La antropologa vestida de gris - 1a parte
Ella despertó en medio de los árboles. A través de ellos no veía nada más que el sol. Se levanto un poco adolorida y sin recuerdos. Un poco confundida y con dolor de cabeza empezó a caminar por ese extraño bosque, recostándose a cada momento en los árboles más grandes. Después llegó a un pequeño arroyo donde vio su rostro. No se recordaba. Veía algunos moretones y rasguños, un traje color gris consistente en un pantalón que le llegaba un poco más abajo de la rodilla, una camisa de trece botones, todos abotonados, y un sombrero duro que todavía llevaba puesto porque lo tenía atado al cuello. Al verse así solo algo se le vino a la cabeza “soy antropóloga”.
Mientras veía en el reflejo del agua a aquella antropóloga desconocida, aparecieron dos rostros más: dos hombres de aspecto indígena, llevando lanzas y redes.
- Necesito ayuda – dijo ella.
Los hombres se miraron entre si y la ayudaron a levantarse, llevándola casi cargada por diez minutos hasta su aldea. Allí la recibieron, la llevaron hasta una choza y la recostaron. Una mujer grande y vieja le dio una taza de agua caliente y con gran variedad de hojas. La mujer grande le habló en un idioma extraño y la antropóloga no entendió, aunque se le hizo conocido. La mujer grande gritó hacia la salida de la choza y en unos segundos entró un muchacho. La mujer grande miraba a la antropóloga a los ojos, mientras le revisaba las heridas y empezó a hablar en aquel idioma. El muchacho no se demoró en decir:
- Ella dice que cómo es su nombre.
- Niyireth Bodoque y soy antropóloga – dijo ella, tan rápido y sin pensarlo que se sorprendió.
Mientras veía en el reflejo del agua a aquella antropóloga desconocida, aparecieron dos rostros más: dos hombres de aspecto indígena, llevando lanzas y redes.
- Necesito ayuda – dijo ella.
Los hombres se miraron entre si y la ayudaron a levantarse, llevándola casi cargada por diez minutos hasta su aldea. Allí la recibieron, la llevaron hasta una choza y la recostaron. Una mujer grande y vieja le dio una taza de agua caliente y con gran variedad de hojas. La mujer grande le habló en un idioma extraño y la antropóloga no entendió, aunque se le hizo conocido. La mujer grande gritó hacia la salida de la choza y en unos segundos entró un muchacho. La mujer grande miraba a la antropóloga a los ojos, mientras le revisaba las heridas y empezó a hablar en aquel idioma. El muchacho no se demoró en decir:
- Ella dice que cómo es su nombre.
- Niyireth Bodoque y soy antropóloga – dijo ella, tan rápido y sin pensarlo que se sorprendió.
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