El Gigante de cuerpo azul, parte 4

“¡Están detenidos!” le dijo el detective a los maleantes, y una docena de policías salieron de los lugares menos pensados y los capturaron. La bella mujer esposada dice: “Oh, detective Cóneri, casi me salgo con la mía”, y el detective responde: “Amanda, ¿Cuándo aprenderás que la corrupción no paga?”.

El pequeño Mauricio lo veía en la televisión y desde entonces quería ser detective para decir esa frase, pero a medida que creció sabía que su programa tenía menos sentido, la corrupción salía de los lugares menos pensados, de la familia real, del palacio, de la panadería o de la misma estación de policía. Lo único que quería hacer era su trabajo. Terminar sus misiones, ganar su dinero y pagar los servicios públicos, aunque no fuera suficiente. Siempre pensaba en colocar su despacho privado, pues sabía que los detectives privados ganaban el doble en un caso que lo que él ganaba en su sueldo de dos meses.

Cuando Viasux terminó de tomar fotografías, se levantó tras el sillón, pero aparte de la expresión de asombro de la duquesa por la sorpresiva aparición, ninguno de los dos se sintió amenazado.

- Esto se termina aquí. El departamento de la Policía Nacional de Verón ordena su arresto inmediato. Cualquier forma de resistencia será usada en su contra durante el juicio.
- Un policía apuntándole a un miembro de la mafia y a un miembro de la familia real – dice Alit – Es admirable su osadía.
- Soy el detective Mauricio Visux.
- Detective, baje el arma – dijo Milenai – Estoy segura que podemos llegar a un trato. Su silencio por… dinero.
- No hay dinero que me haga callar. No soy corrupto.
- Un loro que ladre una vez no deja de ser loro, además, todos tienen su precio.
- Duquesa, no se preocupe. Es muy raro encontrar un policía honesto, sobre todo en estos días. Quizás si él no nos escucha, es posible que lo haga con su hijo.
El detective sintió algo feo en el estomago.
- Yo no tengo hijos.
- Conozco a todos los policías de esta ciudad y sé que todos tiene al menos un hijo. No me costará trabajo encontrar el suyo, así se esconda en la punta de la Patagonia.

Mauricio bajó el arma.

- Señor Beduí, estoy segura de que el detective lo va a pensar… dos millones de lotos le servirán para comprar una casa, un auto…, su familia estará bien y a nosotros no nos ha visto.
- Es tarde. Están siguiendo este caso hace varios meses.
- Resuélvalo, detective. Reciba el dinero y si es inteligente no hable de esto con nadie.

Visux guardó su arma y estiró la mano, recibiendo cuatro paquetes de billetes cien lotos, con la imagen del rey Maximiliano. Estaba sufriendo por dentro, pero no había marcha atrás.

- Es hora de que se marche. Que tenga un buen día, detective.
- Cállese…

El detective caminaba hacia la salida, se sentía muy pesado, tal vez por el dinero que tenía en los bolsillos, pero todavía podía escuchar lo que conversaban.

- Duquesa, debo irme también. Recuerde, García debe estar en el Consejo para el lunes.
- Es un hecho, pero ¿Cómo hará para que apoyen su proyecto de ley?
- Tengo mis métodos, no se preocupe por eso.

Fue lo último que escuchó. Salió directo a su casa, sin ver que Troyán salía del baño. Luego de una ducha caliente y dos cajas de cigarrillos, decidió revelar las fotos. Estaba bastante preocupado, no por él, sino por su hija, pero cuando el blanco papel fotográfico empezó a desvelarse, sonrió.

El sol del día siguiente estaba claro. Mauricio Visux ya sabía a lo que iba.

- Buen trabajo Visux. Voy a proponer su nombre para el puesto en el ministerio de defensa.
- No lo haga, capitán.
- No entiendo, ¿no era lo que quería?
- Hay muchos nombres en esa lista. Además voy a renunciar.
- ¿De qué demonios está hablando?
- Me voy a Tívecre. Voy a trabajar de detective privado.
- ¿Detective privado en la capital? Se va a joder…
- No más que aquí, capitán, se lo aseguro.

El capitán Toribio levantó el teléfono y pidió una orden de detención para Troyán, mientras veía las fotografías donde Alit parecía entregarle el maletín y Troyán un sobre. El detective salió de la oficina. Su mejor amigo lo estaba esperando con el ajedrez armado. “¿Hoy no vas a jugar?” preguntó. “Otro día será. Tengo trabajo por terminar.”

FIN

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