Vittoria a proba, parte 4
Cuando Sebastino tenía siete años, su madre lo llevo a una visita guiada por la planta fundidora en Ciudad de Priana. Ella era capataz en su sector y era muy respetada. Tenía muchas probabilidades de ascender a un mejor puesto y de ser trasladada con su familia a la capital. Ella siempre estaba feliz y le era más fiel a la empresa que a su marido. Lo que más le gustaba a Sebastino eran los detalles que le traía cada viernes, los paseos cada fin de mes y los impresionantes regalos cada año en navidad y en su cumpleaños.
21 años después, mientras observaba como llovía por la ventana en el piso 198, recordó que fue en un día de lluvia que sonó el teléfono de su casa y su padre contestó y después de un par de minutos en silencio lloró mientras colgaba el auricular. Los pasos de un par de zapatos costosos sobre una alfombra vino tinto lo sacaron de sus pensamientos.
- Disculpen por hacerlos esperar – dijo Danis.
- Por ahora no hay ningún problema – dijo Angelina.
- Vamos a mi oficina. Allá no nos molestaran.
Danis les dijo que podrían hablar normal pero discretamente, ya que las puertas eran a prueba de sonidos, pero no de chismosos. Como potencial vicepresidente Danis no podía involucrarse y Sebastino por pertenecer al buffet de abogados de la empresa tampoco. Solo Angelina podía hacer el trabajo: copiar un documento que se encontraba dentro de un maletín Torosaurio, el cual estaba en la oficina presidencial, en el piso 200.
- Nada más fácil. ¿Sebastino, has traído lo que te pedí?
Angelina salió de la oficina con un carnet que la identificaba como abogada de Aceros Limpios. Ella entró al ascensor derecho y bajo quince pisos. Luego salió y entró al ascensor derecho. Ella seleccionó el piso 199. “A ese piso no se puede llegar en ascensor, y definitivamente sospecharan si subes solo uno.” El piso 199 estaba protegido con varios escoltas caminando de un lado a otro. Cuando Angelina colocó un pie afuera del ascensor, inmediatamente todos dirigieron sus miradas de gafas oscuras hacia ella. “Este pequeño globo distraerá a los escoltas, tendrás tiempo suficiente para evadirlos. Ellos no saben la clave”. Angelina dio un par de pasos y tropezó. Un agente ayudó a levantarla.
- Lo siento, temo que se me rompió el tacón.
- Pierda cuidado, señorita.
Seguidamente una gran cantidad de humo gris claro y espeso empezó a invadir el salón y todos empezaron a hablar sin entenderse. Angelina se dirigió rápidamente a la puerta detallada por Danis y colocó en un escáner una tarjeta dorada que él le entregó. Un panel de diez dígitos se abrió y ella tecleó “4815, no lo olvides”. La puerta se abrió, ella entró y la cerró ligero. Solo había un amplio pasillo y unas escaleras que daban al piso 200. Más despacio las subió y en la siguiente puerta sacó una grabadora y la puso frente a otro escáner. “Danis, ten en cuenta que el puesto se lo daré a mi asistente, lo siento” decía la grabación. La puerta se abrió y finalmente ingreso a la inmensa oficina principal. A primera vista estaba el escritorio con la pared ventana de fondo. Ella vio el maletín ubicado encima de este y sospechó. Caminó lentamente hacia él y al acercarse una voz profunda la detuvo.
- No deberías tomar lo que no es tuyo, bella donna.
El elegante hombre estaba sentado en un sofá y ella no lo vio por caminar directamente hacia el escritorio.
- Discúlpeme, tengo que salir ahora mismo…
- Per favore, siéntese conmigo, ¿Cómo te llamas?
- A-a… Angelina Cruz.
Con una gran sonrisa respondió:
- Tanto gusto, yo soy Fabencesco di Follia.
21 años después, mientras observaba como llovía por la ventana en el piso 198, recordó que fue en un día de lluvia que sonó el teléfono de su casa y su padre contestó y después de un par de minutos en silencio lloró mientras colgaba el auricular. Los pasos de un par de zapatos costosos sobre una alfombra vino tinto lo sacaron de sus pensamientos.
- Disculpen por hacerlos esperar – dijo Danis.
- Por ahora no hay ningún problema – dijo Angelina.
- Vamos a mi oficina. Allá no nos molestaran.
Danis les dijo que podrían hablar normal pero discretamente, ya que las puertas eran a prueba de sonidos, pero no de chismosos. Como potencial vicepresidente Danis no podía involucrarse y Sebastino por pertenecer al buffet de abogados de la empresa tampoco. Solo Angelina podía hacer el trabajo: copiar un documento que se encontraba dentro de un maletín Torosaurio, el cual estaba en la oficina presidencial, en el piso 200.
- Nada más fácil. ¿Sebastino, has traído lo que te pedí?
Angelina salió de la oficina con un carnet que la identificaba como abogada de Aceros Limpios. Ella entró al ascensor derecho y bajo quince pisos. Luego salió y entró al ascensor derecho. Ella seleccionó el piso 199. “A ese piso no se puede llegar en ascensor, y definitivamente sospecharan si subes solo uno.” El piso 199 estaba protegido con varios escoltas caminando de un lado a otro. Cuando Angelina colocó un pie afuera del ascensor, inmediatamente todos dirigieron sus miradas de gafas oscuras hacia ella. “Este pequeño globo distraerá a los escoltas, tendrás tiempo suficiente para evadirlos. Ellos no saben la clave”. Angelina dio un par de pasos y tropezó. Un agente ayudó a levantarla.
- Lo siento, temo que se me rompió el tacón.
- Pierda cuidado, señorita.
Seguidamente una gran cantidad de humo gris claro y espeso empezó a invadir el salón y todos empezaron a hablar sin entenderse. Angelina se dirigió rápidamente a la puerta detallada por Danis y colocó en un escáner una tarjeta dorada que él le entregó. Un panel de diez dígitos se abrió y ella tecleó “4815, no lo olvides”. La puerta se abrió, ella entró y la cerró ligero. Solo había un amplio pasillo y unas escaleras que daban al piso 200. Más despacio las subió y en la siguiente puerta sacó una grabadora y la puso frente a otro escáner. “Danis, ten en cuenta que el puesto se lo daré a mi asistente, lo siento” decía la grabación. La puerta se abrió y finalmente ingreso a la inmensa oficina principal. A primera vista estaba el escritorio con la pared ventana de fondo. Ella vio el maletín ubicado encima de este y sospechó. Caminó lentamente hacia él y al acercarse una voz profunda la detuvo.
- No deberías tomar lo que no es tuyo, bella donna.
El elegante hombre estaba sentado en un sofá y ella no lo vio por caminar directamente hacia el escritorio.
- Discúlpeme, tengo que salir ahora mismo…
- Per favore, siéntese conmigo, ¿Cómo te llamas?
- A-a… Angelina Cruz.
Con una gran sonrisa respondió:
- Tanto gusto, yo soy Fabencesco di Follia.
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