella venia con ellos, pero no es uno de ellos - dijo Shedi.
Niyireth sintió un eco en la cabeza.
- Ellos presumiblemente estén extintos en este momento – dijo un anciano frente a un auditorio – Los selsuicas son un grupo nómada y tienen varias aldeas en toda esta región. Todas están abandonadas. No hay rastros de ellos.
- Gracias profesor Buitrago - dijo otro hombre - Ahora para explicarnos un poco sobre la simbología usada por este exótico grupo indígena, nuestra estudiante más brillante del departamento de antropología: Niyireth Bodoque.
La antropóloga fue recibida con aplausos y después de terminar su exitoso simposio en la conferencia un hombre se le presentó, mientras ella salía para tomar un taxi.
- Excelente presentación, señorita Bodoque.
- Muchas gracias. Lo reconozco, estaba en la primera fila. Debe ser uno de los benefactores de la Real , ¿no?
- Tiene usted una buena memoria. Así es, mi nombre es Daniel Prado. Quisiera que me acompañara a tomar un café, si me lo permite. Quisiera profundizar en su investigación.
- Por supuesto, señor Prado.
- Por favor, llámeme Daniel – le dijo y Juan abrió la puerta de su limosina.
Pero Daniel no la llevó a la cafetería de la universidad Real, donde se encontraban, sino que la llevó a un costoso restaurante. Dentro, le dieron una mesa bastante privilegiada y sirvieron un par de copas de champaña.
- Seré breve, señorita Bodoque. Organizaré una excursión y debo contar con usted. Estoy en la búsqueda de un tesoro en tierras de los selsuicas. Lamentablemente, si hay rastros de su cultura y posibilidades de existencia de indígenas, tendremos que usar fuerza letal. Le ofrezco dos rupias si nos vamos de inmediato hacia Ciudad del Río para empezar una inducción en este proyecto.
- ¡Eso es mucho dinero! Pero no puedo ir. Estoy a punto de finalizar mi carrera y es vital estar presente.
- Me encargaré de sacarle una licencia.
- ¡No! Muchas gracias, pero no, simplemente no puedo viajar en este momento.
Daniel le pide amablemente que lo piense y que acepte ir, pero ella continuamente se niega.
- Si esa es su decisión, es una lamentable respuesta. Buenas noches, señorita Bodoque – dijo mientras firmaba la cuenta. Él se levantó y se fue, y ella quedó conmocionada.
- Dígame Niyireth – dijo entre dientes – odio que me digan el apellido.
La mesera pasó y levantó la copa de Daniel. Ella le pregunta si pasa algo con su copa y que si quizás desea que le sirva otra conserva. Cordialmente le agradece y se niega “Sucede que no puedo consumir bebidas alcohólicas en este momento”.
Sin ningún temor se dirigió hacia el lugar donde creía que estaba la avioneta, pero empezó a sentir que era observada. Caminando cada vez más, la persecución era más evidente. Ella giró la cabeza, mas no vio nada y se tropezó. Al levantarse se asustó y gritó al ver aquel espectáculo: cuatro hombres estaban crucificados, bajo la avioneta estrellada entre los árboles. Ella sintió nuevamente que alguien se acercaba y corrió a coger una de las escopetas que estaban en el suelo, cerca de ellos. Cuando se preparó, de la selva empezaron a salir varios hombres con lanzas, listos para atacarla.
- ¡Deténganse! Ella venia con ellos, pero no es uno de ellos - dijo Shedi.
Niyireth sintió un eco en la cabeza.
- Ellos presumiblemente estén extintos en este momento – dijo un anciano frente a un auditorio – Los selsuicas son un grupo nómada y tienen varias aldeas en toda esta región. Todas están abandonadas. No hay rastros de ellos.
- Gracias profesor Buitrago - dijo otro hombre - Ahora para explicarnos un poco sobre la simbología usada por este exótico grupo indígena, nuestra estudiante más brillante del departamento de antropología: Niyireth Bodoque.
La antropóloga fue recibida con aplausos y después de terminar su exitoso simposio en la conferencia un hombre se le presentó, mientras ella salía para tomar un taxi.
- Excelente presentación, señorita Bodoque.
- Muchas gracias. Lo reconozco, estaba en la primera fila. Debe ser uno de los benefactores de la Real , ¿no?
- Tiene usted una buena memoria. Así es, mi nombre es Daniel Prado. Quisiera que me acompañara a tomar un café, si me lo permite. Quisiera profundizar en su investigación.
- Por supuesto, señor Prado.
- Por favor, llámeme Daniel – le dijo y Juan abrió la puerta de su limosina.
Pero Daniel no la llevó a la cafetería de la universidad Real, donde se encontraban, sino que la llevó a un costoso restaurante. Dentro, le dieron una mesa bastante privilegiada y sirvieron un par de copas de champaña.
- Seré breve, señorita Bodoque. Organizaré una excursión y debo contar con usted. Estoy en la búsqueda de un tesoro en tierras de los selsuicas. Lamentablemente, si hay rastros de su cultura y posibilidades de existencia de indígenas, tendremos que usar fuerza letal. Le ofrezco dos rupias si nos vamos de inmediato hacia Ciudad del Río para empezar una inducción en este proyecto.
- ¡Eso es mucho dinero! Pero no puedo ir. Estoy a punto de finalizar mi carrera y es vital estar presente.
- Me encargaré de sacarle una licencia.
- ¡No! Muchas gracias, pero no, simplemente no puedo viajar en este momento.
Daniel le pide amablemente que lo piense y que acepte ir, pero ella continuamente se niega.
- Si esa es su decisión, es una lamentable respuesta. Buenas noches, señorita Bodoque – dijo mientras firmaba la cuenta. Él se levantó y se fue, y ella quedó conmocionada.
- Dígame Niyireth – dijo entre dientes – odio que me digan el apellido.
La mesera pasó y levantó la copa de Daniel. Ella le pregunta si pasa algo con su copa y que si quizás desea que le sirva otra conserva. Cordialmente le agradece y se niega “Sucede que no puedo consumir bebidas alcohólicas en este momento”.
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